Camila
Pasé toda la mañana encerrada en mi habitación. Mi encuentro con Erick, por más corto que haya sido, me dejó muy pensativa. Me sentía avergonzada de verle. ¿De verdad quiso decir eso? Mi mente se siente confundida porque ya imagino cosas. Para distraerme, me puse a leer un libro. Gracias a mamá por tener esta mini estantería con tantos libros. Ahora estoy con uno de mafia, reencuentros y.… bueno, está subidito de tono. No puedo dejar de leerlo y pensar que es Erick quien me hace esas cosas.
—¡Espera, ¿qué?! —digo en voz alta, sacudiendo la cabeza. —No puede ser…
Por más bueno que esté, por más hermoso que sea con sus treinta y tantos, es prohibido, imposible. Jamás sucedería.
Antes del almuerzo, como siempre, me apetece una fruta. Me levanto de la cama, acomodo mi vestido y salgo de mi habitación. Pero al bajar las escaleras, lo veo. Erick está con una de las empleadas, hablándole al oído, susurrándole cosas. Pero lo que me congela es que, mientras lo hace, posa sus ojos en mí y me regala esa sonrisa. Esa sonrisa tan, pero tan pícara.
Maldición.
Acelero el paso y bajo a la cocina. Tomo una manzana y, cuando subo, me cruzo con… Lucia, creo que se llama. Está radiante, con una sonrisa que lo dice todo. Ni me mira, ni me saluda. Solo pasa de largo, feliz, satisfecha.
Respiro hondo y continúa mi camino. Abro la puerta de mi habitación y…
—Vaya, eres muy cursi —su voz ronca y sensual me sobresalta.
Erick está ahí, sentado en mi cama con mi libro en las manos. Su mirada se pasea por las páginas y luego me observa con una expresión divertida.
—Aun así, creo que tienes estilo, dulzura.
Me sonrojo de inmediato.
—¿Qué haces en mi cuarto? —pregunto, cruzándome de brazos.
—No lo malinterpretes —responde con tranquilidad, cerrando el libro—. Solo pasé a charlar contigo. No tuvimos tiempo.
—Eh… sí, claro. Pero puede ser luego. Ahora estoy un poco ocupada y no podría prestarte atención.
Erick sonríe. Dios, es tan hermoso cuando lo hace. Se levanta lentamente y, cuando pasa a mi lado, se inclina hasta mi oído.
—Me debes un paseo —susurra, su aliento chocando contra mi piel.
Me quedo paralizada. Mi corazón late de forma errática. Solo con susurrarme cosas, me deja en este estado. No puede ser. Me estoy volviendo loca. Me dejo caer en mi cama y retomo la lectura, aunque ya no puedo concentrarme. Minutos después, nos llaman a almorzar.
Me ubico al lado de mi madre en la mesa. Erick está justo enfrente. Trato de no mirarlo, pero es casi imposible. Mi cuerpo tiene vida propia y, para colmo, él no evita verme. De vez en cuando, me guiña un ojo con esa maldita sonrisa encantadora.
La comida transcurre con normalidad hasta que mi padrastro, Felipe, menciona algo.
—Cam, cariño. Hoy, a las 20 hs, es el evento de aniversario. Nos presentaremos como familia. La temática es blanca, así que ponte linda.
—Calma, hermano —dice Erick, mirándome con intensidad—. No la acorrales. Tu hijastra ya es una joya entre joyas.
Su mirada… Dios, su mirada me desnuda el alma.
—Claro que sí, igual a su madre —responde mi mamá, con orgullo—. Una joya preciosa.
Automáticamente me sonrojo.
—¿Es necesario decir estas cosas, mamá? Me avergüenzas…
Todos ríen, pero la mirada de Erick es distinta. Más intensa.
Terminamos de comer y me retiro a mi habitación. Comienzo a preparar mi vestido para la noche. Es blanco, con detalles dorados y una tela divina, aunque parece un poquito transparente. Decido que lo usaré con mi tanga de encaje blanca.
Busco en mi cómoda.
No está.
—¡No puede ser! Juraría que la tenía aquí…
Revoloteo todo, pero no la encuentro. Maldición. No tengo otra más clara. La única opción es una roja, muy parecida en diseño. Bueno, no creo que llame la atención…
¡Espera!
Me detengo con la prenda en la mano. Mi corazón late rápido. Algo no cuadra.
¿Dónde está mi ropa interior blanca? Y lo más importante… ¿Quién la tomó?
Rápidamente saco esos pensamientos de mi mente. Nadie pudo haberlo tomado, creo más bien que yo me la olvidé. Bueno, olvido este asunto, ya está todo resuelto. Como no hay más nada que hacer, un sueño repentino me invade. Decido dormir un rato, dos horas máximo. Me acomodo en la cama y cierro los ojos, cayendo rápidamente en la profundidad del sueño.
De repente estoy en la ducha, el agua caliente recorre mi piel y relaja mis músculos. De pronto, siento una presencia detrás de mí, me dejo llevar. Sus manos acarician mis pechos, masajeándolos con fuerza y devoción. Mi cuerpo se estremece bajo su toque. Sus dedos bajan por mi abdomen hasta mi trasero, apretándolo, explorándome. Luego cambia de dirección y se dirige hacia mi zona más íntima.
Un jadeo escapa de mis labios cuando su dedo roza mi botón dulce y sensible. Se toma su tiempo, juega conmigo, provocándome. Su lengua se desliza por mi cuello, susurrando palabras indecentes. Baja lentamente hasta quedar de rodillas frente a mí y hunde su rostro en mi sexo.
—Mmm… Erick… —gimo sin darme cuenta, perdida en el placer.
De repente, bajo la mirada y lo veo claramente. Es él. Erick está arrodillado entre mis piernas, devorándome con su lengua experta. Mi espalda se arquea de placer, mis piernas tiemblan.
—Estás lista para que rompa ese lindo coñito tuyo —me susurra con voz ronca y lujuriosa.
Mi cuerpo entero se estremece ante sus palabras, un calor abrasador me consume desde dentro. Estoy a punto de explotar cuando de repente… despierto con un jadeo ahogado.
Abro los ojos de golpe, mi respiración está entrecortada, mi corazón late acelerado contra mi pecho. Me incorporo en la cama con los labios entreabiertos, tratando de asimilar lo que acaba de suceder.
—No puede ser… —susurro para mí misma, llevando una mano a mi rostro, sintiendo el ardor de mis mejillas.
Acabo de tener un sueño erótico con Erick. El hermano de mi padrastro. Bueno, no es biológico, pero sigue siendo prohibido. Esto es inmoral, no está bien. ¿Qué me está sucediendo?
Siento que mi cuerpo no me pertenece, como si mi mente y mi deseo estuvieran en una batalla constante. Necesito calmarme. Decido bajar a la cocina a beber un vaso de agua, esperando que eso me ayude a recuperar la compostura. Camino en silencio, tratando de ignorar el ardor en mi piel y la humedad entre mis piernas.
Al llegar, tomo un buen trago de agua fría y suspiro profundamente. Bien, todo bajo control. Subo nuevamente por las escaleras, pero a medida que me acerco a las habitaciones, un sonido me llama la atención.
Gemidos.
Vienen de una de las habitaciones y creo saber bien de cual.
Mi curiosidad me domina. Camino lentamente, tratando de ser silenciosa. La puerta está entreabierta, permitiéndome tener una vista clara del interior. Mi corazón se acelera al comprender lo que está ocurriendo dentro.
Erick está follando con Lucía.
Desde mi posición, tengo una vista perfecta de la escena. Ella está atada de pies a cabeza con una soga roja, su cuerpo inclinado en una posición sumisa, lista para recibirlo. Erick la toma con firmeza, su polla entra y sale de ella con fuerza y pasión. Su expresión es pura lujuria y control, dominándola completamente.
Lucía gime sin control, su voz llena la habitación con gritos de placer. Puedo ver perfectamente los rastros de su éxtasis: cintas blancas de semen escurriendo por su entrepierna.
Me llevo una mano a la boca, tratando de no hacer ruido. Pero en un momento se me escapa un jadeo.
Erick gira su cabeza en mi dirección.
Nuestros ojos se conectan.
Su expresión cambia, su mirada se vuelve oscura, intensa. Se relame los labios lentamente, como si acabara de descubrir algo aún más interesante que el cuerpo desnudo de Lucía.
El pánico me invade. Salgo corriendo de inmediato hacia mi habitación, con el corazón martillándome el pecho. Cierro la puerta tras de mí y me dejo caer contra ella, respirando con dificultad.
—No puede ser… no puede ser… —murmuro para mí misma, sintiendo mi cuerpo temblar.
Erick la sometió y la folló brutalmente. No solo eso, sino que me vio espiándolo. ¿Qué significaba esa mirada? ¿Por qué no me siento horrorizada sino completamente alterada?
Siento mi coño palpitar con desesperación, como si mi cuerpo reaccionara sin mi permiso. Esto no es normal, nunca he sentido un deseo tan fuerte. Y mucho menos por alguien que está prohibido.
—Esto está mal… muy mal… —digo en voz baja, pero mi propio cuerpo me traiciona.
Me meto bajo las sábanas, tratando de ignorar la humedad entre mis piernas. Fingiré que no vi nada. Evitaré a Erick a toda costa. Pero en el fondo, algo dentro de mí sabe que eso será imposible.
Porque ni un día pasó desde su llegada y ya me tiene completamente loca.
Veo mi teléfono y ya son las 18:30. Decido salir de la cama y dirigirme a mi cuarto de baño, no sin antes haber preparado mi vestido, mi ropa interior, mis zapatos y toda la joyería que me pondré. Decido ducharme con agua fría para sacarme todo este calor que sentí. No puede ser, todo lo que mi mente generó en este día... No me creí así de pervertida. Esta es una nueva faceta mía.
Deslizo mis dedos hacia mi coño y me lo toco sin parar. Lo froto tan rico, tan rápido que, en un momento, me permito llegar al orgasmo. Mis gemidos quedan atrapados aquí. Nadie sabrá de mis deseos, de mi pecado. Entonces, los viviré a puertas cerradas sin que nadie me los impida.
Después de un momento, salgo envuelta en mi toalla, voy a mi mesita y me seco el cabello. Es largo, de un color castaño claro. Decido maquillarme con un delineado ojo de gato, unas sombras ligeras pero brillantes, un rubor y mis labios carnosos en rojo. Me pongo mi tanguita roja y encima mi vestido. Me considero alguien agraciada con unos pechos llenos y firmes, así que decido ir sin sostén. Me pongo mis tacones blancos con detalles de oro como mi vestido, y un collar en forma de rosa color rojo.
Salgo de mi habitación y ahí está Erick, también con un traje gris claro espectacular. Se ve guapo, elegante e importante. Él solo me observa de arriba abajo con esa mirada... esa mirada que, si pudiera matar, ya estaría muerta. Rompo contacto visual y procedo a bajar. Ya en la planta baja, me recibe mi madre y mi padrastro Felipe.
—Estás guapísima, Camila —dice mi madre con una sonrisa orgullosa.
—Radiante —añade Felipe, asintiendo con aprobación.
—Gracias —respondo con una sonrisa, sintiendo el peso de la mirada de Erick en mí.
Nos dirigimos al patio trasero. Allí está la piscina, muchos invitados, luces tenues creando un ambiente cálido y elegante. La noche transcurre hasta que Felipe toma la palabra.
—Vamos a hacer un brindis —anuncia con voz fuerte y clara.
Me acerco con mi madre y Felipe al centro. Mi madre se ubica a su lado y yo del otro lado de Felipe, con Erick a mi lado. Sin pensarlo, tomo una copa al igual que todos. De repente, siento la mano de Erick posarse en mi cintura, disimuladamente, sin que nadie se dé cuenta. Me sobresalto e intento alejarme, pero él me sostiene con un poco más de fuerza.
—¿Qué haces? —susurro, girando un poco el rostro para verlo.
—Tranquila, dulzura —me responde con voz baja y seductora—. Disfruta del momento.
Decido no hacer nada y simplemente sonreír, intentando mantener la compostura. Felipe levanta su copa.
—Hoy celebramos ocho años de casados —comienza con emoción—. Ocho años de felicidad. Desde que estamos juntos, nunca más volvimos a sentir la soledad. Hoy brindo por mi familia, el amor y la felicidad.
Todos levantamos las copas y las chocamos.
—Mi paseo sigue pendiente para hoy a las 23, dulzura —dice con una sonrisa traviesa—. Te veo allá por los árboles.
Levanto la vista y veo cómo señala con la mirada el lugar. Trago con fuerza. ¿Este hombre quiere matarme o quiere devorarme?mos. En ese momento, Erick me suelta, pero aprovecha para inclinarse y susurrarme al oído una vez más.
—No tardes, preciosa.