Camila
El corazón me late con fuerza. Erick está tan cerca que su aliento roza mi piel, y su mirada oscura me devora. Su presencia es abrumadora, una mezcla de deseo y control que me atrapa sin remedio.
Se acerca lentamente, su boca a centímetros de la mía, sus manos firmes pero controladas recorriendo mis brazos hasta mis caderas. Me estremezco al sentir su calor. Su mirada brilla con hambre, pero también con paciencia calculada.
—No sabes cuánto he esperado esto, Camila… —su voz ronca me eriza la piel.
Su boca atrapa la mía en un beso profundo, demandante, mientras sus dedos recorren mi piel con precisión. Me aferro a sus hombros, sintiendo la fuerza contenida en su cuerpo. Mi respiración se acelera cuando su boca baja por mi cuello, dejando un rastro ardiente a su paso.
Cuando su mano se desliza entre mis muslos, un jadeo involuntario escapa de mis labios.
—Eres tan sensible… —susurra con una sonrisa ladeada, sus dedos explorando mi piel con lentitud exasperante.
Me arqueo contra él, ansiosa por más, pero su toque sigue siendo pausado, torturándome con su control absoluto. Cuando sus labios vuelven a atrapar los míos, siento su dureza presionando contra mí, haciéndome temblar.
—Erick, yo nunca lo eh echo, no se hacer sexo oral… —susurro entrecortadamente, sintiendo mi propio deseo nublar mi mente.
Él me observa con intensidad, sus dedos trazando círculos en mi piel.
—Dime, ¿realmente nunca lo has hecho antes? —Su tono es bajo, casi un gruñido.
Nerviosa, asiento. Su expresión cambia apenas un instante, pero luego su sonrisa vuelve, esta vez más oscura.
—Entonces haré que lo recuerdes toda tu vida, pero por ahora no hace falta que lo hagas…
Sin darme tiempo a procesar, sus labios se apoderan de los míos nuevamente, mientras sus manos recorren mi cuerpo con una seguridad que me hace sentir completamente suya. Cada roce, cada caricia, aviva el fuego dentro de mí.
Su boca desciende por mi cuerpo, su lengua saboreando mi piel hasta hacerme jadear. Me retuerzo debajo de él cuando llega a mi punto más sensible, y mi cuerpo se arquea involuntariamente.
—Ahh… Erick… —gimo sin poder contenerme.
Él suelta una risa baja y satisfecha.
—Eso… quiero escuchar más de eso…
Su lengua se desliza con precisión experta, provocando espasmos de placer que recorren mi piel como electricidad. Mis dedos se hunden en su cabello, incapaz de controlar mis reacciones.
—Dios… ¡Erick! —jadeo mientras mi cuerpo tiembla bajo sus atenciones.
Cuando finalmente sube sobre mí de nuevo, su aliento es irregular, sus ojos encendidos con el mismo deseo feroz que siento en mi interior.
—Estás lista para mí… —murmura, alineándose contra mi entrada.
Mi cuerpo se tensa, una mezcla de anticipación y miedo cruzando mi mente. Erick lo nota y me besa con hambre, su lengua dominando la mía mientras empuja lentamente, haciéndome sentir cada centímetro de su dureza adentrándose en mí. El dolor es momentáneo, pero su control y el placer que lo acompaña hacen que pronto se transforme en algo más intenso.
—Mierda… —gruñe cuando finalmente está dentro de mí por completo, su frente apoyada contra la mía mientras trata de controlarse.
Yo gimo, mis uñas se clavan en su espalda mientras me adapto a su tamaño. Erick respira profundamente, resistiéndose a moverse demasiado rápido.
—Relájate, Camila… —murmura contra mi oído, su voz cargada de deseo—. Te voy a hacer sentir tan bien que olvidarás el dolor…
Cuando finalmente se mueve, es con una precisión que me deja sin aliento. Su ritmo es firme, calculado, pero a cada embestida siento que pierdo el control de mi propio cuerpo. Mis jadeos se vuelven gemidos, cada uno más alto que el anterior.
—¡Erick! —gimo su nombre entrecortadamente mientras mi cuerpo se estremece.
Él acelera su ritmo, su respiración se vuelve más pesada. Sus labios recorren mi cuello, sus manos aprietan mi cintura, guiándome al compás de su movimiento.
—Dime lo que sientes… —gruñe entre jadeos, su tono exigente.
—¡Se siente tan bien! —grito sin vergüenza, perdida en el placer que me consume.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llena la habitación, cada embestida más intensa que la anterior. Erick suelta un gruñido gutural cuando me aprieta más fuerte contra él, sus labios atrapando los míos en un beso hambriento.
—Voy a correrme… —gruñe contra mi boca—. Mierda, Camila…
Mi cuerpo se tensa y, sin poder evitarlo, un orgasmo me golpea con fuerza, haciéndome gritar su nombre con desesperación. Erick sigue moviéndose dentro de mí unos segundos más antes de gruñir y retirarse en el último momento, su esencia derramándose caliente sobre mi vientre.
Ambos quedamos jadeando, sudorosos y temblorosos. Erick se deja caer a mi lado por unos segundos antes de soltar un resoplido satisfecho.
—Demonios… —murmura, pasándose una mano por el cabello—. Eso estuvo jodidamente increíble.
Lo observo, mi respiración aún agitada. Una parte de mí espera que se quede, pero cuando se incorpora y comienza a vestirse, la realidad me golpea.
—¿Te vas? —pregunto, mi voz apenas audible.
Él me mira con una sonrisa ladeada mientras abrocha su pantalón.
—Lo que queríamos hacer, lo hicimos, dulzura. —Toma un pañuelo y limpia mi vientre antes de lanzarme una última mirada—. En otra ocasión, tal vez.
Se acerca, me da un beso rápido en los labios y se gira hacia la puerta. Justo antes de salir, se detiene y suelta una risa baja.
—Una ducha caliente te hará bien para ese coñito adolorido. —Y sin más, se marcha.
Me quedo ahí, sintiendo el eco de su toque aún sobre mi piel. Creí que este encuentro significaba más… pero para él, solo fue lo que siempre tuvo que ser, solo un polvo más.
Me levanto de la cama sintiendo cómo cada parte de mi cuerpo se queja con un dolor sordo, pero el ardor entre mis piernas es lo peor. Camino con torpeza hacia el baño y abro la ducha, dejando que el agua caliente se disperse por mi piel. Cierro los ojos y exhalo despacio cuando el calor relaja mis músculos, pero el malestar sigue ahí. Sí, joder, cómo duele... pero no lo voy a negar, fue la noche más maravillosa de mi vida.
Erikc
Su nombre cruza mi mente como un susurro prohibido, y un escalofrío me recorre la espalda al recordar todo lo que hicimos. Nunca pensé que llegaría a vivir algo así, nunca imaginé que él… que nosotros…
Salgo de la ducha con movimientos lentos, secándome con cuidado. Cada paso es una pequeña tortura, pero más allá del dolor físico, hay algo en mí que sigue ardiendo, algo que no se apaga. Me pongo un camisón ligero y vuelvo a la cama.
Las horas pasan y un nuevo día comenzo. Pero el malestar no se va. Mi madre entra y sale de la habitación, preocupada.
—Camila, ¿qué te pasó? ¿Te sientes enferma?
—No, mamá, solo… amanecí mal. No es nada, de verdad —miento con la voz baja.
Ella me observa con ojos sospechosos, pero al final suspira y sale de la habitación. No podría contarle la verdad, no podría explicarle lo que siento ni lo que pasó anoche con él.
El sonido de un golpe en la puerta me hace sobresaltarme.
—Adelante —digo, enderezándome un poco.
La puerta se abre lentamente, y cuando veo quién está detrás de ella, mi corazón se acelera.
Erikc.
Está ahí, apoyado contra el marco de la puerta con su imponente figura. Su cabello oscuro está ligeramente despeinado y sus ojos azules me escrutan con intensidad. Luce relajada, pero hay algo en su expresión que me hace sentir nervioso.
—Hola, dulzura —saluda con su voz ronca y aterciopelada—. Escuché a tu madre decir que estabas mal hoy.
Trago saliva.
—Sí… amanecí algo incómodo —murmuro, desviando la mirada.
Erick avanza hacia mí con paso seguro y deja una pequeña bolsa en mis manos.
—Pensé que podrías necesitar esto —dice—. Pasé por la farmacia y compré algunas cosas, analgésicos y crema para el dolor.
Lo miro sorprendida.
—¿En serio hiciste eso?
Él solo sonríe de lado, esa sonrisa arrogante que me enloquece.
—Fui un poco brusco anoche… lo sé. Pero no quiero que estés mal por mi culpa.
Mi pecho se aprieta. ¿Por qué hace esto más difícil? Si solo hubiera sido una noche sin sentido para él, no se molestaría en traerme medicinas, ¿cierto?
—Gracias, Erikc… —murmuro, sosteniendo la bolsa con las manos temblorosas.
Él se acerca aún más, inclinándose hasta que su rostro está peligrosamente cerca del mío.
—Espero verte bien pronto —susurra, con su voz profunda acariciando mis sentidos.
Me quedo paralizada, observando sus labios tan cerca de los míos, sintiendo su aliento cálido. Pero no hace nada más. Solo se endereza con una mirada traviesa y se gira para marcharse.
Cuando la puerta se cierra tras él, me dejo caer contra las almohadas, sintiendo mi rostro arder.
Erick preocupado por mí. No lo puedo creer.
Todo en él parece frío y distante, pero hay algo en su mirada, en sus gestos, que mi mente y mi corazón se niegan a ignorar. Me aferro a la idea de que anoche solo fui un polvo más, que no significó nada… pero entonces, ¿por qué este nudo en mi pecho? ¿Por qué siento que algo en mí lo quiere todo?
No puedo evitar recordar cada detalle de anoche. Su voz ronca y seductora, su cuerpo esculpido, sus manos grandes recorriendo cada parte de mi piel. Sus labios devorándome con desesperación.
Dios… estoy tan jodida.
Esto no debería estar pasando. Hay muchas razones por las que Erick Evans y yo no deberíamos estar juntos. Él es el hermano de mi padrastro. Me lleva casi el doble de la edad. Es un error.
Pero desde que tengo memoria, desde que era una niña de 11 años, Erick ha sido el hombre más hermoso que he visto en mi vida. Al principio pensé que solo era admiración infantil, pero con los años, todo cambió. Y este verano, cuando lo vi de nuevo, cuando nuestros caminos se cruzaron después de tanto tiempo…
Él ya no me vio como una niña.
Y yo ya no lo vi solo como el hermano de mi padrastro.
Sé que esto no volverá a suceder. Me quedan menos de 40 días en esta ciudad antes de mudarme a Nueva York e iniciar mi nueva vida, lejos de todo esto.
Pero mi corazón no quiere escuchar razones.
Él ya dejó una marca en mí.
Y ahora lo único que deseo es que sea un recuerdo largo, intenso y profundo.