Camila El llanto todavía me sacudía los hombros cuando un golpe suave en la puerta nos hizo sobresaltarnos, Max no me soltó de inmediato, como si dudara entre decirle a quien fuera que se fuera o permitir que entrara, la puerta se abrió apenas y la voz de Noah se coló con esa calma que siempre parecía traer consigo. —¿Puedo pasar? —preguntó, asomándose con una bandeja en las manos, el aroma de un caldo caliente invadió la habitación, trayendo un contraste extraño al ambiente cargado de lágrimas y tensión. Max me soltó un poco, aunque sin alejarse del todo, y Noah avanzó despacio, cerrando la puerta con el pie, su presencia era distinta, no había juicio en su mirada, ni sorpresa, ni preguntas incómodas, solo esa calidez silenciosa que casi hacía que me doliera el pecho. —No sabías si t

