Camila Lo llevé a una cafetería a una cuadra del campus. Un lugar casi vacío, discreto, con ventanales que dejaban pasar la luz suave del atardecer. El silencio entre nosotros se podía cortar con una navaja. Caminamos hasta el fondo, donde había un rincón solitario, y nos sentamos. Yo lo miraba con una mezcla de todo. Rabia, decepción, tristeza, incomodidad… y esa parte maldita en mí que todavía lo deseaba. Pero no, no podía dejarme llevar otra vez. Esta vez debía ser yo quien tuviera el control. —¿Por qué viniste? —pregunté, firme. Mi voz apenas tembló—. Ayer hablamos. Hablamos del trabajo, de tu propuesta y ahora apareces aquí… a buscarme y a suplicar ¿Por qué? Él me sostuvo la mirada. Sus ojos grises estaban turbios, llenos de algo que no reconocía en él, vulnerabilidad. —Tenía qu

