El aire pesado de la oficina se intensificó más cuando Caslav se detuvo frente a la puerta. Él se giró hacia su hermano, con los dedos rozando inconscientemente la pistola en su cinturón, un gesto que se había vuelto casi un ritual de seguridad, como el hecho que ni siquiera se dio cuenta en que momento se colocó la pistola ahí en primer lugar.
—No hagas nada estúpido —advirtió Caslav, llevando el peso de años de experiencia al lidiar con las decisiones impulsivas de su hermano cuando no tenía supervisión.
Drago, recostado contra el escritorio de madera oscura, exhaló una nube de humo mientras estudiaba a su hermano con ojos entrecerrados.
—¿Cuándo hago cosas estúpidas? —respondió, arqueando una de sus cejas gruesas con fingida inocencia. La pregunta capciosa quedó en el aire como el humo de su cigarro.
Caslav no necesitó responder; su mirada dirigida a la chica temblorosa en el sofá lo decía todo. Esta situación era otra de las "brillantes ideas" de Drago que amenazaba con explotar en sus caras, como siempre. La historia parecía repetirse una y otra vez, y el peso de la preocupación se reflejaba en las arrugas de su frente.
Drago captó el mensaje silencioso de su hermano y resopló, dando otra calada profunda a su cigarro. Las volutas de humo se arremolinaban frente a su rostro mientras decía:
—Solo ve a buscar a la maldita bruja, no perdamos tiempo.
Caslav suspiró, y luego desvió su mirada hacia la joven asiática. El miedo emanaba de ella en oleadas que además de olerse, se podían ver, mientras las manos pequeñas de la muchacha se retorcían nerviosamente el borde de sus guantes de encaje. Al ver eso, el hombre lobo decidió hablar en serbio, que era su lengua materna cuando comenzó a decir:
—Otro poco más y se orinará encima del miedo que carga —observó Caslav, estudiando a Lizzy con ojo crítico—. Es una cuervo, sí, pero ella no tiene idea. El miedo que siente dice más que mil palabras.
Drago sonrió con malicia y luego resopló, incrédulo.
—No le creas a esa farsante, los cuervos son astutos. Mantendré vigilada a la cuervita, tú solo apresúrate. Si se muere... fue porque algo hizo —el placer oscuro en su voz era innegable.
Lizzy alternaba su mirada entre ambos hombres, con sus ojos oscuros agrandados por la confusión y el temor. Su mente trabajaba frenéticamente, tratando de descifrar el idioma extranjero que fluía entre ellos. Las clases con uno de sus profesores que era de origen serbio finalmente dieron fruto:
«Están hablando en una lengua eslava, creo que… es serbio»
—¡No le hagas nada hasta que sepamos con exactitud si miente o no, Drago! —ordenó Caslav en serbio, lleno de urgencia—. Hay muchas posibilidades de que le pertenezca a los vampiros. Si la regresamos sana y salva, estaremos bien con esos malnacidos. Ya regreso.
—Lárgate —gruñó Drago en un idioma que finalmente Lizzy pudo comprender, mientras el Alfa observaba cómo su hermano desaparecía por la puerta con pasos apresurados.
Y ahora, el silencio que cayó sobre la habitación fue como una manta pesada y sofocante. Lizzy se encogió aún más en el sofá de cuero gastado, sintiendo como cada crujido del mueble parecía un grito en el silencio sepulcral. Por otra parte, Drago encendió un cigarro más con movimientos algo lentos, y luego el chasquido del encendedor resonó como un disparo en esa incómoda quietud.
Mientras él se paseaba por la habitación como un lobo enjaulado fumando, Lizzy sentía que cada paso hacía eco en sus huesos. El humo del cigarro creaba patrones fantasmales en el aire viciado, y cada vez que él se detenía para mirarla, sentía como si sus ojos pudieran atravesarla.
De inmediato, la mente de Lizzy vagó hacia su padre y Margot. ¿Habrían notado ya su ausencia en el banco? ¿Estarían preocupados?
«Seguro pensaron que me fui por ahí a explorar... si supieran que me secuestró un hombre que parece un psicópata», pensó, llevándose instintivamente la mano a la nuca, donde un ardor persistente la molestaba desde que entró a ese lugar.
Ese ardor en la nuca era algo nuevo, algo que nunca había experimentado. Durante toda su vida, esa parte de su cuerpo —donde justamente tenía su marca de cuervo—había pasado desapercibida, incluso para Margot, quien cada mañana dedicaba tiempo a peinar su espesa cabellera oscura con dedicación casi maternal. Pero ahora, bajo la mirada penetrante de Drago, esa zona específica palpitaba y ardía como si tuviera vida propia. Una conexión inexplicable que ella no entendía pero que su instinto le gritaba que tenía que ver con el hombre frente a ella.
Entonces, de repente el silencio se rompió como un cristal cuando Drago finalmente habló, con su voz áspera y su acento marcado:
—Así que tu nombre es Lizzy Crawford... —pronunció cada sílaba como si estuviera saboreando un vino amargo, con sus ojos verdeazulados nunca dejando los oscuros de ella.
—Sí... —respondió Lizzy, en un susurro tembloroso.
Mientras el humo del cigarro se arremolinaba entre ellos como una cortina fantasmal, Drago dio un paso hacia ella, provocando que Lizzy se hundiera más en el sofá. Sus dedos seguían tocando nerviosamente su nuca, donde el ardor se intensificaba con cada paso que él daba.
—Debes tener otro nombre —murmuró Drago, estudiándola hasta donde su vista le permitía—. No tienes el aspecto de una chica que haya nacido con ese nombre de "Lizzy Crawford", cuervita.
Una chispa de familiaridad atravesó el miedo de Lizzy. El nudo en su estómago se aflojó levemente; reconocía este terreno. Era el inicio de la inevitable conversación sobre sus rasgos asiáticos, una danza que había bailado innumerables veces a lo largo de su vida.
—¿Eres una cuerva de Japón, China? ¿De qué parte? —espetó él, con una verdadera curiosidad y desdén—. Habla, malnacida.
Los labios de Lizzy se tensaron en una línea fina, sintiendo como un destello de dignidad atravesaba su temor.
—No es necesario que me diga malas palabras, ¿señor... cuál es su nombre? —dejó la pregunta en el aire. Había escuchado que aquel hombre lo llamó Drago, pero se negó a usar su nombre; era su pequeña forma de rebelión, la única que se podía permitir mientras estaba cautiva.
—Señor Vukovic para ti, malnacida —gruñó él, dejándose caer en la silla de forma descuidada. Esa era la misma silla donde estuvo hace minutos atrás, apuntándole con la pistola que Caslav se había llevado—. No respondiste mi pregunta, ¿de dónde eres, y tu nombre real? Habla, cuerva.
Lizzy sintió cómo el miedo volvía a trepar por su espina dorsal como una araña helada.
—Nací en China —respondió, sintiendo como sus palabras salían temblorosas por el miedo que le provocaba ese hombre.
Las cejas de Drago se arquearon con interés mientras daba otra calada a su cigarro. Con deliberada lentitud, exhaló el humo directamente hacia el rostro de la muchacha. Lizzy tosió, agitando las manos frente a su cara mientras el humo acre le picaba en los ojos y la garganta.
—Yo tengo negocios... con mercancía de tu país de origen —dijo él refiriéndose al opio, pero por supuesto, no le iba a dar detalles a una posible sospechosa—. Qué casualidad, y justo ayer me llegó una mercancía de allá, justo cuando Milos muere y ahora tú estás aquí.
—Mi nombre chino es Li Wei —se apresuró a decir ella, intentando desviar la conversación hacia aguas menos turbulentas y desconocidas para ella.
Drago se detuvo abruptamente, como si hubiera encontrado una pieza interesante en un rompecabezas.
—Bien, señorita Wei —pronunció Drago con una cortesía tan falsa que sonaba como burla. Él se levantó de su asiento, con sus ojos recorriendo la figura de Lizzy con un escrutinio que la hizo sentir expuesta a pesar de su ropa conservadora. La mirada de Drago se detuvo en la cintura de la joven, y algo oscuro cruzó por sus ojos antes de sacudir la cabeza—. Háblame de tu puto padre —espetó bruscamente para no perder la concentración, ya que se imaginó cargándola y haciéndole “cosas” que en ese instante encontraba fuera de lugar—. ¿Nunca notaste nada extraño en él?
La pregunta la tomó por sorpresa, haciendo que parpadeara confundida.
—¿A qué se refiere? Mi padre es un hombre normal, un comerciante respetable —respondió, luchando por mantener firme su voz.
La risa que escapó de los labios de Drago fue como cristal rompiéndose, afilada y sin alegría. Se acercó al escritorio y aplastó el cigarrillo en el cenicero con más fuerza de la necesaria.
—¿Normal? —la palabra sonó como un insulto—. ¿Nunca te preguntaste por qué tienes esa marca en la nuca? ¿Por qué puedes ver cosas que otros no pueden? —se cruzó de brazos, apoyándose contra el escritorio—. Dices que no tienes idea de nada, cosa que creo que es pura mierda, pero, digamos que te creo. ¿No tienes visiones de que estás volando, que sabes de antemano cuando alguien cercano morirá? Eso es algo básico de todo cuervo.
Las palabras de Drago golpearon a Lizzy como un puñetazo en el estómago. Su corazón comenzó a latir erráticamente. Los sueños de vuelo que la perseguían desde niña, el extraño presentimiento que había tenido antes de la muerte de su gato Cleo, la inquietante certeza que la invadió días antes de que el amigo de su padre falleciera en circunstancias misteriosas... Todos esos secretos que había guardado celosamente, temiendo que la tacharan de loca, ahora salían a la luz en boca de este extraño.
—No sé de qué está hablando —susurró, pero el temblor en su voz la traicionaba—. Además, no tengo ninguna marca en mi nuca...
De repente, el puño de Drago se estrelló contra el escritorio con mucha fuerza, haciendo que los objetos sobre él danzaran y tintinearan. Lizzy se encogió, con su corazón saltando hasta su garganta.
—¡Deja de fingir! —rugió Drago a todo pulmón sintiendo como su paciencia se agotaba—. Los cuervos como tú tienen un don, pueden ver la muerte antes de que llegue, pueden volar antes de transformarse. ¡Y alguien como tú debe haber visto lo que le pasaría a Milos! —su voz se elevaba con cada palabra—. ¡Tú sabes algo, maldita! ¡Deja de fingir inocencia, es repugnante!
Al oír esos gritos, Lizzy sintió como las lágrimas comenzaban a nublar su visión, ardientes y traicioneras. No era solo el miedo lo que las provocaba, sino una confusión abrumadora que parecía crecer con cada segundo que permanecía ahí. Las palabras de Drago hacían eco en su mente como campanas distantes, conectándose con recuerdos que siempre había intentado enterrar: las pesadillas que la perseguían noche tras noche, aquellas sombras inquietantes que bailaban en los rincones cuando nadie más las veía, los presentimientos que la asaltaban sin aviso y que nunca se atrevió a compartir.
—Yo... yo no... —las palabras se tropezaron en su garganta, pero fueron interrumpidas por el chirrido de la puerta al abrirse. Un nuevo personaje entró en escena: otro hombre que, aunque aparentaba ser más joven, compartía los rasgos distintivos de Drago como si fueran piezas del mismo rompecabezas.
—Stefan —la voz de Drago sonó monótona, casi aburrida.
—Caslav me dijo que entrara en el momento que escuchara el primer grito —explicó Stefan, con su mirada oscilando entre la mujer temblorosa y su hermano mayor—. Me dijo que, si intentabas matarla, luego él te mataría a ti.
Los ojos de Lizzy se ensancharon ante esta revelación, mientras que el rostro de Drago se contorsionó con indignación.
—¿Desde cuándo ese maldito da órdenes? —gruñó, con sus dedos buscando otro cigarro con movimientos agitados—. ¡Soy su Alfa! Deberían tenerme respeto. Además, en una pelea, yo terminaría matándolo a él —dijo, hablando con el cigarro en la boca.
Stefan se recostó contra la pared con aire casual, cruzando los brazos mientras estudiaba a Lizzy con interés. Era como una versión alterada de Drago: mismos rasgos fuertes pero suavizados por unos ojos café cálidos y una piel más bronceada, diferente a la palidez que compartían sus otros dos hermanos. Era el legado de su madre, decían, aunque Stefan nunca estuvo seguro de ello.
—¿Por qué no nos quedamos con la cuerva? —sugirió Stefan en serbio, con su voz baja y calculadora—. ¿No crees que es obra del destino? Necesitamos un cuervo, aunque eres nuestro Alfa, la manada está preocupada, y necesitamos un reemplazo de Milos...
—Milos es irreemplazable —cortó Drago en serbio, sacudiendo la ceniza de su cigarro con un gesto brusco—. Y de buscar un reemplazo, jamás sería una mujer, no va de acuerdo con las reglas: cuervo varón, Alfa varón. Ella rompe el código —exhaló el humo por su nariz como un dragón frustrado—. Además, es una maldita sospechosa y ya le pertenece a los vampiros. Y no tiene ni puta idea de dónde está parada, o es una buena actriz, ya ni sé —admitió con un suspiro cansado.
Lizzy observaba el intercambio con una mezcla de fascinación y temor, sin entender una palabra, pero captando la tensión en el aire. Un pensamiento absurdo cruzó por su mente: si sobrevivía a esta locura, definitivamente tomaría clases de idiomas. Solo... por diversión. Una risa histérica amenazó con escapar de sus labios ante lo ridículo de estar pensando en planes futuros en una situación como esta, por eso se cubrió la boca para mitigar su ataque de risa.
—¿De qué te ríes? —dijo Drago volteándose a mirarla con odio.