Drago permaneció inmóvil frente a la mansión victoriana, oculto entre las sombras mientras el humo de su cigarrillo se elevaba en la noche. Sus ojos verdeazulados estudiaban cada movimiento tras las ventanas iluminadas, esperando con paciencia y pensando si era buena idea o no actuar. Sin embargo, su mente que no pensaba más que en sus impulsos, en ese instante estaba tratando de hacerle entrar en razón, advirtiéndole que entrar en una casa habitada por humanos extraños era una insensatez, pero, aunque sabía los posibles riesgos, había algo en aquella chica cuervo que no lo dejaba pensar con claridad. «Bueno, mejor lo dejo así y regreso otro día...», pensó Drago mientras arrojaba su cuarto cigarrillo al suelo y lo aplastaba con el pie. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia su Ford T

