Katerina fingió desagrado ante tal atrevimiento de Stefan, pero no hizo nada por apartarse. Aunque para la mayoría de los vampiros, los hombres lobo desprendían un olor desagradable, similar al de un perro callejero empapado por la lluvia, para ella era diferente. El aroma de Stefan, especialmente el de su sangre, resultaba exquisito. Para sus sentidos vampíricos, él olía como el perfume francés más refinado o como el más suculento de los manjares jamás servidos. Era un secreto que guardaba celosamente después de un año de relación; su naturaleza vampírica la hacía reticente a expresar sus sentimientos con palabras. Después de todo, los vampiros eran fríos por naturaleza, o al menos eso dictaba la tradición. —Siempre tan seguro de ti mismo —replicó ella, apartándose a regañadientes mientr

