02. Sangre en el Támesis

1499 Words
LA NOCHE ANTERIOR Los muelles de Londres eran territorio de lobos. No de los comunes que aullaban a la luna en los bosques lejanos, sino de aquellos que caminaban como hombres hasta que la sangre y la luna los llamaba. En este mundo oculto a los ojos humanos, cuatro leyes sagradas gobernaban las manadas: Primera: jamás tocar a la loba de otro Alfa, especialmente cuando el idiota ni siquiera reconocía el vínculo que compartían. Segunda: ningún humano en la manada, sin excepciones. Tercera: respetar el territorio y la mercancía ajena, bajo pena de muerte. Cuarta: el cuervo de la manada está prohibido para el amor. Los cuervos eran especiales. No eran simples integrantes de la manada; eran sus ojos en el cielo, sus espías, sus guardianes. Eran cambiaformas capaces de transformarse en aves de alas negras como la noche misma. Cada manada tenía uno, siempre del mismo género que su Alfa —si el alfa era varón, el cuervo era varón y si la alfa era mujer, el cuervo era mujer—, y sin ellos, una manada estaba tan ciega como un cachorro recién nacido. Esa noche, bajo la oscuridad impuesta por los apagones de guerra, Drago Vukovic estaba a punto de descubrir el precio de esa ceguera. —¡El opio es nuestro, maldito serbio! —El grito de Viktor, el Alfa polaco, se escuchó entre los contenedores mientras la llovizna comenzaba a caer sobre los muelles. Drago dio una larga calada a su cigarrillo otomano, el único lujo que se permitía en noches como esta. La brasa brilló en la oscuridad cuando exhaló. —Lopov desgraciado —respondió en su serbio natal, la palabra "ladrón" sonaba como un gruñido—. Los papeles dicen que este barco y todo su contenido son míos. ¿O acaso los polacos ya no saben leer? —¿Papeles? —Viktor soltó una carcajada áspera—. La guerra cambia las reglas, Vukovic. ¿O crees que alguien se preocupa por la legalidad cuando el mundo está a punto de arder? Durante el último mes, Londres se sumía cada noche en una oscuridad total por los apagones obligatorios, convirtiendo los muelles en un paraíso para criaturas como ellos. Para los lobos, la falta de luz nunca había sido un problema —era su elemento natural— pero estas nuevas sombras habían transformado los muelles en un territorio sin ley donde el crimen sobrenatural florecía, justo como había dicho Viktor. El aire húmedo apestaba a miedo y paranoia. Los humanos vivían al borde del pánico desde que el Imperio austrohúngaro le declaró la guerra a Serbia tras el asesinato de su archiduque. Drago, maldiciendo su linaje serbio, se preguntaba si estos malditos polacos estaban robando su mercancía como "venganza" o si solo era una excusa conveniente. Aunque en el fondo, lo sabía perfectamente: a los seres sobrenaturales les importaban un comino los conflictos humanos. Solo aprovechaban este caos para sus propios fines. —Última advertencia, Viktor —gruñó Drago, tirando el cigarro—. Lárgate por las buenas o esto terminará muy mal para ti y tu manada. —¡Ay ya cállate! —gritó el lobo polaco— ¡Todos, vayan por el cargamento! —fue la única respuesta del Alfa Viktor. Luego de eso, lo que siguió fue un baño de sangre. Los lobos se enfrentaron en su forma híbrida, más bestia que hombre, destrozándose entre las sombras del muelle. Garras desgarraban carne, colmillos buscaban yugulares, y el estruendo de los contenedores metálicos resonaba como campanas del infierno. La lluvia lavaba la sangre hacia el Támesis, como si el río mismo quisiera borrar la evidencia de la masacre. El primer polaco cayó sobre los adoquines mojados, con su sangre mezclándose con la gélida lluvia de agosto. Otros lo siguieron pronto. La manada Vukovic peleaba con la ferocidad de quienes defendían lo suyo, con todo el salvajismo que requería. Los lobos despreciaban las armas de fuego en estas peleas entre los suyos, era una cuestión de honor, de tradición. Cuando era una batalla entre manadas, se luchaba a la antigua: con garras y colmillos. Media hora después, Drago desmembraba metódicamente el cadáver de Viktor. Era la ley no escrita: el Alfa perdedor moría a manos del vencedor, y su cuerpo servía como advertencia para otros que pensaran en cruzar la línea. —Señor —uno de sus hombres de Drago se acercó, ya en forma humana, aunque aún con sangre goteando de su barbilla—. La policía portuaria aumentó sus rondas por la guerra. Debemos actuar rápido. Drago se incorporó, apartando con un gesto brusco el cabello empapado que le caía sobre la frente. Extrajo otro cigarrillo otomano de su propio contrabando y lo encendió bajo su abrigo destrozado, protegiendo la llama de su encendedor de lujo. —Los cuerpos servirán para el negocio del jabón —respondió con una sonrisa cruel—. Con esta maldita guerra, su precio se disparará. Y los órganos... los brujos pagarán bien por partes de licántropo. —¿Y los documentos, señor? —Hagan que parezca que eran alemanes —ordenó Drago—. Con la guerra, nadie hará demasiadas preguntas sobre unos cuantos alemanes desaparecidos. Y así, con las órdenes dadas, Drago fue a su Ford T del año 1913 conducido por uno de sus combatientes, y sin perder el tiempo, se alejó del muelle sintiendo que algo le inquietaba. Milos, su cuervo, debería haberles advertido sobre los polacos. Era la primera vez que fallaba en sus deberes de vigilancia, y lo más preocupante era que llevaba todo el día sin aparecer… Sin embargo, la respuesta a esa duda la tendría casi una hora después en forma de una caja, cuando llegara a una de sus mansiones en Mayfair. Cuando ingresó a su mansión, Drago, aún empapado y con su elegante ropa hecha un desastre, se dirigió directamente a su oficina mientras encendía un cigarro en el proceso. Fue entonces cuando Sava, una de sus sirvientas e integrante de su manada, se acercó pálida con una caja entre las manos. —Mi señor... —dijo la mujer claramente preocupada—. Le trajeron esto hace dos horas. —Es una trampa —dijo Drago, sacando su pistola, con el cigarro en sus labios. —¿Cómo está tan seguro? —preguntó Sava, curiosa. —Yo sé de estas cosas —exhalo el humo, colocándose el cigarro entre sus dedos—, a ver, deja la caja en el suelo y hazte a un lado —ordenó Drago y la mujer al instante obedeció. De esa manera, Drago regresó el cigarrillo a sus labios y apuntó su pistola hacia la caja en el suelo. Tres disparos certeros hicieron que la madera crujiera y la tapa saltara parcialmente. Con movimientos cautelosos, recogió el cofre y lo colocó sobre su escritorio. Al abrirlo por completo, contuvo el aliento: un ojo de iris azul y un trozo de piel con la marca del cuervo lo miraban acusadoramente desde el fondo aterciopelado. Junto a estos macabros trofeos, una nota breve pero devastadora aguardaba ser leída: "Oh, qué mal. ¿Qué será de una manada sin su cuervo carroñero? Qué desastre, qué desastre. Att. M.R."  El cigarrillo ahora se consumía entre sus dedos mientras una furia helada se apoderaba de él. Habían matado a Milos, su cuervo, y alguien llamado M.R. acababa de declararle la guerra de la peor manera posible. —¿Quién diablos es M.R.? —murmuró, con su voz llena de deseos de venganza. Sin soltar la pistola, Drago examinó el contenido de la caja más detenidamente. El ojo de Milos, antes de un azul brillante y penetrante, ahora parecía apagado, como un cristal sin vida. El trozo de piel mostraba claramente la marca del cuervo, ese símbolo que solo los seres sobrenaturales podían ver y que identificaba a los cambiaformas más valiosos de cada manada. —Sava —llamó a su sirvienta, que permanecía en un rincón—, ¿Quién trajo esto? —Un mensajero, señor. Un chico común, de esos que hacen entregas por unos peniques. No parecía saber qué llevaba. Drago asintió lentamente. Por supuesto que usarían un mensajero inocente. Quien fuera M.R., conocía bien el protocolo de las manadas. Sabía que matar al mensajero solo traería atención indeseada. —Tráeme el libro de registros —ordenó mientras se servía un vaso de brandy—. Necesito revisar cada nombre, cada inicial que pudiera ser... Se detuvo a media frase. Un recuerdo súbito lo golpeó: hace tres meses, Milos había mencionado algo sobre movimientos extraños en los muelles del este. Patrones inusuales que no encajaban con ninguna de las manadas conocidas. "Hay algo más grande en movimiento", había dicho su cuervo. "Algo que no estamos viendo". En ese momento, Drago lo había descartado como paranoia. Los muelles siempre estaban llenos de rumores y conspiraciones, especialmente con la amenaza de guerra en el aire. Pero ahora... ahora Milos estaba muerto y más dudas que respuesta habían alrededor de todo.
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