Cuando Lizzy cruzó el umbral de su salón de clases aquella mañana, el ambiente ya estaba comenzando a llenarse de actividad. Algunos estudiantes entraban con paso apresurado mientras otros, ya instalados en sus asientos, conversaban en voz baja o repasaban sus notas. La joven recorrió con la mirada el recinto, consciente de su singularidad en aquel espacio. En Oxford, las mujeres que se aventuraban a estudiar eran tan escasas que podían contarse con los dedos de una mano, y Lizzy lo sabía mejor que nadie. Su presencia nunca pasaba inadvertida; era como una nota discordante en una melodía bien ensayada. Al ingresar junto a Kamal, el estudiante otomano, pudo percibir cómo varios rostros se tensaban, cómo algunas miradas se desviaban con desdén que les costaba mucho disimular. No era tanto

