Caslav regresó en menos de quince minutos. Cuando la puerta se abrió, Lizzy vio entrar a la bruja y no pudo evitar sorprenderse. En lugar de la anciana poco agraciada y misteriosa que había imaginado, ante ella se encontraba una mujer que parecía sacada de una reunión de la alta sociedad londinense. Su cabello oscuro estaba recogido con elegancia mientras su rostro delicado irradiaba una inocencia que contrastaba con su título de bruja. Sus grandes ojos cafés recorrieron la habitación con calma, mientras sus manos, cubiertas por guantes blancos impecables, sostenían un bolso de cuero fino que hacía juego con su vestido. Parecía más lista para tomar el té en algún exclusivo salón que para realizar hechizos. Sin embargo, minutos antes, mientras esperaban su llegada, el más joven de los tres

