En el momento que la bruja cerró la puerta del sótano, Milos dejó caer la cabeza, exhausto. Un suspiro profundo escapó de sus labios mientras tragaba el último pedazo de pan, que por haber devorado a la fuerza y con demasiada rapidez, le provocaba ahora intensas náuseas. A pesar del malestar, él sabía perfectamente que debía agradecer cualquier alimento que le dieran si quería mantenerse con vida. La amarga realidad se asentaba en su mente como una piedra fría: quizás ese pedazo de pan sería el último que vería en días. Era evidente que solo querían mantenerlo vivo, lo mínimo indispensable para que no muriera. Milos no albergaba ilusiones; dudaba profundamente que unas brujas como esas tuvieran la más mínima empatía hacia él. «Tres meses», pensó, calculando mentalmente con la precisión qu

