04. La estudiante y el lobo

928 Words
El corazón de la joven comenzó a latir desbocado mientras sus ojos se abrían con horror al sentir el frío metal del arma. El lujoso vestíbulo del banco, con sus columnas de mármol y sus dorados detalles, de repente pareció volverse más pequeño y sofocante. —¿Qué quiere de mí? Yo... yo no tengo dinero —susurró ella con voz temblorosa, aún incapaz de distinguir claramente el rostro de su captor bajo el ala del sombrero. —Levántate. Salgamos de aquí —ordenó él, y ese acento extranjero golpeó la memoria de Lizzy como un relámpago. —¡Eres... eres el de hace rato, el que chocó conmigo! —exclamó ella, pero antes de poder decir más, Drago la sujetó del brazo con firmeza, obligándola a ponerse de pie. El tiempo se le acababa; cada segundo dentro de ese territorio vampírico era un riesgo que no podía permitirse, y menos solo. Con un movimiento rápido, Drago pegó su cuerpo al de ella, fingiendo la intimidad de una pareja mientras mantenía el periódico estratégicamente colocado para ocultar el arma. Lizzy podía sentir el agua que aún goteaba del abrigo de él empapando su propio vestido, mientras el sudor frío del miedo comenzaba a perlar la frente de ella por estar en esa situación. Un disparo accidental significaría su fin, así que no le quedó más remedio que seguirle el juego. —Baja la cabeza y no mires a nadie. Muévete —susurró él de forma brusca en su oído con una amenaza en cada silbaba que pronunció. Lizzy asintió, temblando, con sus ojos fijos en el suelo de mármol mientras sus pasos resonaban en perfecta sincronía con los de su captor. Nadie les prestó atención durante el camino porque quizás asumían que eran una pareja más del montón y fue entonces cuando finalmente cruzaron las puertas del banco, que Lizzy notó que la lluvia había cesado, dejando tras de sí ese aire húmedo y pesado tan característico de Londres. Drago exhaló profundamente al alejarse del territorio vampírico, como si hubiera estado conteniendo el aliento todo ese tiempo. Con un movimiento rápido, se quitó el sombrero y se lo colocó a ella, aunque el revólver nunca dejó de presionar contra el costado de la muchacha mientras caminaban por las calles empedradas y relucientes por la lluvia reciente. —¿A dónde me lleva? ¿Qué quiere de mí? —suplicó ella nuevamente en un susurro asustado—. Ya le dije, no tengo dinero. —Sí, claro, lo dice quien fue escoltada por una puta sirvienta francesa y luego te montaste en un auto más lujoso que el mío —respondió Drago de forma irónica, con sus ojos verdeazulados mostrando una clara desconfianza mientras mantenía a Lizzy firmemente contra su costado. El agarre era como una tenaza de acero; cuanto más intentaba ella liberarse, más se daba cuenta de que era inútil. La fuerza de aquel hombre era sobrenatural. Su brazo, aparentemente normal bajo la tela empapada del abrigo, se sentía duro como el granito. Todo en él parecía más fuerte, más sólido de lo que su apariencia elegante sugería. Intrigada a pesar de su miedo, Lizzy alzó la mirada para estudiarlo mejor. —¿Está cargada? —preguntó ella, refiriéndose al arma que seguía presionada contra su costado. —Por supuesto —la respuesta cortante de Drago, hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Lizzy. El color abandonó completamente el rostro de la muchacha, dejándola más pálida que la niebla londinense. —No gritaré... puede dejar de apuntarme con el arma, lo juro. No haré un escándalo... co-cooperaré —suplicó, con su voz temblando ante la idea de una bala perdida. Drago giró su cabeza para mirarla desde su altura imponente. La diferencia de estaturas era notable; ella apenas le llegaba a la mitad del pecho, su metro cincuenta y cinco típico de su herencia asiática haciéndola parecer aún más vulnerable. —No te quitaré la maldita pistola —gruñó él—. Si se me escapa un tiro, pues qué mal, ¿no? Ya luego te curarás, los cuervos se curan rápido —añadió con una sonrisa torcida, sabiendo que, aunque una bala no la mataría, causaría el suficiente caos para hacerla cooperar. —¿Un cuervo? —la confusión genuina en la voz de Lizzy solo pareció irritar más a su captor, ella se dio cuenta cuando él la miró con molestia—. ¿Pero de qué está hablando? —No te hagas la estúpida —espetó con rabia, provocando que el acento extranjero se acentuara en cada palabra—. Iremos a uno de mis negocios, ahí me dirás todo lo que sabes... Sé que tuviste que ver con la muerte de Milos, maldita... Los ojos oscuros de Lizzy se abrieron aún más, con el miedo y la confusión mezclándose en su mirada. —¿Qué? ¿Quién es Milos? No tengo idea de nada, señor, me está confundiendo, se lo juro, no soy... no soy quien cree que soy. Mi nombre es Lizzy Crawford, soy estudiante de economía y... —Cállate —la interrumpió bruscamente—. Me dirás tus mentiras en privado. Camina más rápido, aunque será mejor que seas sincera conmigo si quieres tener todas tus extremidades intactas…—ordenó, acelerando el paso por las calles húmedas. Lizzy se vio obligada a trotar para mantener su ritmo, sintiendo como sus zapatos chapoteaban en los charcos mientras la horrible realidad de su situación se asentaba: estaba en graves problemas, la estaban confundiendo con alguien, y ahora ese extraño… la había secuestrado.
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