Drago miró la hora una vez más en su reloj de bolsillo, y observó que marcaban las cinco y media de la tarde, para ese momento, la estación de tren de Mayfair comenzaba a llenarse lentamente de viajeros que regresaban a casa tras una larga jornada. Él observó el montón de humanos que bajaban del tren, hombres, mujeres y niños que parecían cansados. En medio de ese mar de gente, Drago, continuaba fiel a la promesa que se había hecho a sí mismo —si no a Milos— de observar a Lizzy solo desde lejos, no se acercaría a ella, aunque lo deseara con todas sus fuerzas. En ese instante, él se encontraba estratégicamente posicionado en un rincón apartado de la estación. Vestía su traje oscuro, pero se había levantado el cuello de su abrigo todavía moteado con las cenizas de su textilería en ruinas pa

