Arriba, en la habitación ahora desordenada por los objetos lanzados, Caslav se acercó a Rosemary con determinación. Sus manos fuertes la sujetaron por los hombros, no con violencia sino con la firmeza de quien no está dispuesto a dejarla escapar nuevamente. —¡No me iré! —gritó el alfa, y su voz resonó en las paredes—. ¿No comprendes? ¡No te voy a dejar, nunca! —Sus ojos brillaron con un destello de color ámbar, un recordatorio de la bestia que habitaba en él—. ¡Eres mi compañera! Rosemary se sacudió bajo su agarre, y el aire alrededor de ella se llenó con la electricidad de su poder contenido. Sus ojos, normalmente cafés, adquirieron un tono más brillante, sobrenatural. —¡Yo rompí tu estúpido lazo! ¡Ya no somos compañeros! —gritó con más fuerza, siendo cada palabra una declaración de in

