Esa misma noche, mientras Londres dormía, y los Vukovic andaban festejando su rescate, en el hogar de los Crawford todo permanecía en silencio. Lizzy yacía en su cama después de haber terminado sus asignaciones nocturnas. Aunque su cuerpo descansaba sobre las sábanas, su mente seguía inquieta, negándose a sucumbir al sueño. El tictac del reloj era el único sonido que acompañaba sus pensamientos cuando escuchó unos suaves golpes en la puerta. Era Margot. Lizzy no tenía el menor deseo de conversar con nadie, menos con ella. Un cansancio emocional pesaba más que el físico, así que cerró los ojos fingiendo un sueño profundo. —¿Lizzy, ya te dormiste? —preguntó Margot con voz melodiosa desde el otro lado de la puerta. «Que se vaya», pensó Lizzy mientras su corazón latía un poco más rápido. «M

