El calabozo

1954 Words
Juno no entendió si es que el diablo tenía mala puntería o es que no quería matarla, llegaba a la conclusión que le divertía más torturarla. Las lágrimas salieron, y el alma le regresó al cuerpo, a un lado del escritorio vio su cruz, la misma que anteriormente un amigo donde ella solía tocar piano le regaló. Aférrate a la cruz La voz de su hermano vino a su cabeza tan real que ella no dudó en gatear para recogerla. La abrazó como si tuviera un tesoro en sus manos, en realidad, era su tesoro la única cosa que los nazis no la habían despojado. Sintió un fuerte golpe en la cabeza para caer desmayada en el suelo frío de aquel infierno. Ese calvario apenas comenzaba. ### Abrió los ojos lentamente, la oscuridad que había en ese lugar era evidente, el sonido de animales chillando le asustó. ¿Donde estaba?. Sus muñecas al igual que su cuello estaban encadenados como un perro, por más que se esforzaba en luchar para liberarse, no podía, su fuerza era inútil contra las cadenas que la aprisionaba. El viento frío envolvió su cuerpo desnudo dejándola inmóvil ante la nevada. Juno con los ojos en lágrimas miró el cielo n***o, nublado, sin estrella, sin luna, un cielo sin esperanza, sin oportunidad de sonreír, así se sentía: derrotada, esperando a la muerte venir en pos de ella. El frío cada vez era más atroz. Dormir se le hacía imposible ya que la torre donde se encontraba no tenía techo, por lo tanto, la peor tortura que podía recibir un ser humano era morir de hambre, sed, e hipotermia. Sus piernas no las sentía al igual que sus manos. Temblaba a cada instante, a minuto quizás a cada segundo, para vivir así era preferible la muerte. El día era más soportable, por lo menos destellos de sol entraba calentando un poco sus extremidades, sin embargo, el hambre era feroz, tan mortal que Juno encadenada sintió desfallecer. Ya no tenía fuerza, su cabeza dolía al igual que su cuerpo. No sabía cuántos días y noches habían pasado, solo sabía por el cielo cuando se iluminaba y se apagaba. Un recuerdo vino a su mente de verse tocando el piano en el restaurante de siempre: Ezür... allí vendían la mejor comida del mundo, Juno podía jurarlo. Todas las tardes tocaba el piano para todos los estirados que comían complacidamente en ese lugar, y no era para menos, el lugar era elegante, hermoso, limpio, y de increíble servicio. Con el vestido blanco que le había bordado su madre que le hacía lucir como un angel, los aretes de diamante que le había regalado su padre en su cumpleaños número 18, Juno Hoffman se sentaba en aquel hermoso piano negro para inspirarse. Cerraba sus ojos y dejaba que sus dedos hicieran lo suyo. Se deleitara en los acordes, melodía y armonías que lograba hacer al tocar una pieza inédita o ya aprendida por otros compositores. Era una delicia, la música era el mejor deleite para su alma. La vivificaba, la hacia soñar, vivir, desear, amar. Tocar cada tecla era transportarse a un mundo mágico, a un lugar donde el respirar era cada melodía que hacía uniéndo acordes. Juno siempre se preguntaba si la música la había encontrado o ella la buscó, no lo recordaba pero sabia que la había conquistado de tal forma que era una pasión tocar el instrumento. En el piano la muerte no existía, ni la amargura, aunque a veces se sintiera triste el regocijarse en cantar le daba el valor, la fuerza, la libertad para sentirse viva. Juno anhelo tener el piano, volverlo a tocar, sentir sus teclas negras ente sus dedos, escuchar la melodía proporcionada, quería sentirte libre, feliz, sin embargo, su realidad era otra, una donde no había música, ni piano, ni acordes, ni canto, en Auschwitz nadie cantaba, nadie bailaba, nadie sonreía, no había estrellas, ni pájaros, solo dolor, miseria y crueldad sobre todo mucha maldad. Sus sueños siempre era hacer concierto, deleitar a un público con su voz con su forma de tocar, estaba ilusionada en algún día lograr su objetivo antes de saber la verdad, aquella verdad que la había destruido y hecho prisionera. Su padre era un general del ejército Alemán, había defendido al país en la primera guerra mundial, aunque la derrota fue evidente antes los soviéticos y todo el mundo, su progenitor fue un guerrero valiente que no le importó la victoria o la derrota del país, no obstante, sirvió fielmente sin mirar atrás para que le pagaran de esta forma solo por ser judío. El general Hoffman había sido descubierto por el diablo, capitán de un escuadrón de las SS. Según alegaron que el general Hoffman ya viejo pero aún con el suficiente vigor dejaba escapar a los judíos levantando así sospechas de este esbirro apodado como las profundidad del infierno. Asimismo, cuando obtuvo lo que quería, no dudó en denunciarlo para rápidamente sin un juicio ni nada fusilarlo delante de sus hijos, ese acontecimiento Juno nunca lo olvidaría. Su madre también murió frente a sus ojos, y la esposa de Kai fue testigo de aquellos asesinos, poniéndole la cereza al pastel, buscando las evidencias dentro de su propia casa para quedarse con la vivienda que por derecho le pertenecía a Juno y a Kai. ¿Que puede hacer la avaricia? traicionar a los tuyos o incluso, llevarlos a la muerte. Olga, su cuñada había hecho eso, conspirar en su contra. Una mañana llegó una mujer, alta, rubia, esbelta, era verdaderamente hermosa. Su maquillaje impecable al igual que su uniforme. Al verla se rió y con una patada la despertó. —Hora de levantarte ratita inmunda. Juno apenas podía mantener los ojos abiertos. La mujer le quitó las cadenas, y sus manos cayeron desmayados en el regazo de la muchacha débil. —¿Quieres comer?—preguntó, sacando de su bolsillo un pedazo de pan lleno de moho verde. Para Juno era algo valioso, apetitoso delante de sus ojos aunque en realidad en su sano juicio nunca comería esa cosa, podía enfermarla, sin embargo, en ese momento no le importaba, solo quería comer, pensaba únicamente en eso. Con sus uñas sucias corrió como un perro hambriento quedando de rodillas ante aquella mujer superior a ella, en ese momento, la chica se sintió tan humillada, más no podía llorar, ya no tenía lágrimas que brotar. Con una burla en su rostro, la rubia lanzó el pan en el suelo, riéndose de cómo esa muchacha que antes usaba elegantes vestidos, tocaba piano, venia de una supuesta familia distinguida, ahora comía como un animal. La belleza de esa niña inocente ya no estaba, se había marchitado por completo, su semblante feliz se había convertido en lamento y una profunda tristeza. —¡Vistete!—le lanzó un uniforme de raya que cayó en la nieve. La muchacha estaba temblando cuando tomó la ropa andrajosa y cubrió su cuerpo; agradeció a Dios por lo menos poder cubrir sus senos y su zona íntima. —Alguien vendra para marcarte—dijo antes de volverla a encadenar. Por lo menos había aprovechado comer un poco de pan aunque su estomago seguia rugiendo y pidiendo más. También había comido nieve con la esperanza de que eso la hidratara un poco. La mujer abandonó el calabozo, Juno no entendió como había sobrevivido tanto, como aguantó frío, hambre y sed y seguía respirando, aunque prefería morir Piensa en ti, sobrevive. El recuerdo de su hermano la perseguía como un ladrón inmerso en la oscuridad. La supervivencia era algo que ella en esos instantes no podía elegir, estaba encadenada como un animal salvaje. Por la noche llegó unos guardias con un hombre también vestido de raya, este llevaba unas pinzas o algo por el estilo, el hecho era que soltaron una de sus muñecas para tatuarle un número:23990 Dolia, esa marca en su piel dolía muchísimo. —Listo—dijo el muchacho y con la misma volvieron a encadenarla para retirarse dejándola nuevamente inmersa y a deriva, solo acompañada con la soledad y suciedad de ese lugar, ya que sus necesidades las tenía que hacer en el suelo de ahí mismo, como los gatitos, Juno lo cubría con la nieve usando sus pies. ¡Era vergonzoso! A media noche las puertas del calabozo se abrieron, reflejando una silueta alta, esbelta, fornida. Su primer pensamiento fue que la muerte vino por ella, que ahora sí había llegado su final, pero no, el diablo estaba frente a ella mirándola con una expresión de suficiencia. Juno bajó la cabeza, no tenía las mismas fuerzas de cuando llegó, no quería seguir luchando en vano con un hombre que tenía en su poder su vida. —¿Mucho frío?—se rió, la muchacha se limitó a mirarlo. Las botas crujian por la nieve, el capitán caminó de un lado a otro. —Mirate, ya no eres nada, haz perdido lo encantadora que eras. Juno cerró sus ojos con fuerza. —Ahora eres mi prisionera—se acercó para verle el número de su muñeca-. 23990 ese ahora es tu nombre. No, ella no era un número, era una persona de carne y hueso y no un objeto. Piensa en ti, sobrevive Juno, sobrevive. La voz de su hermano venía a su mente a cada instante. —El miserable de su padre les hizo esto... los condenó a esta vida de mierda... Piensa en ti Juno, sobrevive, vive Juno. Piensa en ti. —Haré lo que sea...—gritó en lágrimas. El capitán se quedó boquiabierto ante su aullido. —¿Que dijiste?—se acercó a su rostro pálido, con sus mejillas quemadas por el frío. —Haré lo que sea... Una sonrisa de suficiencia se formó en sus labios mostrando sus perfectos dientes, su perfilada nariz y aquellos hoyuelos en sus mejillas. —¿Que pudieras ofrecerme 23990?—se llevó la mano a la barbilla con una sonrisa arrogante—. A ver... no eres virgen, ni bonita, ni especial-curveó sus labios con desprecio –.No eres nada, solo un pedazo de mierda que nadie daría ni un franco. Juno contuvo las lágrimas. –Haré lo que me pidas por favor, solo quiero salir de aquí, por favor—suplicó en medio de sollozos, que pensaba: ¿qué el diablo se conmoveria por sus lágrimas? ese hombre no tenía corazón, ni sentimientos. El capitán se rió abiertamente, como si el dolor de la muchacha le alegraba. —¿Sabes cuantas mujeres aquí a diario suplican por su vida? ¿sabes cuántas mujeres espera que se me conmueva el corazón? muchas, y todas ellas mueren como perras. La chica alzó la vista. —Eres un monstruo sin corazón. —Aush...—se tocó el corazón—. Lo sé, por eso me llaman el diablo. —Algún día pagarás en el infierno todo lo que haces maldito, hijo de puta. Él se rió divertido. —Vaya, eres más interesante de lo que pareces. Yo pensé que eras una pianista aburrida, pero dentro de esa fachada calmada se esconde una gran tormenta–se echó a reír sacando el arma de su funda—. Sabes que puedo matarte por llamarme hijo de puta.. —¡Matame, matame!, no le tengo miedo a la muerte, ni al infierno. El diablo abrió sus ojos sorprendido sin perder ese rastro de diversión. —Oh, encarcelarte te ha dado valentía. Deberías quedarte en silencio, así te verías más...—pensó buscando las mejores palabras. Juno guardo silencio dándole una mirada de odio. El diablo se inclinó quedando a centímetros de su rostro. —Dime... ¿que estás dispuesta a hacer? ☆☆☆ Leo sus comentarios mis amores... los amo
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