Por un plato de comida

2175 Words
¿Que estarías dispuesta hacer? El olor a perfume caro invadió las fosas nasales de Juno, la sonrisa sarcástica seguía dibujada en los labios de aquel oficial, sus ojos azules era un mar bravío lleno de diversión, sus pecas le daba aquel aspecto angelical que el diablo quizás una vez obtuvo antes de ser despojado del cielo. Ese hombre frente a ella era verdaderamente hermoso, y Juno se había dado cuenta la primera vez que lo vio bajo la lluvia, con su cabello mojado, sus ojos tiernos, su sonrisa encantadora, lo que no conocía la chica era ese corazón, la crueldad que se escondía tras esos ojitos tiernos. Una lágrima rodó por sus mejillas; el pulgar frío del capitán borró aquel rastro de que había llorado, por un segundo, la muchacha alzó su vista para mirar aquellos ojos azules que se mantenían tan estáticos, sin parpadear. Estaban tan cerca que podían escuchar sus propias respiraciones. —Eh, umm—se alejó respirando hondo, profundo, ¿qué carajo había pasádo? nunca había mirado a una presa de esa manera. El capitán se dió la espalda para recobrar el aliento, la compostura que había perdido por quedar atrapado en unos ojos miel, dulces, tristes. Inhalo y exhalo un par de veces recuperando la sonrisa arrogante que lo caracterizaba. La nieve dejaba sus huellas, sus marcas de zapatos cuando caminaba directamente para quitarle las cadenas a Juno. —Me debes algo, luego me lo cobraré, que no se te olvide—musitó mientra que la chica se acariciaba su cuello, sus muñecas. El diablo salió de la torre, al instante entraron soldados que la obligaron a caminar. Juno no quería preguntar a dónde la llevarían, solo quería salir de esa maldita torre fría. Asimismo, llegaron a una barracón donde había muchas mujeres. Todas al ver los soldados se despertaron con una expresión similar al terror, más los esbirros solo déjaron a la muchacha y se marcharon. Juno quedó atónita, sin saber que hacer, mirando las caras pálidas de todas las mujeres que se encontraban cautivas. Era una pesadilla. —Ven conmigo, puedes dormir aqui—dijo una voz suave. Su uniforme de raya estaba roto en alguno lados, no tenía cabello, se lo habían cortado, raspado, ojeras negras estaban alrededor de sus ojos, y lo delgada que estaba le sorprendió a Juno, ese era su destino. Recordó cuando el diablo tomó las tijeras para cortarle el pelo. Movió la cabeza de un lado a otro para eliminar esa imagen de su mente. La chica la jalaba del brazo mientras la acomodaba en elsuelo sucio con ella. —Soy Mara...—susurró despacio, Juno se le quedó mirando con las lágrimas a flor de piel. —Soy Juno—apenas pudo hablar. —¡Guarden silencio!—exclamó una mujer de la nada. En esa barraca habían mujeres que dormían en literas y otras en el suelo, Juno le tocó dormir en el suelo junto a Mara. El despertar fue más ligero, por lo menos no estaba sola, si no acompañada. Mara era agradable, y acogió a la chica como si fuera una hija. Todas las mujeres se levantaron rápidamente cuando una nazi gritó: —¡Hora de levantarse ratas! Todas corrían de aquí para allá para hacer formación. —¿Que pasa?—le preguntó Juno a Mara. —Hay que hacer filas, van a pasar asistencia. ¿Tienes un número? La muchacha asintió. —Cuando digan tú número dices: presente. Siempre lo hacen, siempre pasan asistencia, es para controlar que nadie se haya escapado. Juno volteó a todos lados mirando la alambrada, detrás de ella se encontraba la verdadera libertad. Comenzó la asistencia, luego de terminar, todas iniciaron un trabajo cargando rocas grandes, pesadas, que con lo debil y flaca que estaban, más de una caian desmayada. El frío se intensificaba cada vez más empeorando todo. Otras mujeres quitaban la nieve y esa labor era un poco más sencilla que las rocas. Juno ya no podía con una roca más. —Trata de no desmayarte o se lo dirán a cabello de Ángel-murmuró Mara. —¿Cabello de angel? —Si, es una mujer hermosa, pero lo que tiene de bonita también lo tiene de mala. Ella se encarga de todo el barracón de las mujeres, es malvada, cuídate de ella. No la veas a los ojos cuando venga a pasar asistencia, ni la contradigas, no duda en matar—Mara miró a los lados—.También cuídate del Ángel de la muerte. Juno la miró aterrada. —El Ángel de la muerte es peor que cabello de Ángel y que el mismísimo diablo. Según dicen que hace experimentos con nosotros. Que quiere alterar nuestros genes, ADN. Todos lo que ven a Mengele nunca salen vivos. —¿Mengele? —Si, es el Ángel de la muerte—susurró Mara con terror. El diablo, cuídate de él. Da órdenes, es malvado, burlón, impulsivo. Prácticamente gobierna este infierno. Se dice que hay personas que les dan órdenes pero no lo sabemos, solo los hemos visto a ellos junto a todos estos demonios que obedecen a estos nazis—Mara echa otro vistazo a todos lados—. Prometeme que te cuidarás, que sobreviviras a esta pesadilla, que pensaras en ti, y solo en ti Juno. Eran las mismas palabras de su hermano. Piensa en ti Juno, sobrevive. Ella asiente. —¿Por que otras hacen otra labor menos pesada que nosotras?—formuló Juno mirando a las chicas que quitaban la nieve. Mara sonrió. —Por un plato de comida Juno se hace lo inimaginable, incluso, trabajar para ellos. —¿Como? —Esas mujeres que quitan la nieve trabajan para los nazis, si, suena extraño, son prisioneras pero reciben raciones extra de comida, y algunos privilegios que ninguna de aquí tiene. Ellas controlan el orden entre nosotras mismas, y asignan donde dormirá cada quien. —¿Son intocables?—Mara se rió. —¿Intocables Juno?, son patéticas, aquí se hace lo que sea para sobrevivir hasta ser una perra con las demás. Igual no están excepto de ser mandadas a las cámaras de gas. —¿Que tanto hablan? trabajen—gritó una mujer. Mara miró a Juno divertida—. Mañana es jueves y iré a Canadá. —¿Canada, que es? —Luego te explicaré... Solo que allí consigo porciones de comida, te traeré un poco. Asintió... El sol se ocultó y todo lo demás en el barracón era un caos. Juno seguía durmiendo en el suelo con Mara, según lo había declarado Agatha, una mujer gitana que tenía dos años en ese infierno. Agatha controlaba el orden del barracón donde se encontraba Juno. La lider le indicó a Juno que las necesidades como orinar o defecar se hacían en suelo a un extremos donde ellas dormían. La muchacha sintió asco pero no tenía más opciones, estar allí junto a un grupo de mujeres por lo menos la reconfortaba. El jueves, Juno se sintió sola, Mara se había ido a Canadá, según le había explicado y ella entendido que ese famoso Canadá era donde despojaban a todas las personas que llegaban a Auschwitz. A media tarde después de cargar rocas, le daban un descanso donde podía ver a los chicos, ahí ella se apresuraba a buscar a su hermano, más no estaba, no lo veía, y aunque sabía que ese lugar era un verdadero infierno, guardaba las esperanzas de que su hermano siguiera con vida. En la noche, como Mara le había prometido le trajo raciones extra de pan, y algo que Juno pensó nunca volver a comer en su vida: un cuadrito de chocolate. Se lo dió escondido, sin embargo, la muchacha se lo comió con tal desesperación sintiendo lo dulce, y como este se desvanecía en su boca. —¡Que rico!—musitó —Si, es rico. En Canadá puedo conseguir más—susurró entusiasma en medio de la oscuridad que proporcionaba la barraca. -Cuéntame de ti Juno, ¿qué hacías antes de venir aquí? Las chicas que estaban en el suelo se pusieron atentas para escuchar. Juno se mordió los labios. —Vivia con mis padres, era pianista. —¡Genial!, ¿cantas? La chica asintió. —Me fascina la musica, a mi hermana le encantaba—dijo Mara. —¿Donde está tú hermana? La mirada de la mujer se entristeció. —La llevaron a la cámara de gas. —¿Por que? Mara se encogió de hombros. —A ellos le pareció mejor llevarla ahí. —¡Lo siento! —Este lugar es un infierno—intervino otra en la conversación, y sin darse cuenta se estaban riendo con recuerdos del pasado. —Cantanos algo Juno, si, hace tiempo no escuchamos nada parecido—dijo otra mujer, Juno dudó, sin embargo, al final decidió entonar una alabanza: Hast mich lang nicht mehr so angesehen Hab viel zu oft versucht uns zu verstehen Die Augen treffen sich, der Wein ist schon halb Herz über Kopf Herz über Kopf La voz de Juno no había perdido su delicadeza, con el sentimiento que entonó la melodía a capella, fue suficiente para mover los sentimientos de más de una que rápidamente comezaron a llorar. Quizás, porque la canción no sólo hablaba del amor, la esperanza, si no que nombrar el recuerdo de un ser amado que por más que el corazón le gritaba que se quedara y la mente que se marchara. De como de una manera y otra el corazón hacia más peso que la mente, y como el guardar las esperanzas de volver a renacer. Al terminar la melodía todo quedó en silencio, con un sabor amargo en la boca, con el corazón desbocado, y la sensación de desesperanza. —Era bailarina cuando me trajeron aquí, mis sueños siempre fue volar como las aves del cielo. Amaba el baile más que otra cosa en mi vida—comenzó a hablar Mara—. Me enamoré de un chico, dulce, tierno, nos íbamos a casar cuando... cuando...—estalló en llanto—. Cuando ellos lo mataron, trató de defenderme, pero... no pudo. Una bala impactó su corazón, lo vi morir. —Soy buena dibujando, me gusta el dibujo. Soñaba que sería una gran artista antes de venir aquí a Auschwitz—expresó otra al lado de Juno. —Era maestra, tengo dos hijos. —No hice nada importante quizás en mi vida, pero amo a la familia que construí—contó su historia otra. —Quería ser escritora, me gusta imaginar— intervino otra. Para ese entonces, el cuarto se llenó se sueños: En un quería ser antes de llegar a Auschwitz. Sol, una mujer flaca se levantó, la que quería ser escritora y con los ojos en lágrimas dijo: —Nos arrebataron todo, pero nuestros sueños siguen, permanecen vivos en nosotros. Sobreviviremos. —¡Sobreviviremos!—dijeron todas. Las semanas pasaron, Juno le había contado a Mara que era la hija de un general Hoffman. Todas las que escuchaban quedaron boquiabiertas en imaginarse en como una chiquilla como Juno despues de tenerlo todo ahora era prisionera en Auschwitz.También comentó que se había encontrado con el diablo y este la había encerrado en un calabozo. —Es malvado, ten cuidado—aconsejaban. —¡A dormir ratas inmundas!—dijo una guardia. El invierno estaba pasando, Juno se habia ganado una cama junto a Mara y las otras que dormían en el suelo. Todas las noches las chicas cantaban algo, después se iban a dormir. Agatha no era muy sociable, pero tampoco se interponía. Allí en el barracón habían muchas judías, gitanas, polacas y de Checoslovaquia. De hecho, Mara era polaca, Sol judía, Anna gitana al igual que Agatha . y así un sin fin de mujeres de diferentes lados. Todos los jueves sin falta Mara iba a canada trayendo una porción extra de comida a Juno, para la muchacha estar allá era lo mejor del mundo, había comida, chocolate y cosas ricas.Hasta que un jueves fue llevaba junto a Mara. Su impresión al ver la ropa, joyas, y un montón de cosa fue formidable, y más porque vio un libro después de mucho tiempo. Eso le recordó a su hermano, su sonrisa, sus ojos, su mirada. Las lágrimas querían salir más se contuvo. —Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí, dos ratitas—escuchó una voz fría, temible distante. Juno soltó lo que tenía en sus manos, girando lentamente, mirando a una silueta que se acercaba. Esta sombra tomaba forma de un médico, con su bata blanca y uniforme característico de un nazis. La chica volteó para ver a Mara que rápidamente comprendió que ese hombre no era nada bueno. La mirada de su compañera era de un espanto total. Mara retrocedió con sus ojos fijos en el sujeto. —Es... es Ángel de la muerte Juno... La chica tragó grueso, al ver la frialdad, la maldad por encima que poseía ese hombre. Mengele mostró sus perfectos dientes: —Hoy me divertiré mucho. ☆☆☆ Ahí vamos... los leo...
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