Aparte de todo lo demás, como sus torneadas piernas, o ese sabroso bulto que se formaba en el centro de sus muslos, pachoncito y sensual.
Al llegar a la entrada de su establecimiento y notar que no había ninguna otra clienta, excepto Sara, que distraída se agachó un poco a ver la calidad de la carne por el cristal de la vitrina despachadora, decidió emprender el ataque.
—¡Qué nalgotas, madre mía! Como para darles unas buenas mamadas —pensó al momento de acercársele a Sara, por detrás, estampándole la mano extendida en esas preciosuras de la mujer sobándoselas ricamente.
Sara pegó un reparo, indignada, más por el susto que por el disgusto.
—¡Ora, jijo de la chingada, a ver si pa la otra le vas a agarrar las nalgas a tu madre! Pa que te hagas aunque sea unos suaderos —bramó molesta y viéndolo de manera directa ya que cuando se encabronaba, no respetaba tamaños.
—¿Qué pasó, doña Sara? ¿Ya nos llevamos de decirnos de la mamá y toda la cosa? ¡No sea llevada! Que luego no la va aguantar.
—¿Y quién chingados le dio a usted permiso de meterme la mano, pendejo?
—Doña Sara, le voy a suplicar que ese lenguaje de conductor de microbús no lo use aquí, se oye de la chingada. Y como que no va en este lugar.
—¡Qué decente, cabrón abusivo! Ya verá, se lo voy a decir a mi marido a ver si a él también se las agarra o a lo mejor le sujeta el aguayón.
—Líbreme san Goloteo de meterme con su viejo, doña Sara. Yo nomás quiero con usted y eso siempre y cuando me prometa que no raja.
El alegato siguió por unos minutos, dando oportunidad de que otras clientas se enteraran de la bronca al arribar al lugar, cosa que no amilanó al carnicero; al contrario, agarró más fuerza.
—La neta, doña Sara, ¿a poco no le gustó? La verdad que nomás con verla en la calle se las huele uno que anda ganosa, como que su viejo no le cumple.
—¿Qué le importa, ese no es su problema, así que no se meta?
—Uno la estima, doña, y siento sus necesidades, “aunque usted no lo crea”, como dice el de Ripley. Me cae que se le nota que su marido se echa sus palos de gallo allá cada quince, veinte días o hasta un mes y la deja peor que antes.
—¡Váyase al cabrón! —gruño Sara, encendiéndose el color de sus mejillas al sentirse como si se estuviera revelando su más grande secreto.
Y para chingarla de acabar, se metió una vecina.
—¡Ja, ja, ja!... pinche Sara, hasta parece que aquí el Carlos, te anda espiando o nos oyó cuando me contaste que tu marido es igual que el mío, puro candil de la calle y oscuridad de su casa.
Otra más intervino:
—¡Uh!, pues mi viejo no canta mal las rancheras. Según él, le encanta subirse al guayabo, aunque no me quita la sed y mucho menos el hambre. Es un pendejo, oigan, a veces no se quiere tomar el trabajo ni de bajarme las pantaletas.
Ya quiere que yo esté lista, con las patas abiertas pa que él llegue, se me monte, haga el prau prau y se eche a roncar... Y las nalgas y las tetas, ¿pa qué nos las pusieron? Pregunto yo. Ese idiota debió casarse mejor con una gallina.
Todos soltaron la carcajada y eso dio pauta a que otra metiera su cuchara, entrando en mayor confianza al ver que no había broncas:
—¿Y a mí qué me cuenta de frustraciones en la cama? Mi esposo está peor. El sólo quiere cuando está borracho, entonces sí se siente muy león, aunque el imbécil a veces se queda dormido antes de acabar y así me reclama que la de las frustraciones soy yo.
Todas eran mujeres aún potables, pues sus edades fluctuaban entre 30 y 40 años.
Una mujer más vieja, más allá del bien y el mal, sólo se concretó a oír. Sara, que se destacaba por su juventud y su preciosa figura, además de una carita de ángel recién desempacado de allá arriba, decidió deponer su actitud agresiva con el carnicero y hasta pidió disculpas por los insultos que le lanzó.
—Derecho, chavas, luego les veo cada carita de ganas insatisfechas que, en lugar de darles su pilón de carne de res, quisiera dárselos, aunque de carne de acá de su servidor que es de más calidad... eso sí, nomás prestada pa que les alcance a todas.
—Se me hace que usted también es puro pájaro nalgón —comentó Mariana, que dibujó una sonrisa irónica, provocando risitas de las otras cuatro presentes.
—Esperando no ofender. Lástima que usted no esté tan buenota como Sara, si no, le juro que la hacía tragar sus palabras ahorita mismo.
—¡Uy, qué miedo!
—Eso ya calienta, Marianita. Yo a las pruebas no sólo me remito, sino también me remeto. Le juro que nomás porque no quiero serle infiel a Sara...
—Por mí no hay inconveniente —terció la aludida— a lo mejor hasta con la publicidad sales ganando más… o lo pierdes todo…
—Es que yo no quiero perder mi chance con usted. Me pasa el resto y no sea que después usted no quiera darme el chance por saber que ando de cabrón por otro lado y se apriete su calzón y yo me quede con las ganas.
—Al contrario. Yo pa ponerle los cuernos a mi marido, lo haría con un verdadero hombre; si saliera otro como él o peor, ¿cuál sería el chiste? ¿Nomás engañarlo a lo tarugo?, entonces sí que me remordería la conciencia.
—¡Ya le dije que me la sé sacar en la cama! Bueno, mejor dicho, yo la se meter y muy bien en la cama. Que me caiga un rayo si miento.
—Lo mismo que presumen todos.
—¿Y cómo fregados le hago pa convencerla si no da chance de demostrárselo? Cuando usted quiera yo... pos estoy puesto y…
—Bueno, si Mariana, o cualquier otra vecina me contara que con usted no se la acabó, quizá cambiara de opinión y tal vez tendría su chance tal y como lo desea.
—¿Le cae, Sarita? ¿Es derecha la flecha? ¿Me cumplirá después?
En seguida, el carnicero le echó una mirada suplicante a Mariana.
—Mariana, medio kilo de carne gratis durante dos semanas si me das chance.
Mariana, alzó los hombros fingiendo disgusto y salió de la carnicería, aunque la sonrisa pícara que llevaba, le indicó a Carlos, que ese arroz estaba cocido.
En seguida, el carnicero despachó a las otras clientas, para quedarse a solas con Sara. Luego le habló al chile.
—Ya está el trato con Mariana. Antes de una semana ella le va a hablar de lo que le hice. Y si habla bien, más le vale cumplirme, Sara.
Ella sonrió burlona y salió.
—Pinche vieja, me la tengo que coger tarde o temprano —pensó el carnicero, corriendo a la puerta de su establecimiento para ver a Sara, alejándose, moviendo sus preciosas nalgas con una sabrosura que se la paraba hasta a los perros que la veían pasar, la verdad era que tenía un culo de infarto.
Mariana no estaba nada dada a la calle, cuando se arreglaba, solía verse de poca. Los trabajos hogareños la obligaban a descuidarse, aunque a sus 32 años, todavía estaba muy potable. Con un cuerpo que muchos deseaban en aquel barrio donde vivían.
Carlos tuvo que hacer alguna labor de convencimiento con ella y esa tarde, la chava dio su bracito a torcer, por lo que se vieron a varias cuadras de la colonia, donde Carlos la recogió en su carro y se la llevó a un motel todavía más alejado
Se notaba que ella jamás había estado con ningún otro que no fuera su marido, pues se le notaba novata y cargada de torpezas a la hora de comenzar a aflojar el cuerpo dispuesta al sacrificio supremo de la infidelidad.
Carlos, la invitó a brindar, sirviéndole un buen fajo de Bacardí para que agarrara confianza. Mariana le hizo gestos, aunque sabía que necesitaba trastornarse un poco para entrar en ambiente.
Tras ese brindis, comenzaron a caldearse con besos no muy apasionados por parte de ella, quién al sentir las manos de Carlos, posarse en sus nalgas, se las retiraba, permitiéndole sólo rodearla por la cintura. Era medio apretada.
Carlos, la dejó agarrar confianza, sabiendo que ya tenía a la presa en sus manos y todo lo que tenía que hacer, era consentirla un poco.
Un segundo brindis comenzó a borrar las inhibiciones de Mariana, aunque, aun así, pidió que se apagara la luz para encuerarse. Carlos, le dio chance, pero de todos modos pudo apreciar que la vieja se cargaba sus buenas nalgas, porque la luz de la tarde se colaba por las rendijas de la cortina que cubría la ventana.
En seguida, Mariana, abrió la cama y se metió entre las sábanas.
—Ya desnúdese, Carlos, no sea que se me baje la calentura y lo deje como perro de azotea, ladrando a lo tarugo y ni quien le haga caso.
—No es por criticarla, Mariana, usted coge a la antigüita.
—¿A poco hacerlo a la moderna, es sin quitarse la ropa?
—Claro que no, aunque primero se debe dar uno su calentada, inspirarse con el chingo de arrumacos y besos y demás cositas.
—¿Como cuáles?
Carlos, se bajó los pantalones, mostrándole a Mariana, su buena moronga, que para entonces cabeceaba bien tiesa.
—Pues como meterse mi cosota en la boca y apapacharla con su lengua, chupármela. Usted me entiende, lo que vulgarmente se conoce como mamada.
—¡Fúchila, yo no hago eso!
—¿Por qué no? Si yo por mi parte le voy a dar lengua en su rica y peluda panocha y va a ver que mamadas propino, me cae que se va a venir varias veces. Soy cabrón si no la hago hasta poner los ojos en blanco.
—No, yo así no lo hago.
—Ah, cómo chingaos no. Abra el océano que ahí le va su pirulí pa que chupe —antes de que Mariana, pudiera protestar, ya Carlos, le había sujetado la cabeza y apuntado la boca hacia la amoratada cabeza de su pitote, el cual le dejó ir entre los labios en actitud mandona— Chúpela mi alma, lámala, bésela con ganas, como el mejor caramelo que te has comido en tu vida.
Carlos, se mantuvo de pie junto a ella, con los pantalones a media rodilla, entregándole de forma generosa, el basto, mientras ella se sobreponía a la sorpresa.
Luego, la mujer, tomaría con sus manos el basto y tal como él se lo dijera, comenzó a saborear el delicioso “caramelo”, chupándolo por todas partes, besándolo de manera apasionada, jalándole el cuero con los dedos, haciendo que al carnicero se le doblaran las rodillas de gozo y placer supremo.
—Ay, cabroncita, todo era cosa de que se animara, porque da unas mamadas de profesora... aaayyy... así, chúpelo como si quisiera arrancármelo... oooouuggg... espérese tantito, pinche vieja golosa que me va a hacer venir...
Efectivamente, Mariana, había temido en un principio verse ridícula por inexperta; aunque descubrió pronto que la cosa era fácil, nomás había que aventarse a hacerlo. Junto con la mamada al chile, le sobó los huevos, le masajeó las nalgas y las poderosas piernas del macho que a veces parecían doblarse ante las oleadas de placer que ella le estaba propinando.
Carlos, se retorcía como tlaconete en sal y su mirada se perdía en el techo, al que veía de muchos colores y con figuras caprichosas.
—¡Pinche vieja, me está haciendo como le da la gana, aunque ya viene la mía! —dijo el tipo jadeante, ya rehuyendo el combate.
A la primera oportunidad se zafó y aventando las sábanas al pie de la cama, se abalanzó contra la prieta y peluda pucha que la mujer exhibía entre las piernas.
Él le separó los muslos a todo lo que daban e inmediatamente clavó su lengua retorcida en el bizcocho de Mariana, que todo babeante, ya aguardaba por conocer la sensación de sentir una lengua de macho traveseando por allí.