Ocho

2127 Words
Carlos demostró ser cumplidor, pues de inmediato hizo que el clítoris de la mujer se pusiera duro como frijol y con los apretoncitos de labios, exaltó al máximo a la mujer, qué pese a sus años de experiencia en la cama, jamás había sentido ese tipo de sensaciones que ahora la envolvían y la hacían disfrutar al máximo. Carlos, se llenó los bigotes, los labios y la barbilla con la rica miel que la mujer expulsaba a raudales y se retorcía de placer, impidiéndole al carnicero tener un blanco fijo de sus lengüetazos. —¡Aaayyy, papitooo...! Esto es lo bueno... ¡ooohhh! Me siento en la gloria... mámale más, papito, acábate mi panocha... síguele no te detengas... creo que me estás haciendo orgasmear... aaaaaaaahhhh... Mariana, pataleaba, se sacudía de pies a cabeza, con las manos se apretujó las duras y sabrosas chichotas y alcanzó un pezón con los dientes, el cual mordió desesperada. Segundos después, pedía a gritos la v***a. —Ya, ya... ¡métemela, cabroncito... pronto, lastímame, húndemela como si fuera puñal... por delante, por el culo, por las orejas, por donde quieras, pero ya métemela... —Pinche Marianita, quién la viera tan modosita en la calle y tan caliente en la cama. Aunque así me gusta, usted no es un mal taco, lo que pasa es que está mal envuelta. —Es que sabes calentar a las mujeres como los propios ángeles, mi cielo... ándale ya, por favor... métemela tú o soy capaz de clavarme el palo de la escoba ahora mismo... —¡Ni madre! Ahí le voy. Y empinando a Mariana, Carlos le despachó carne a llenar. —Aaaayyyyy, papasote... que rico Carlos estaba satisfecho con su buen trabajo. Mariana había sido una excelente fuente de inspiración, aunque su mirada seguía estando puesta en Sara, la mujer que con sólo repetir su nombre hacía que se le parara y que no tuviera paz. La calentura del carnicero iba en aumento, pues era un hecho que pronto se la estaría “comiendo”. —Cuando Mariana, le cuente la pinche revolquiza que le puse, la pinche Sara es capaz de bajarse aquí mismo las pantaletas y pedirme que me la chingue —se decía el carnicero mientras atendía a otras clientas. De repente, sus ojos se iluminaron al ver a las dos hembras entrando a su establecimiento. Ambas lucían sus mejores galas y sonrisas. —¡Sara, Mariana, dichosos los ojos que contemplan su suculenta belleza! —las saludó zalamero, y en seguida tocó el tema que tanto le importaba— Mariana, cuéntele, cuéntele... Que sepa que no soy un hablador. Sara miró fijamente a Mariana, en espera de su respuesta. Esta, hizo un ligero gesto de descontento, eludiendo las miradas de ambos. —¿Tiene aguayón del bueno, Carlos? —preguntó. —¡Mariana, le suplico de la manera más atenta que no mame! Le hice una sugerencia para que hablara —bramó el carnicero, todo sacado de onda. —Sí, Mariana. Habla claro —terció Sara con curiosidad. —Conste, Carlos. Yo no lo quería quemar; aunque si usted insiste... —¡Ah, chingá! No se la jale ¿por qué, quemarme? —Pues porque la verdad que esperaba mucho más de usted. Sin embargo, eso de que no se le levantaba el ánimo, a cualquier mujer enfría. —¡Ya me lo imaginaba! —dijo Sara, con cara de enfado y dio la media vuelta para salir de la carnicería— ¡Desde hoy me vuelvo vegetariana! —¡Qué poca madre tiene, Mariana! —gritó el carnicero—¿Por qué diablos dijo esa mentira? Ora sí que me espanto la carne que ya esperaba. —Porque si digo la verdad, te vas con ella, papacito y yo te quiero sacar provecho. Coges como príncipe, rorro. Ya me repapalotea el bizcocho de ganas de estar otra vez contigo. Nomás te vi y empapé las pantaletas. —¡Hija de mi primer amor!, qué gacha, nacha. —Pórtese mejor la próxima vez y a lo mejor me animo y lo recomiendo con Sara, se lo prometo, sólo que antes, tiene que llenarme el jarrito rico. La mujer salió triunfal del establecimiento, echando cadereos burlones. —Usted gana, pinche vieja, mañana en la tarde nos vemos pa volvérmela a coger, pinche puta caliente que no deja que otras coman carne. Las risas de la mujer se escucharon por toda la calle. —¡Camotote rico! Ya se me hacía tarde para estar otra vez contigo. Quiero que me des una mamada como la de la otra vez —dijo Mariana al echarse en brazos de Carlos, luego de que ambos entraron a la habitación del motel al que se habían decidido ir para aventarse el segundo palo. Carlos, la recibió y comenzó a chuparla y lamerle por el cuello y las orejas, provocándole ese cosquilleo que sabe tan sabroso en el preámbulo de un buen palo. Ella cerró los ojos, dejó caer la cabeza atrás y se entregó por completo a las caricias de su amante. Suspiraba hondamente, jadeaba y buscaba ansiosa la punta de la macana de Carlos, para acariciarla. El carnicero se convirtió en verdadero pulpo metiéndole mano por todas partes para calentarla. Lo mismo le picó el culo con el dedo, que chupó sus tetas, le masajeó el clítoris, le frotó las piernas y le dio unos restregones para que la vieja se saboreara más de lo que le esperaba. Mariana, en la cumbre de su máxima cachondería, volvió a rendirse a la mamada suprema que Carlos, comenzó a darle de una manera que la hizo olvidarse de todo lo que la rodeaba y la incitó a pedir más placer, ya conocía las delicias del orgasmo y ahora quería disfrutarlo una vez más. Encuerada sobre la cama, con las patas abiertas y una almohada bajo las nalgas, entregó su vulva al lengüeteo voraz de Carlos, que por poco le saca los ovarios de tanta chupeteada sabrosa e intensa. —Ya, ya, cógeme, papi... —exigió ella cuando su deseo la hacía desesperar y las piernas le temblaban involuntariamente por lo sabroso que sentía. Entonces Carlos, sacó unos cordones que traía preparados y comenzó a amarrar a Mariana, a la cama, de muñecas y tobillos. —¿Para qué me hace eso? —Es otra cosita que me gusta hacer con una nalga cachonda como tú —aclaró él, que en cuanto terminó de atarla, zafó el cinturón de las presillas de su pantalón— Perdone que no se lo haya dicho antes, Mariana, pero me gusta darles sus chingadazos a las viejas que me cojo. Eso me pone más cachondo, así disfruto más, así que ahí le va... Mariana pegó un grito al recibir el primer cinturonazo por las pantorrillas. —¡No, Carlos, eso no me gusta! —protestó en seguida. —Pero a mí sí... nada me calienta más que ver un par de buenas nalgas bien marcadas por los golpes, chorreando sangre... -¡No, nooooo…! ¡Cabrón…! —Ora se chinga, porque yo así es como más las gozo... Carlos, no tuvo compasión, le dio a la vieja una buena cinturoniza. Ella se retorcía de dolor, lloraba y gritaba llena de angustia. —Eso es, ¡grita, suplica, que eso me enerva! ¡Te ves cachondísima retorciéndote, chillando, ya siento ganas de metértela, aunque jamás me perdería el espectáculo de verte toda marcada de las nalgas! Al terminar, Carlos, aventó el cinturón a un lado y saltó sobre la hembra para morderle los pezones, marcándole los dientes sobre las aureolas; le pellizcó las nalgas y las ingles y terminó con otra mamada salvaje, con mordiscos a los labios mayores de la vulva y lengüeteadas muy hondas que, pese al dolor, reactivaron el deseo carnal de ella que estaba completamente entregada a aquel hombre. Así, atada, Carlos, la montó y le dejó ir su v***a sin compasión, hundiéndosela hasta la raíz, labor que prosiguió con tremendos pistonazos que hicieron jadear de satisfacción a Mariana que se sentía en la gloria del placer. —¿Te ha dado tu marido por detrás, Mariana? —inquirió él. —No... ¿por qué? —Porque te llegó tu hora, mamuchis. Te voy a soltar pa que te empines y ni te niegues, porque te surto otra vez —al instante procedió a soltarla y de una nalgada la hizo volverse para ponerse en cuatro patas. Mariana, toda nerviosa, se atrevió a aclarar con voz suplicante: —Dicen que por ahí duele mucho y yo no… —Me vale. Arrogante, Carlos, la empinó delante de su engarrotado camote y con apenas un poquito de saliva en la punta, apuntó al fruncido ojo trasero de Mariana, que presa de los nervios, aguardaba por la experiencia que aún no conocía. Carlos, no se anduvo por las ramas, en cuanto la tuvo a tiro, le dejó ir su chile sin clemencia, atacando con toda su fuerza, forzando la apertura de las nalgas de la hembra y la apertura de su chico, que se tensó al máximo para dar paso al ariete, que, pese al potente ataque, apenas pudo introducirse en un tercio. Carlos lo atribuyó a que ella había rehuido la embestida y afianzándola de las caderas, le dio un segundo estoconazo que se introdujo en dos terceras partes, mientras ella gritaba de dolor, con una mezcla de placer y dolor. —¡Sácamela!... ¡Sácamela, cabrón, que me estás matando! —¡Grita, mamacita, enséñame que te estás muriendo para gozar más! Siente como ya no te cabe más y sin embargo te la voy a meter hasta que no quede ni un pelo afuera... —¡Nooo…! ¡por piedad! ¡aaayyyy! Carlos, no conoció la compasión, aún con la v***a palpitante en el chico de Mariana, la empezó a limar intensamente, sin aflojar un instante. Ella bramaba materialmente, sentía sus entrañas estallar, le dolía, aunque le gustaba más de lo que le molestaba. Era una mezcla extraña que la tenían enardecida y jadeante con temor a pedir más porque no sabía lo que le esperaba. No obstante, él se dio su maña para acariciarle la papaya frotándosela con fuerza y eso le dio un respiro a Mariana, que en ningún momento dejó de sentirse caliente y ardorosa para gozar mucho, y se encontraba lista para el orgasmo, aunque no pudo controlarlo, le llegó con una fuerza avasalladora, como nunca antes lo había sentido. Al final, luego de varios minutos que a ella le parecieron segundos, Carlos, eyaculó, inundando aquel recto de su espesa crema, lo que le provocó un segundo e intenso orgasmo, al sentir el caliente líquido inundándole las entrañas. —Se mandó muy feo, Carlos, si he sabido la clase de alimaña que es, jamás le doy chance de disfrutar de mis ricas nalgas —protestó Mariana, mientras se vestía, luego de haber tomado un baño que vino a relajar el palpitar de su culo. Ella protestaba más por disculparse a sí misma, por lo caliente que se había portado y por lo mucho que le había gustado que, por culparlo a él, que la había llevado a la gloria del placer, aunque de un modo diferente. —¿A poco no le gustó? —¡Qué me va a andar gustando!, se portó como un animal. Me cae de madre que no vuelvo a meterme con usted, así sea el único hombre en la tierra. —¡Ya, ya, tan chillona! Pa eso son los placeres diferentes, o ¿no? —¡Váyase a la goma! Carlos, despidió a Mariana, a unas calles de su casa, haciendo muecas de apremio para sí mismo, ella se alejó sin decirle nada, aunque por dentro, saboreaba lo que podría venir en el futuro si seguía cogiendo con él. —Qué sabroso me la cogí, me cae que, me encantó, y estoy seguro que a ella también le gusto que le diera duro y tupido, a ver si así aprende a no mentir, quien le manda no decirle la verdad a Sara —pensó. —Bueno, ya tendrá hambre y vendrá por más carne para su quesadilla, así son todas las viejas, una vez que la prueban rico y la disfrutan con todas sus ganas, como esa tal Mariana, no la dejan —termino filosofando sobre lo sucedido. Carlos aplanaba tranquilamente unos bistecs, cuando llegó la furibunda Mariana, acompañada de Sara que lo veía con atención. —¡Ahí está el desgraciado ese! —rugió Mariana, señalando al carnicero con dedo de fuego, había llevado a Sara para desengañarla por completo de aquel sabroso cogedor del que esperaba disfrutar mucho tiempo más— ¡Perro miserable, por su culpa mi viejo está a punto de mandarme a la tiznada!
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