****Elena*****
-¿Has visto volver a tu hermana? -Elena rebanaba el pan con precisión milimétrica
-Ha vuelto después de la medianoche - Said cogió un pedazo de pan y le dio un mordisco -apestaba a alcohol -se quejó mientras masticaba -si fuese yo quien llegara después de la media noche apestando a alcohol...
-Tu has llegado a casa con un bebé en brazos -Elena se arrepintió de aquellas palabras en cuanto las dijo, pero era cierto, Said no había llevado a casa nada más que problemas, en cambio Nahara, Nahara era la joven más disciplinada, obediente y consciente que conocía y el que fuese su hija la llenaba de orgullo. Se suponía que los padres no debían tener favoritos, pero cuando el contraste entre dos hijos era tan grande, era difícil no sentirse inclinada a favorecer a uno más que a otro.
-Lo sé, lo sé -Said cogió otra rebanada de pan -no sirvo para nada, ya lo has dejado claro siempre
-Sí que sirves para algo -Elena removió el guiso con un cucharón y sacó un pedazo de carne, lo puso en un plato y se lo dio a Said -desayuna y arréglate -le ordenó -necesitaré que cargues unos sacos de harina -Nahara era la lista de la familia, pero Said era la fuerza bruta y la fuerza bruta también era necesaria
-¿Así? -Said miró el plato y luego miró a Elena
-¿Así como?
-¿Sin pan?
-Te has comido dos rebanadas de pan, esa era tu porción, no alcanza para más
-¡Madre! ¡tú haces pan! eres panadera no debería faltar el pan. Tendrás una panadería y..
-ssshhh.... ssshhhh -Elena se masajeó las sienes, a veces no soportaba lo indiscreto que Said podía llegar a ser -eso todavía no es seguro, no quiero que vuelvas a mencionar el asunto en casa, además si nos comemos la mercancía, entonces el negocio no florecerá
-Está bien, está bien madre, pero necesito alimentarme bien para cargar esos sacos de harina -replicó Said. ¡Maldición! ¡que muchacho insoportable! pero tenía razón, tenía que estar bien alimentado, después de todo, el chico era puro músculo y cero cerebro, cogió dos rebanadas de pan y los puso en el plato, Said se alejó con una sonrisa de satisfacción, era un chico insoportable, sí. No era el más inteligente, no, no lo era, pero tenía un corazón noble y además, era la estampa de su padre.
Elena sirvió otro plato, colocó carne, abas y una rebanada de pan con mantequilla. Miró a su alrededor para asegurarse de que Said hubiera salido de la cocina. Cogió la pequeña banqueta que usaba para alcanzar los estantes, Said había echo toda la estantería con sus propias manos, eran unos hermosos estantes de madera, pintados de azul brillante que contrastaban con el papel tapiz de flores doradas, pero, como era de esperarse, algunas medidas estaban mal, lo estantes eran demasiado altos, inalcanzables para el escaso metro y medio de altura de Elena.
Subió a la banqueta y se estiró hasta alcanzar un cuenco de madera detrás de la lata del café, este escondía un par de manzanas rojas como los labios de una cortesana, puso una en el bolsillo de su delantal. Bajó de la banqueta, colocó el plato recién servido en una bandeja, colocó una taza y la llenó de café y dobló una servilleta de tela con cuidado, cogió la bandeja y caminó apresurada.
-Nahara - fue un llamado tímido, casi un susurro frente a la puerta cerrada -cariñooo -Nahara odiaba que los golpes en la puerta la despertaran, por eso, Elena no golpeaba la puerta, solo la llamaba, pero sin levantar mucho la voz -Nahara, el desayuno está listo.
-Se ha ido temprano -Jacob la tomó desprevenida, Elena dio un brinquillo que hizo tambalear la bandeja.
-¿Ha salido? ¿A donde ha ido?
-Algo del trabajo, no me ha dado detalles -su hermano se encogió de hombros -Elena tenía un mal presentimiento, un escalofrío le recorrió el cuerpo, en un momento se encontraba cogiendo la bandeja con todas sus fuerza como si alguien intentara quitársela y en un segundo se había quedado sin fuerzas para sostenerla, el estruendo del metal y la porcelana contra el suelo de madera la perturbó aun más, las piernas no le sostenían el peso ¿por qué se sentía así? ¿por qué esa presión en su pecho? desde la noche anterior, cuando vio a Nahara salir, había tenido la sensación constante de que algo muy malo estaba a punto de suceder. En lo único que podía pensar era en Nahara.
-¡Abuela! ¡abuela! -la voz aguda de Lila la hizo volver de aquel trance. Jacob estaba limpiando el desastre y Lila sostenía el delantal de Elena con fuerza, los ojos expectantes de su pequeña nieta la veían desde abajo con preocupación -¿estás bien abuela?
-Sí, estoy bien -pero no, no lo estaba -se inclinó para abrazar a Lila -Ten -sacó la manzana de su delantal -ve a la mesa, te llevaré tu desayuno.
-No es necesario hermana - Jacob se levantó del suelo, llevaba la bandeja de metal en las manos con los restos del plato y la taza -yo serviré el desayuno, tú debes irte o llegarás tarde -Jaco la miraba desde arriba, Elena tenía que estirar el cuello para poder mirarlo a los ojos, a veces se preguntaba si su hermano mellizo le había robado la altura cuando estaban en el vientre de su madre, eran muy parecidos; la misma piel canela, el mismo cabello osculo y rizado, los mismos ojos grandes y expresivos del color de la miel, narices respingadas y labios finos, todo igual, menos la estatura; Jacob la superaba por media vara de altura. Jacob era otro gigante de buen corazón, igual que Said, pero a diferencia de su hijo, su hermano era la persona más trabajadora que Elena conocía, despertaba antes de que el sol saliera y era el último en acostarse a dormir, mantenía la casa impecable, se encargaba de cuidar a Lila, cocinaba, lavaba los trastes, la ropa, cuidaba el pequeño huerto familiar, todo en casa era limpio e imaculado gracias a Jacob, iba a ser un ayudante perfecto en la panadería, Elena dejó que la ilusión de su nuevo proyecto le hiciera olvidar el mal presentimiento que le había descompuesto el cuerpo, tenía que ver el local, llevar la harina y los materiales que había comprado, se le habían ido los ahorros de su vida en aquello y tenía que funcionar, no podía distraerse, Nahara iba a estar bien, ella siempre estaba bien porque siempre hacía las cosas bien.
Llegaron caminando al lugar. Elena y su familia vivían en un barrio muy pobre, pero por suerte, era solo doblar la esquina y caminar por un estrecho callejón para salir a la calle más bonita de la ciudad, dos veredas descubiertas de adoquines grises, faroles adornados con flores, era la calle en la que estaban las mejores tiendas, había oficinas de abogados, investigadores privados, consultorios de doctores, talleres de costura y sastrería, restaurantes y, por supuesto, ni una sola panadería, era el punto perfecto.
-Es aquí - anunció y no pudo evitar sonreír al ver la fachada, el lugar era suyo, un regalo de... se sacudió la cabeza para no pensar en su benefactor, aquel logro era suyo, suyo y de nadie más y el hecho de haber recibido un poco de ayuda no le quitaba mérito
-¡GUAO! ¡sí que es bonito madre, bonito, bonito -Elena sonrió de nuevo, no podía dejar de hacerlo.
-Vamos -dijo introduciendo la llave en la cerradura
-¡¿NAHARA?! -la voz de Said hizo duo con la cerradura destrabándose
-¿Nahara? -preguntó Elena girándose