Maximiliano Vance
El amanecer en nuestra residencia siempre tiene un sabor a privilegio y a un orden meticulosamente ensayado.
Me ajusté los gemelos de plata frente al espejo del vestidor, observando el reflejo de un hombre que ha hecho de la victoria un hábito. Pero hoy, el aire se sentía distinto. Había una corriente eléctrica recorriendo los pasillos de mármol, una anticipación que no tenía nada que ver con los juzgados ni con las fusiones corporativas.
Sentí el roce suave de la seda contra mi espalda antes de verla. Stephany se acercó, rodeando mi cintura con sus brazos delgados. Su reflejo apareció junto al mío: rubia, etérea, la mujer que el mundo envidiaba tener a su lado. Me giré en sus brazos y la tomé por la barbilla, obligándola a sostener mi mirada.
—¿Estás segura de esto, Stephany? —pregunté, mi voz sonando más grave en la quietud de la mañana.
Ella no apartó la vista. Una sonrisa enigmática, esa que reservaba solo para nuestras transgresiones privadas, curvó sus labios perfectamente pintados.
—Es una chica muy hermosa, Max. Casi... insultantemente pura. Me gustaría tener esa experiencia también. Hay algo en su mirada, en esa forma en que se encoge, que me hace querer ver qué hay debajo de todas esas capas de timidez.
—Es inteligente —añadí, recordando la chispa en sus ojos azules tras el cristal de sus gafas—. Pero es una niña en un mundo de lobos. ¿Cómo piensas que vamos a convencerla?
Stephany soltó una risa melodiosa y acarició la solapa de mi saco.
—Oh, querido. Lo haremos entre los dos. Vamos a tentarla de tal manera que no sepa dónde termina la admiración profesional y dónde empieza el deseo. Solo... no te la quedes toda para ti. Espérame. No arruines la sorpresa antes de que yo pueda participar, debes mostrarle lo que eres capaz de darle y yo haré lo mismo antes de que le muestres el anexo de contrato
Le di un beso breve que sabía a promesa y a peligro.
Salí de la casa y me subí al auto, dejando que el motor rugiera bajo mi mando.
Mientras conducía hacia el centro, la imagen de Ivy Harrison se instaló en mi mente como una obsesión necesaria.
Era una contradicción fascinante. Una niña de diecinueve años, brillante, con una capacidad analítica que ponía en vergüenza a abogados con décadas de experiencia, pero que se escondía detrás de una armadura de ropa ancha, fea y barata. Se ocultaba de un mundo que, si la viera de verdad, la devoraría.
Me pregunté cuánto tiempo le tomaría darse cuenta de que la red ya estaba tejida a su alrededor. Se suponía que solo estaría aquí unos meses.
El tiempo suficiente para inyectar una dosis de caos y juventud en mi matrimonio, el tiempo suficiente para que Stephany y yo recordáramos lo que se siente cazar juntos. Ella era el catalizador, el sacrificio necesario para que nuestra unión recuperara el fuego que la rutina amenaza con apagar.
Al llegar a la firma, el ambiente era el de siempre: eficiencia gélida. Mi secretaria me recibió con una carpeta de cuero.
—Buenos días, señor Vance. La señorita Harrison ya está en Recursos Humanos terminando de firmar su contrato de exclusividad —me informó sin levantar la vista de su tableta—. Tiene la audiencia preliminar de los Astor a las once y una comida con el fiscal a las dos.
—Gracias, Sarah. Haz que la señorita Harrison suba en cuanto termine
Entré en mi oficina, pero no pude concentrarme en los informes. Diez minutos después, el sonido suave de la puerta anunció su llegada.—Pase —ordené, acomodándome en mi sillón de cuero.
Allí estaba ella.
Llevaba un traje diferente al de ayer, aunque igual de desgastado y mal ajustado. Era de un color gris triste que contrastaba violentamente con la luz azul de sus ojos. Se quedó de pie cerca de la puerta, con las manos entrelazadas al frente, como si esperara una reprimenda.—Señorita Harrison. Acérquese —le dije, señalando la silla frente a mí.
Ella obedeció, caminando con esa torpeza encantadora de quien no está acostumbrada a los tacones. Se sentó y noté cómo evitaba mi mirada, fijando su atención en el pisapapeles de cristal sobre mi escritorio.—He decidido que su oficina estará aquí mismo, en la habitación contigua a la mía. Hay una puerta interna —señalé la entrada a su derecha—. Quiero que esté a mi alcance en todo momento. Cada vez que la necesite, no quiero esperar a que un ascensor la suba. ¿Está claro?
—Sí, señor Vance —susurró, y pude ver cómo un pequeño mechón de su cabello azabache caía sobre su frente.
—Tengo un caso importante, Ivy. Un litigio por fraude que requiere un análisis minucioso de evidencias. Usted me asistirá directamente. Será mi mano derecha en la investigación.
Vi cómo sus ojos se iluminaron. La emoción profesional era genuina; le apasionaba el derecho, y esa pasión era lo que la hacía tan vulnerable.
Me dediqué un momento a detallarla mientras ella revisaba la carátula del expediente que le extendí.
Era una belleza criminalmente ignorada, empezando por ella misma. Ivy parecía no tener idea de la figura que poseía. Sus ropas holgadas hacían un pésimo trabajo ocultando el hecho de que era una mujer de curvas generosas y proporciones perfectas.
Tenía unos senos que tiraban de la tela de su blusa barata, unos glúteos redondeados que adiviné bajo la caída del pantalón, y una cintura pequeña que terminaba en unas caderas que prometían un encaje perfecto entre mis manos.
Era delgada, menuda, pero con una densidad carnal que me hacía imaginarla en mi cama, perdida entre las sábanas de seda negra de mi habitación, con sus gafas volando por el suelo y su cabello extendido como una mancha de pecado.
—¿Señor Vance? —su voz me sacó de mis pensamientos. Se había dado cuenta de que la estaba mirando demasiado tiempo.
—Este caso es... delicado, Ivy —dije, recobrando el tono profesional pero bajando el volumen de mi voz para que sonara más íntima—. Requiere que entremos en los detalles más oscuros de la empresa. Hay que examinar cada entrada y cada salida. No podemos permitir que nada se nos escape por las ranuras.
Ella me miró un segundo, parpadeando. Vi cómo el rosa empezaba a subir por su cuello hasta sus mejillas. No estaba segura de si yo estaba hablando de contabilidad o de algo más, pero su instinto le decía que había un doble sentido en mis palabras.
—Entiendo... examinaré todo con... profundidad —respondió, y el rubor se intensificó al darse cuenta de lo que había dicho.
—Me gusta la profundidad, Harrison. Es donde se encuentran las mejores verdades —añadí, inclinándome sobre el escritorio.
Ella bajó la vista rápidamente a los documentos, pero pude ver cómo su pecho subía y bajaba con agitación.
Me pregunté si se sentía tan pequeña como se veía, o si bajo esa timidez había una mujer deseando ser reclamada con la misma fuerza con la que yo deseaba hacerlo.—Llévese estos documentos —le indiqué—. Revíselos con detalle. Quiero un informe completo para mañana sobre cómo deberíamos proceder. Quiero su opinión honesta sobre dónde está el punto débil de la defensa.
Me levanté y ella hizo lo mismo, casi por reflejo.—Venga. Le mostraré su nuevo lugar de trabajo personalmente.
Caminé hacia la puerta lateral y ella me siguió. Cuando entramos en la oficina contigua, una habitación elegante con ventanales que daban a la ciudad, Ivy se quedó sin aliento.
Corrió hacia el cristal, maravillada por la vista del horizonte.
—Es... es increíble —dijo, dándose la vuelta para mirarme, pero olvidando por un segundo su protocolo de no mirarme a los ojos. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sus pupilas se dilataron y el rojo volvió a sus mejillas.
Se inclinó un poco sobre el escritorio para dejar los papeles, un movimiento inconsciente que tensó la tela de su pantalón sobre sus glúteos.
La vista era devastadora.
Maldije internamente mientras sentía una punzada de deseo tan fuerte que me dolió. Me la imaginé allí mismo, inclinada sobre ese escritorio, azotándola hasta que sus gritos de placer llenaran la oficina, marcando esa piel blanca con la fuerza de mi necesidad.
Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que mi presencia la envolvió por completo. Ivy se tensó, quedándose inmóvil como una liebre frente a un lobo. No me detuve hasta que estuve a centímetros de su espalda. Pude sentir su calor, el aroma a jabón económico y algo dulce, como vainilla, que emanaba de su piel.
Ella se giró lentamente, quedando atrapada entre el escritorio y mi cuerpo. Sus ojos azules estaban cargados de sorpresa y algo parecido al pánico, pero no retrocedió. No podía. En ese momento, ella sintió la evidencia física de mi deseo. Mi m*****o, erecto y firme tras el pantalón de mi traje, presionó contra su vientre bajo debido a nuestra cercanía.
Ivy soltó un jadeo audible. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y el rubor alcanzó incluso sus orejas. Se quedó petrificada por un segundo, sintiendo mi dureza, procesando el hecho de que su jefe, el gran Maximiliano Vance, estaba excitado por ella.
—Señor... —intentó decir, pero su voz se quebró.
No le di tiempo a terminar.
Tomé su rostro entre mis manos, sorprendido por lo suave que era su piel, y la besé. Fue un beso dominante, posesivo, cargado de toda la frustración que había estado acumulando desde que la vi ayer.
Ivy no se apartó de inmediato.
Al principio, correspondió el beso con una torpeza que me volvió loco. Era inexperta, no sabía qué hacer con su lengua ni cómo seguir el ritmo de mi boca, pero había un hambre en ella que era innegable. Sus manos subieron tímidamente y se apoyaron en mis hombros, apretando la tela de mi saco.
La tomé por la cintura y la levanté. No pesaba nada, era como cargar una pluma. La subí sobre el escritorio, queriendo sentirla más cerca, queriendo que envolviera sus piernas alrededor de mi cintura.
Pero entonces, ella pareció despertar.
Puso sus manos contra mi pecho y me apartó con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño. Estaba jadeando, con los labios hinchados y los anteojos ligeramente torcidos.—No... por favor —dijo, su voz temblando de emoción y miedo—. Por favor, respéteme. Usted es mi jefe... yo soy su pupila. Y usted... usted es un hombre casado. Esto está mal. Muy mal.
Me quedé allí, recuperando el aliento, observando cómo intentaba arreglarse la ropa con manos temblorosas y cómo evitaba mirarme a toda costa, avergonzada de su propia reacción.
Sonreí para mis adentros mientras me acomodaba la corbata. La máscara de la "niña buena" seguía allí, pero ya le había arrancado un trozo. Ya me había demostrado que, a pesar de sus principios, su cuerpo estaba más que dispuesto a rendirse ante mí. Me deseaba, y ese deseo era la grieta por la que entraríamos Stephany y yo.
—Tiene razón, Harrison. Fue una falta de profesionalismo —dije, recuperando mi tono gélido y formal—. Vuelva a su trabajo. Espero ese informe mañana a primera hora.
Ella asintió frenéticamente, sin levantar la cabeza, y se hundió en su silla como si quisiera desaparecer entre los papeles.
Salí de su oficina y cerré la puerta tras de mí.
Caminé hacia mi escritorio y llamé a Stephany.
—¿Max? ¿Cómo va el primer día de la pequeña Ivy? —preguntó ella, su voz llena de curiosidad.
—Mejor de lo esperado —respondí, mirando hacia la puerta cerrada que nos separaba—. Ya me ha demostrado que estaría dispuesta a estar conmigo bajo la presión adecuada.
—¿Ah, sí? —Stephany sonó complacida—. ¿Y qué hay de mí? ¿Crees que reaccione igual conmigo?
—No lo sé todavía —dije, recordando el sabor de sus labios inexpertos y el temblor de su cuerpo menudo—. Pero estoy ansioso por averiguarlo. Prepárate, Stephany. La red está funcionando perfectamente la enviaré hacia ti así que esperala
Colgué el teléfono y me senté a trabajar, pero mi mente seguía en la habitación de al lado.
Ivy Harrison creía que su mayor problema era la moralidad de besar a su jefe casado. No tenía ni idea de que eso era solo el principio. Ella era la pieza que nos faltaba, y no me detendría hasta que estuviera completamente de rodillas, no solo ante mí, sino ante nosotros.