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Cayendo en su red: ¿Tercera en discordia?

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Blurb

En el mundo del derecho de alto nivel, la ambición suele ser el motor principal, pero para Ivy Harrison, la supervivencia lo era todo. Ivy, una estudiante brillante de diecinueve años, siempre se consideró invisible: una chica de trajes holgados y gafas que prefería los libros a las personas. Sin embargo, su vida da un giro irreversible cuando es seleccionada como la pupila personal de Maximiliano Vance, el abogado más temido y poderoso de la ciudad.Lo que Ivy no sabe es que Maximiliano no busca solo una mente brillante para su bufete. Él y su impecable esposa, Stephany Vance, han puesto sus ojos en ella para convertirla en la pieza faltante de su complejo y oscuro matrimonio.Entre contratos de exclusividad, lujos inimaginables y lecciones de seducción que desafían toda moral, Ivy deberá decidir si está dispuesta a perder su inocencia.Mucho contenido s****l y erótico.

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Capitulo 01
Ivy Harrison ​El mundo de los adultos siempre me ha parecido un traje que me queda tres tallas más grande. Mientras otras chicas de mi edad se preocupan por qué filtros usar en sus fotos o a qué fiesta ir el viernes por la noche, yo me paso las madrugadas memorizando el Código Civil bajo la luz amarillenta de una lámpara que parpadea. Siempre he sido la "niña" en habitaciones llenas de gigantes. La niña que saca notas perfectas, la niña que no da problemas, la niña que se esconde tras unas gafas de pasta negra para que nadie note que tiene miedo de no ser suficiente. ​Esa mañana, el miedo no era una sospecha; era una marea que me ahogaba. ​Caminaba por los pasillos de la facultad de Derecho con los libros apretados contra mi pecho, sintiendo el frío del mármol filtrarse por las suelas de mis zapatos desgastados. Cuando el decano Miller me mandó llamar a su oficina con carácter de urgencia, mi corazón se detuvo. Si perdía está beca Ivy Harrison dejaría de existir para convertirse en un fantasma que cobra facturas en una tienda de comestibles por el resto de su vida. ​Toqué la puerta del decanato. Mis nudillos se veían pálidos, casi traslúcidos. ​—Adelante, Ivy. Pasa, por favor —la voz del decano era inusualmente suave. ​Al entrar, me sentí más pequeña que nunca. Me senté en el borde de la silla de cuero, con la espalda rígida. El decano me miró por encima de sus anteojos y soltó un suspiro que me erizó los vellos de la nuca. ​—¿Hice algo malo, señor? —solté las palabras en un atropello de ansiedad. ​Él se rió entre dientes, pero no de forma burlona. ​—No es eso, Ivy. Al contrario. Tu expediente es... impecable. Tan impecable que ha llamado la atención de alguien que rara vez mira hacia abajo desde su pedestal. El bufete Vance & Associates ha solicitado un pupilo personal para el socio director. Maximiliano Vance quiere a alguien joven, con una mente brillante y, sobre todo, sin los vicios de otros abogados. Alguien que pueda ser formado desde cero y he postulado tu nombre. ​El nombre golpeó mis oídos como un trueno. Maximiliano Vance. El "Tiburón". El hombre que manejaba los hilos del poder en esta ciudad como si fueran piezas de ajedrez. No era solo un abogado; era una leyenda urbana de éxito y crueldad intelectual. ​—¿Él? ¿Quiere a alguien como yo? —mi voz sonó como un hilo de seda a punto de romperse. ​—Él quiere a la mejor y me parece que esa eres tú. Tienes una entrevista en dos horas. Ve a casa, cámbiate y asegúrate de estar a la altura, Ivy. Esta es la puerta que solo se abre una vez. ​Salí de la universidad con las piernas temblorosas. Corrí hacia la parada del autobús, sintiendo que el tiempo se me escapaba entre los dedos. Mi apartamento es una caja de zapatos en un cuarto piso sin ascensor. Una sola habitación donde la cama está a tres pasos de la estufa y el escritorio es el centro de mi universo. Es humilde, huele a café barato y a papel viejo, pero es mío. Es el único lugar donde no tengo que fingir que sé lo que estoy haciendo. ​Entré en pánico frente al pequeño armario. No tengo ropa de lujo. No tengo nada que grite "abogada de éxito". Saqué un traje n***o que compré hace dos años en una liquidación; la chaqueta me queda un poco holgada en los hombros, los pantalones son rectos, de una tela que pica un poco. Me puse una blusa blanca que abotoné hasta el cuello y mis únicos tacones negros, que me hacen sentir como si caminara sobre zancos. ​Me miré al espejo del baño. Mis ojos azules, enormes tras los cristales de mis gafas, delataban mi terror. Mi cabello n***o, largo y liso, caía por mi espalda como una mancha de tinta. Intenté cubrir con un poco de maquillaje las pecas que salpicaban mi nariz, esas que siempre me recordaban que seguía siendo una niña jugando a ser mayor. Inconscientemente, pasé la mano por mi pecho, donde las pecas también se escondían bajo la blusa, sintiendo el latido errático de mi corazón. ​—No eres una niña, Ivy. Eres inteligente. Eres capaz —me mentí a mí misma mientras cerraba la puerta con llave. Tomé un taxi para llegar más temprano, no quería llegar ni un segundo tarde, quería mostrar mi mejor yo, está era una gran oportunidad. ​El edificio de Vance & Associates era un monolito de cristal que parecía juzgarme desde las alturas. Al llegar a la recepción, me sentí como una hormiga en un palacio de espejos. Cuando me indicaron que subiera al piso de presidencia, el ascensor se movió tan rápido que sentí la presión en los oídos y un nudo en el estómago. ​Al abrirse las puertas, el lujo me abofeteó. El silencio era absoluto, roto solo por el murmullo lejano de una ciudad que parecía estar a sus pies. Al final del pasillo, frente a una puerta de madera oscura, la vi. ​Era Stephany Vance. ​La había visto en portadas de revistas, pero en persona era devastadora. Rubia, de una delgadez elegante y una piel tan blanca que parecía hecha de porcelana fina. Sonreía con una calidez que me desarmó por completo. Estaba del brazo de él, de Maximiliano. Verlos juntos era entender por qué el mundo les pertenecía. Él era una montaña de autoridad; vestía un traje gris marengo de tres piezas, perfectamente entallado, que no dejaba ver nada de su piel excepto sus manos grandes y su rostro de facciones duras.​ Me acerqué a ellos a pasos lentos casi temblando de miedo—Buenas tardes... Soy Ivy Harrison. Me enviaron de la universidad —dije, tratando de que mi voz no flaqueara. ​Maximiliano me miró. Sus ojos eran negros, profundos, dos pozos de oscuridad que parecían escanear cada átomo de mi ser. No parpadeaba. Sentí su mirada bajar por mi traje barato, detenerse en mis gafas y luego volver a mis ojos azules. Era una presencia física, una masa de gravedad que me atraía y me repelía al mismo tiempo. ​—Ah, la pequeña pupila —dijo Stephany, y su voz era como miel derretida—. Maximiliano, el decano tenía razón. Es una preciosidad. Tan... menuda. ​Él no sonrió. Su rostro era una máscara de profesionalismo gélido, pero pude notar cómo sus músculos se tensaban bajo la fina tela del traje cuando dio un paso hacia mí. Era alto, increíblemente alto comparado conmigo, y desprendía un aroma a sándalo y poder que me hizo marear. ​—Llegas a tiempo, Harrison. Eso es un buen comienzo —su voz era gruesa, varonil, una vibración que sentí en mi propio pecho, haciéndome vibrar por dentro de una manera que no supe comprender—. Stephany, nos vemos en la cena. Tengo mucho que evaluar aquí. ​—No seas demasiado duro con ella, Max. Es solo una niña —dijo Stephany, dedicándome una última mirada cargada de una energía extraña. ​Él me hizo una seña para que entrara en su oficina. El espacio era inmenso, con ventanales que daban a toda la metrópoli. Maximiliano se sentó tras su escritorio y me indicó que tomara asiento. ​—Siéntese Srita Harrison ​ Me senté, hundiendo mis manos en el regazo para que no viera mi temblor.​—Dime—comenzó, entrelazando sus dedos largos sobre el escritori—. ¿Por qué derecho? El decano dice que eres la mejor, pero quiero saber qué mueve a una chica de diecinueve años a encerrarse en una biblioteca mientras el resto del mundo se divierte, eres muy joven para estarte graduando ​—El conocimiento es lo único que nadie puede quitarte, señor Vance —respondí, encontrando por un segundo la fuerza para mirarlo a los ojos—. Vengo de un lugar donde el trabajo duro es la única moneda, y quiero ser yo quien decida mi valor, no otros. ​Él guardó silencio, observándome con una intensidad que me hacía sentir pequeña, diminuta bajo su escrutinio. ​—Interesante. Pero aquí el trabajo duro no es suficiente. Necesito lealtad. Necesito disponibilidad absoluta. Dime, ¿vives con tus padres? ¿Tienes algún novio que reclame tus noches? ​—No, señor. Vivo sola. Trabajo en una tienda por las tardes como cajera para pagar mis facturas. Mi tiempo es... es lo único que realmente poseo, y estoy dispuesta a entregarlo a este bufete. ​Maximiliano se inclinó hacia adelante. A pesar de su formalidad, su cuerpo emanaba una fuerza bruta, una masculinidad dominante que llenaba cada rincón de la habitación. Me sentí como si el aire se estuviera acabando. ​—A partir de mañana, ya no trabajarás en ninguna tienda —sentenció—. Serás mi pupila. Te daré un contrato con una remuneración que cubrirá tu apartamento, tus estudios y mucho más. A cambio, quiero tu enfoque total. Quiero que seas mi sombra. ¿Estás dispuesta a caer en mi red, Ivy? ​Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. La forma en que lo dijo, con esa voz profunda que parecía envolverme, me hizo asentir casi sin pensar. ​—Sí, señor Vance. ​—Bien. Mañana a las siete de la mañana. Sé puntual. Te enviaré el contrato con un mensajero esta noche. Ahora, vete. Tengo una reunión. ​Me levanté tan rápido que casi tropiezo con mis propios tacones. Salí de la oficina sintiendo su mirada clavada en mi espalda, como si fuera una marca de propiedad. Cuando llegué al ascensor y las puertas se cerraron, me apoyé contra la pared de metal frío. ​De repente, una oleada de calor me recorrió desde el vientre hasta las mejillas. Mi centro vibró, una sensación punzante y dulce que me hizo jadear. Al bajar la mirada, me di cuenta de que estaba temblando y que mis muslos se apretaban involuntariamente. Sentí una humedad cálida, una reacción de mi cuerpo que nunca antes había experimentado. Estaba avergonzada, aterrorizada. ¿Cómo podía reaccionar así ante un hombre que apenas conocía, ante mi jefe? Al salir del edificio camine hasta la parada de autobuses, el autobús me dejó a dos cuadras de la tienda en donde trabajaba. Al entrar, el olor a desinfectante y fruta pasada me golpeó, recordándome la realidad de mi vida. ​—George, renuncio —le dije a mi jefe ​—¿Te ganaste la lotería, Harrison? —se burló él mientras masticaba un chicle. ​—Algo así —respondí, aunque sentía que más que ganar, me acababa de perder en algo mucho más grande que yo. — Bien, su no te va tan bien, puedes regresar — Saco efectivo y me lo dió — Lo que llevabas de mes — Me hizo saber. — Gracias por todo — le agradecí mientras salía del lugar y caminaba hacia mi pequeño apartamento. George no había sido un mal jefe si contrario. ​al llegar a mi apartamento el silencio de mi habitación se sentía pesado. Me deshice de la ropa de "adulta", dejando que el traje n***o cayera al suelo. Me metí en la ducha, dejando que el agua caliente golpeara mi cuerpo pero al cerrar los ojos, solo estaba él. ​Maximiliano Vance. Su voz gruesa resonando en mi cabeza: "A partir de mañana, tu tiempo será mío". ​Imaginé sus ojos negros recorriéndome sin la blusa blanca. Imaginé sus manos grandes, esas manos que se veían tan fuertes sobre el escritorio, tocando mi piel menuda. Mi mano bajó de forma errática hacia mi entrepierna. Empecé a acariciarme, buscando aliviar esa tensión que me estaba volviendo loca. ​—Oh, Dios... —gemí, apretando los dientes. ​Nunca me había tocado con tanta urgencia. Nunca había sentido esta necesidad de ser reclamada. Mi mente traicionera imaginó a Maximiliano entrando en mi pequeño apartamento, llenándolo con su presencia dominante. ​Mis dedos se movieron desesperadamente contra mi clítoris, buscando el final de ese tormento. El orgasmo me golpeó de forma violenta, explosiva, haciéndome sollozar bajo el chorro de agua. Me quedé allí, temblando, con las manos apoyadas en los azulejos fríos, sintiéndome como una traidora a mi propia inocencia.​—Es solo tu jefe, Ivy... solo es tu jefe —susurré

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