Ivy Harrison
Cerré la puerta de mi apartamento con tres vueltas de llave, como si el metal pudiera mantener fuera el caos que acababa de colarse en mi sistema. Me apoyé contra la madera astillada, jadeando, con los pulmones ardiéndome como si hubiera corrido un maratón. El silencio de mi pequeña habitación, ese que antes me resultaba reconfortante, ahora se sentía como una burla. Todo estaba igual: mis libros apilados, la lámpara barata, el olor a café rancio... pero yo ya no era la misma chica que había salido de aquí esta mañana.
Mis manos temblaban tanto que la carpeta negra de piel se me resbaló y cayó al suelo con un golpe seco. Me quedé mirándola como si fuera una serpiente venenosa. "¿En qué me he metido?", susurré para la oscuridad. Mi centro palpitaba con una humedad persistente, una traición física que ignoraba por completo mis gritos internos de auxilio.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas, una percusión salvaje que no se detenía. Me pregunté, con un nudo en la garganta, si ellos estaban acostumbrados a esto. ¿Era Ivy Harrison solo la última de una fila de chicas brillantes y necesitadas? ¿O realmente había algo en mis ojos azules y mis pecas que había despertado a la bestia en ese matrimonio perfecto?
Yo solo iba por pasantías y ahora estaba aquí con un documento indecoroso en mis manos temblorosas.
Me senté en la orilla de mi cama estrecha y, con un suspiro tembloroso, abrí la carpeta.
Leí el anexo del contrato palabra por palabra, con la meticulosidad que solo una estudiante de derecho puede tener. Pero esta vez, las cláusulas no hablaban de leyes, sino de posesión.
"...Al finalizar el periodo de tres meses, la pupila recibirá la titularidad de un Penthouse en el distrito financiero, un vehículo del año de alta gama y una tarjeta de crédito corporativa de cupo ilimitado para gastos personales durante la vigencia del acuerdo..."
Mis ojos se abrieron desmesuradamente. Era una fortuna. Era la libertad financiera que mis me negaron al quitarme su apoyo, la seguridad que me permitiría estudiar sin contar cada centavo para el autobús. Pero había más. No era solo un contrato de "juguete s****l". El documento hablaba de una "adición al matrimonio". Prometían estabilidad, protección total ante cualquier amenaza legal o personal, y un lugar dentro de su círculo íntimo.
Tres meses. Solo noventa días para cambiar mi vida para siempre. O para destruirla.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Yo jamás había tenido sexo con nadie. Ni siquiera había tenido un novio formal; mi virginidad era un secreto que guardaba no por convicción moral, sino porque siempre estuve demasiado ocupada sobreviviendo. ¿Y ahora iba a entregarla no a uno, sino a ambos? Era una locura. Era una aberración legal y moral.
De repente, el silencio fue desgarrado por el tono de llamada de mi teléfono. El nombre en la pantalla hizo que se me detuviera la sangre: Maximiliano Vance. Me quedé mirando el aparato durante cinco timbrazos, debatiéndome entre el pánico y una curiosidad oscura. Finalmente, contesté.
—¿Sí? —traté de sonar profesional, pero mi voz me traicionó, saliendo pequeña y quebrada.
—¿Ya leyó el contrato, Harrison? —la voz de Maximiliano llegó como un trueno aterciopelado.p Podía imaginarlo sentado en su biblioteca, con un vaso de whisky en la mano y esa mirada negra capaz de desnudarme a través de la línea.
—Sí... —susurré, apretando el papel contra mi pecho.
—¿Y bien? ¿Qué piensa de nuestra oferta?
—Señor Vance... yo... yo no puedo hacer esto —dije, cerrando los ojos con fuerza. Las lágrimas empezaron a agolparse bajo mis párpados—. Es una locura. Ustedes están casados, son mis jefes... yo no soy ese tipo de chica.
—¿No? —escuché una nota de diversión sensual en su tono—. Es evidente que no tiene problemas con besar a Stephany, Harrison. Noté cómo le temblaban las piernas cuando ella la tocó. Así que no me diga que no le llama la atención. No es solo por el dinero, Ivy. Es por nosotros.
—No es lo mismo un beso que... que lo que dice este papel —repliqué, sintiendo un calor abrasador subir por mis mejillas.
—Será mucho más que eso —su voz bajó de octava, volviéndose una vibración que sentí directamente en mi vientre—. Imagine ser poseída por los dos. Imagine el peso de mi cuerpo y la suavidad de Stephany reclamándola al mismo tiempo. Nadie volverá a mirarla como a una niña después de que nosotros terminemos con usted. Será nuestra. Protegida por nosotros, amada por nosotros... y desgarrada por nosotros.
Solté un gemido ahogado. Estaba temblando, imaginándome en esa cama inmensa, siendo el centro de su universo oscuro. Mi imaginación voló hacia sus manos tatuadas recorriendo mi piel blanca, mientras los labios de Stephany buscaban mis pecas.
—Yo... yo soy virgen —admití en un susurro casi inaudible, muerta de vergüenza—. Nunca he estado con nadie.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Entonces, escuché una voz femenina, melodiosa y cargada de una excitación contenida.
—Eso es aún mejor, Ivy —era Stephany. Estaba escuchando—. Que seas nuestra primera experiencia compartida y que nosotros seamos tu primera vez... es poético. Es perfecto.
Sentí que el aire se me escapaba. Estaban juntos, conspirando contra mi cordura.—Ivy, escucha —ordenó Stephany con un tono de autoridad que no admitía réplicas—. Quiero que regreses a la mansión. Ahora mismo. Pero antes de cruzar esa puerta, quiero que firmes ese contrato. No queremos dudas una vez que entres en nuestra habitación.
—Tienes una hora para llegar, Harrison —añadió Maximiliano, recuperando su frialdad de tiburón—. Si no apareces, asumiremos que no lo deseas y mañana volverás a ser simplemente la pupila de la oficina. Sin lujos, sin protecciones especiales, sin nosotros. Tú decides.
Cerraron la llamada antes de que pudiera responder.
El pitido final sonó como una sentencia de muerte en mi habitación vacía. Me quedé allí, sentada en mi cama, mirando el bolígrafo barato que tenía sobre la mesa de noche. Siempre había centrado mi vida en estudiar. En ser la mejor para huir de la mediocridad. Pero la mediocridad me estaba pisando los talones y la oportunidad que tenía en las manos era un salto al vacío hacia un futuro que nunca soñé.
—Solo tres meses —susurré para las paredes desnudas.
Tomé el bolígrafo. Mi mano no dejaba de temblar, pero cuando la punta tocó el papel, algo cambió. Sentí una descarga de adrenalina que me nubló el juicio. Firmé con el corazón en la garganta, mi nombre, "Ivy Harrison", enlazado a los de ellos de forma permanente en esa cláusula de perdición. Al terminar, me di cuenta de que mi centro estaba completamente húmedo, empapando mi ropa interior. Mi cuerpo ya había tomado la decisión mucho antes que mi mente.
Salí del apartamento con el contrato firmado en el bolso, sintiendo que cada paso que daba me alejaba más de la niña que solía ser. Bajé a la calle y paré el primer taxi que vi.
Durante el trayecto, vi mi reflejo en la ventanilla. La chica de las gafas y el traje ancho había muerto. En su lugar, había una joven de diecinueve años con los labios pintados de rojo, el cabello n***o suelto sobre sus hombros y el secreto de una entrega total ardiendo en sus ojos.
Llegué a la mansión en cuarenta minutos. Los portones se abrieron para mí como si me reconocieran. Al bajar del taxi, el viento nocturno sopló contra mi vestido, recordándome que no llevaba nada para protegerme, que estaba entregándome por completo.
Caminé hacia la entrada principal. Mis tacones repiqueteaban contra el mármol, un sonido que marcaba la cuenta regresiva de mi inocencia. Toqué la puerta. Se abrió casi de inmediato. Maximiliano estaba allí, impecable en su camisa blanca, con una expresión de triunfo que me hizo flaquear las piernas. Detrás de él, Stephany, con su bata de seda perla entreabierta, sonreía con una dulzura depredadora.
—Llegas a tiempo, Ivy —dijo él, extendiendo una mano hacia mí.
Saqué el contrato de mi bolso y se lo entregué. Su mano tatuada rozó la mía al tomarlo. Vio mi firma al final del documento y se lo pasó a Stephany, quien soltó una risita de satisfacción.
—Bienvenida a la familia, pequeña —susurró ella, acercándose para darme un beso en la mejilla que me quemó la piel.
Maximiliano cerró la puerta tras de mí y echó el cerrojo. El sonido metálico resonó en el vestíbulo vacío, sellando mi destino. Me tomó del brazo y empezó a guiarme hacia las escaleras, hacia el segundo piso donde las luces estaban tenues y el aroma a sándalo y jazmín era embriagador.
—Tengo miedo —admití, mi voz apenas un susurro mientras subíamos los peldaños.
—Lo sé —respondió Maximiliano, deteniéndose frente a la puerta de su habitación principal—. Pero el miedo es solo la antesala del placer más puro que vas a conocer.
Stephany se colocó a mi otro lado, tomando mi mano y entrelanzando sus dedos largos con los míos. Entramos en la habitación. Era inmensa, con una cama de postes de madera oscura cubierta con sábanas de seda negra. Había velas encendidas, proyectando sombras largas y sinuosas sobre las paredes. Maximiliano se situó frente a mí y empezó a desabotonar lentamente lo que quedaba de su camisa. Por primera vez, vi sus tatuajes en todo su esplendor: dragones y sombras que se enroscaban en sus pectorales y bajaban por su vientre plano. Stephany se deslizó detrás de mí, desatando el nudo de su bata y dejando que cayera al suelo, revelando un cuerpo de diosa que me dejó sin aliento.—Es hora de empezar tu verdadera educación, Ivy —dijo Maximiliano, su mirada negra fija en mis ojos azules.
Sentí sus manos sobre mis hombros, bajando lentamente los tirantes de mi vestido azul. La seda cayó a mis pies, dejándome completamente desnuda bajo la mirada de los dos. El frío de la habitación me hizo estremecer, pero el calor que irradiaban ellos me mantenía en pie. Estaba allí, virgen, asustada y vibrante, a punto de ser devorada por los lobos que yo misma había elegido.