Capítulo 2: El Peso del Adiós
Ale cerró la puerta del dormitorio con la sensación de que el aire se había vuelto denso, casi irrespirable. La escena que acababa de vivir con Bea seguía retumbando en su mente como un eco interminable. Sentía que todo lo que había construido con ella se desmoronaba, que cada promesa rota lo había llevado a este momento.
En la cama, su bolso estaba listo, colocado cuidadosamente sobre las sábanas. Bea lo había preparado con el mismo esmero con el que solía plancharle las camisas antes de ir al trabajo. Pero esta vez no era para un viaje de negocios ni para una estadía temporal. Esta vez era el final.
Un suspiro pesado escapó de sus labios mientras pasaba la mano por su rostro. Sabía que cada palabra de Bea había sido cierta. No podía engañarse más. Siempre había tenido razón, pero hasta ahora no lo entendía del todo. No se trataba solo de la comida, del ejercicio que nunca hacía, de las pastillas que tomaba tarde o a veces olvidaba por completo. Era más profundo que eso.
Era su incapacidad de cambiar.
Había algo dentro de él que lo arrastraba una y otra vez a repetir patrones dañinos, aunque supiera que estaban acabando con él. Y lo peor no era eso. Lo peor era que también estaban destrozando a su familia.
Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el peso de la culpa aplastándolo. Recordó su infancia, los años difíciles en los que comer hasta saciarse era un lujo que pocas veces podía darse. Creció aprendiendo a soportar el hambre, a trabajar incansablemente para ayudar a su madre, a luchar para salir adelante como pudiera. En su mente, la comida nunca había sido un enemigo, sino un consuelo, un refugio para el niño que vendía diarios en el pueblo bajo el sol abrasador.
Pero ese "consuelo" ahora era una cadena que lo estaba llevando al abismo.
Su padre había sido una figura ausente, alguien que prefirió abandonar a su familia para criar hijos ajenos. Ale había jurado que nunca sería así, que siempre estaría presente para sus hijos, que jamás los dejaría enfrentar la soledad que él conoció de niño. Pero ahora, mientras bajaba las escaleras con el bolso colgando de su hombro, sintió que estaba fallando en su promesa.
El silencio en la casa era ensordecedor, roto solo por los sollozos ahogados de Bea en el dormitorio.
Ella lloraba por él.
Por lo que había sido. Por lo que ya no era. Por lo que nunca pudo ser.
Apretó la mandíbula y cruzó el pasillo con paso pesado. Al llegar a la sala, sus hijos lo esperaban. Daniel estaba de pie, con el rostro tenso, tratando de contener las lágrimas. Sus hijas mayores lo observaban desde la cocina, con los brazos cruzados. No había enojo en sus ojos, pero sí algo peor: resignación.
Sabían que este momento llegaría.
Bea se los había advertido durante años.
—Papá… —susurró Daniel, con la voz entrecortada.
Ale tragó saliva con dificultad. Su hijo apenas tenía 16 años, pero en ese momento parecía un hombre hecho y derecho, con el peso de la tristeza marcándole los rasgos.
Él no merecía esto.
Ninguno de ellos lo merecía.
Ale dejó el bolso en el suelo y se acercó a su hijo, tomándolo entre sus brazos con fuerza.
—Perdónenme, chicos. De verdad lo siento —murmuró con un nudo en la garganta—. Prometo que voy a cambiar. Prometo que voy a mejorar, pero ahora… necesito que cuiden a su mamá. Ella los necesita más que nunca.
Los abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera reparar el daño que había causado. Sus hijas no dijeron nada, pero cuando levantó la vista, pudo ver el brillo de las lágrimas en sus ojos.
Tomó el bolso del suelo, abrió la puerta principal y salió al aire fresco de la noche.
El viento frío golpeó su rostro, haciéndole notar cuán caliente estaba su piel. O tal vez era el ardor interno de la vergüenza, del fracaso, de la culpa.
Cada paso hacia el auto se sentía como un clavo más en el ataúd de su matrimonio.
Subió al vehículo, cerró la puerta y se quedó sentado un instante con las manos en el volante. Miró la casa por última vez, sintiendo el peso de los recuerdos cayendo sobre él como una avalancha.
Aquí habían crecido sus hijos.
Aquí había reído con Bea hasta que les dolía el estómago.
Aquí, en estas paredes, quedaban los ecos de los "te amo", de los besos robados en la cocina, de las noches en vela esperando a que sus hijos llegaran a casa sanos y salvos.
Aquí estaba su vida.
Pero él ya no pertenecía a este lugar.
Encendió el motor, pero no arrancó de inmediato.
Su mente estaba en caos.
Pensaba en Bea, en todo lo que habían construido juntos, en lo que estaba perdiendo.
Ella tenía razón en todo.
No era falta de amor, sino su incapacidad de demostrarlo cuidándose.
El médico había sido claro después del infarto.
"Si no cambias tu estilo de vida, no llegarás a los 50."
Y, sin embargo, había seguido cometiendo los mismos errores.
Cada comida que no debía.
Cada noche de inactividad frente al televisor.
Cada pastilla olvidada.
Todo eso lo había traído hasta este momento.
Se preguntó cómo había llegado tan lejos en su irresponsabilidad.
¿Por qué no podía detenerse?
¿Por qué, incluso sabiendo que cada error era un paso más hacia el precipicio, seguía caminando en esa dirección?
No tenía respuestas.
Solo un profundo sentimiento de culpa y vergüenza.
Pensó en sus nietos, en el que estaba por nacer.
Quería ser un abuelo presente.
No quería ser el hombre enfermo que necesitara cuidados constantes, ni el que dejara a su familia antes de tiempo.
Quería vivir.
Pero parecía incapaz de tomar las decisiones correctas para hacerlo.
Apretó los dientes con rabia.
¿Qué demonios estaba haciendo con su vida?
Arrancó el auto y comenzó a conducir sin rumbo fijo.
La ciudad se extendía frente a él como un lugar extraño, aunque había vivido allí por años.
Necesitaba un lugar para quedarse, un espacio donde pudiera reflexionar, pero lo único que quería era regresar a casa.
No podía hacerlo.
Bea necesitaba que él demostrara, de una vez por todas, que podía cambiar.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras conducía.
El peso del adiós era insoportable.
Había perdido el partido más importante de su vida.
Pero en su interior, algo comenzaba a encenderse.
Tal vez, después de tocar fondo, finalmente encontraría la fuerza para levantarse.
-Perdoname Bea ,perdóname por no ser el hombre del que te enamoraste .Ale siguió conduciendo, con la mirada perdida en la carretera. El sonido del motor se mezclaba con sus pensamientos, con la culpa que lo carcomía por dentro.
La imagen de Bea llorando en la habitación se repetía en su cabeza. Su dolor, su agotamiento… No era solo tristeza, era una mujer que había llegado al límite.
Cerró los ojos por un momento y apretó el volante con fuerza.
Él la había llevado hasta ese punto.
Él había convertido su amor en sufrimiento.
Respiró hondo.
No podía permitir que todo terminara así.
Si había una mínima posibilidad de recuperar a Bea, la tomaría.
Si aún quedaba un resquicio de esperanza, lucharía por ella.
Porque al final del día, Ale no solo quería vivir.
Quería vivir con ella.
Aceleró un poco, sintiendo el latido de una nueva determinación nacer dentro de él.
Era ahora o nunca.
Miró el horizonte, sintiendo que la noche lo envolvía.
La oscuridad era densa, pero en el fondo, entre las luces de la ciudad, podía vislumbrar una chispa.
Tal vez no todo estaba perdido.
Tal vez aún había tiempo para cambiar.
Tal vez, … Bea no lo había abandonado del todo.