Las grietas del alma El sonido de los monitores era constante. Un pitido regular que marcaba el ritmo del corazón de Ale, como si quisiera recordarle que seguía vivo, pero ¿a qué costo? La luz fría del hospital lo envolvía, y el olor a desinfectante le resultaba insoportablemente familiar. Todo esto lo había vivido antes, pero esta vez era diferente. Esta vez, la sensación de derrota era más fuerte. Despertó con el cuerpo entumecido, la piel pegajosa de sudor frío y una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con su estado físico. Sabía que había fallado otra vez. Sus dedos se movieron con torpeza sobre la sábana hasta que sintió algo cálido y suave: el cabello de Bea. Ella estaba allí, con la cabeza apoyada en su mano, su cuerpo encorvado en la silla de hospital, completamente a

