La primera incomodidad de Ale Ale revisaba unos documentos en la mesa del comedor cuando el timbre de su puerta lo sacó de su concentración. Miró el reloj: eran las siete y media. No esperaba visitas, pero al abrir se encontró nuevamente con Carla, esta vez con una sonrisa más amplia y una bolsa en la mano. —Hola, Ale. Perdón por caer de sorpresa otra vez —dijo, su tono ligero pero con cierta familiaridad que empezaba a sentirse invasiva. Ale suspiró internamente, aunque intentó mantener una expresión neutral. —Carla, ¿todo bien? —Todo bien, solo quería dejarte esto. Es un vino que me recomendaron y pensé que te gustaría. Sé que estás cuidándote, pero este es bajo en calorías, ideal para una ocasión especial. Ale tomó la bolsa con una leve sonrisa, aunque en su interior la incomodidad

