4 El Peso del silencio

1029 Words
Capítulo El Peso del Silencio La primera noche lejos de Bea fue un castigo que Ale nunca anticipó. El cuarto de hotel, aunque cómodo, se sentía más frío y vacío que cualquier lugar en el que hubiera estado antes. Las paredes eran ajenas, la cama extraña y el silencio, lejos de ser un refugio, amplificada cada pensamiento, cada recuerdo, convirtiendo su mente en un tribunal donde se juzgaba a sí mismo sin descanso. Intentó cerrar los ojos, pero el sueño lo evitaba, como si también le reclamara sus errores. No era solo la incomodidad de una cama que no era la suya. Era el vacío. Un abismo oscuro que se extendía en su interior, sin Bea, sin sus hijas, sin los sonidos familiares de su hogar. No estaban a kilómetros de distancia, sino atrapadas en sus pensamientos, recordándole cada instante que había dejado escapar por negligencia o egoísmo. Ale se revolvió entre las sábanas, buscando una posición que lo ayudara a acallar su conciencia. Pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Bea lo perseguía. Su sonrisa cálida. Su mirada firme, que siempre combinaba amor y reproche. Una mirada que ahora entendía como una súplica que él había ignorado por demasiado tiempo. El amor no solo se siente, se demuestra. Cuántas veces Bea le había dicho esas palabras. Cuántas veces las había escuchado sin realmente entenderlas. Un recuerdo que pesa El insomnio lo llevó a un recuerdo particularmente doloroso: un domingo soleado en casa. Gonzalo, su yerno, estaba en el patio, como siempre, asando carne con esa alegría contagiosa que llenaba el ambiente. Analía y Melany ayudaban a preparar la ensalada, riendo entre ellas mientras discutían sobre la sal. Bea, siempre práctica, observaba desde la distancia, supervisando con discreción y disfrutando del momento. Era un día perfecto. Uno de esos momentos que hacen que la vida valga la pena. Y él… él lo arruinó. En lugar de estar con ellos, se encerró en su oficina. Una pila de documentos lo esperaba, aunque podían haber esperado al lunes. Bea pasó por la puerta entreabierta y lo miró con esa mezcla de amor y preocupación que ahora comprendía mejor. —Podrías bajar un rato. Gonzalo trajo un vino que seguro te gustaría. Ale negó con la cabeza, sin levantar la vista de los papeles. —Estoy ocupado. Luego bajo. Ese "luego" nunca llegó. Ahora, tumbado en esa cama desconocida, comprendía lo que realmente significaba ese momento. Había elegido su trabajo sobre su familia. Había ignorado las oportunidades de compartir, de construir recuerdos, de demostrar que estaba presente. Había perdido momentos que nunca regresarían. Momentos que, en ese instante, darían cualquier cosa por recuperar. El amanecer de una promesa El reloj marcaba las tres de la madrugada y Ale seguía despierto. Se levantó inquieto y caminó por la habitación. Pensó en su salud, en las veces que Bea y las chicas le insistían para que saliera a caminar con ellas. —Solo un rato, papá. No es mucho —le decían sus hijas, casi rogando. Pero siempre tenía una respuesta lista: "Estoy cansado", "No me gusta", "Tengo cosas pendientes". Ahora, esas excusas le sonaban absurdas. Bea intentó cuidarlo, intentó que él mismo se cuidara, pero él no lo permitió. Cuando el amanecer comenzó a iluminar el cuarto, Ale tomó una decisión. Se levantó, se duchó con agua fría y se paró frente al espejo empañado. El rostro que le devolvía la mirada era extraño. Un hombre cansado, con arrugas marcadas, ojeras profundas y el peso de los años reflejado en sus ojos. —El Ale de antes se acabó —se dijo en voz baja. Era una promesa. Bajó al restaurante del hotel para desayunar. Eligió frutas y avena, algo ligero, diferente a sus costumbres habituales. No era solo una cuestión de comida; era un símbolo de su intención de cambiar. Sabía que los cambios no eran inmediatos, pero ese pequeño gesto era un primer paso. Un apoyo inesperado En el trabajo, encontró a Gonzalo y Fernando esperándolo. Sus rostros eran serios, pero Ale notó algo más: preocupación genuina. Durante el día, mientras discutían los temas laborales, sintió su apoyo silencioso. Ellos, a pesar de todo, seguían ahí. Cuando terminaron la jornada, Gonzalo se acercó con una idea inesperada. —¿Por qué no vamos al parque un rato? Hace años que no hacemos algo así. Ale, sorprendido, aceptó sin pensarlo demasiado. Llegaron a un parque cercano y comenzaron a caminar. Al principio, sus pasos eran pesados, torpes, como si su cuerpo resistiera el cambio tanto como su mente. Pero pronto, algo cambió. Mientras caminaban, Ale recordó las veces que Gonzalo lo invitó a probar la carne recién hecha o cuando Fernando buscaba su consejo en temas del trabajo. Había ignorado tantos momentos, tantas oportunidades de conectar con ellos, de ser más que el "papá ausente". Miró al cielo. La noche estaba despejada, y las estrellas brillaban con una intensidad que le devolvió algo de esperanza. Pensó en Bea. En cómo ella cantaba por la casa. En su risa. En su paciencia infinita. Bea nunca se cansó de intentarlo. Pero él sí se cansó de fallarle. El hábito de la cena lo iba a dejar atrás! Cuando regresó al hotel, sintió un hambre diferente. No el hambre ansiosa que antes lo llevaba a comer en exceso, sino una sensación de satisfacción tranquila. Bajó al restaurante y miró el menú. Por primera vez en mucho tiempo, pensé antes de elegir. Pidió una ensalada de pollo con aderezo ligero y un té. No había frituras, no había pan. Era simple, pero suficiente. Cada bocado le supo diferente. Disfrutó comer sano. Descubrió que no era tan malo, que podía sentirse satisfecho sin necesidad de atiborrarse de comida pesada. Recordó la insistencia de Bea, las veces que le pedía que cuidara su alimentación. No lo hizo entonces. Pero lo estaba haciendo ahora. Y aunque no tenía a Bea a su lado, en cierta forma, sentía que ella estaba allí. Con cada decisión que tomaba, con cada paso en la dirección correcta, la sentía cerca. No podía cambiar el pasado. Pero aún tenía un futuro por construir. Y esta vez, no pensaba desperdiciarlo.
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