VIVIANA
El amanecer entró por las rendijas del rancho como un cuchillo de luz. Viviana, con los ojos hinchados de tanto llorar la noche anterior, se levantó con la determinación de que ese día debían trabajar para seguir adelante. Sacudió suavemente del hombro a Juan, mientras la niña aún dormía con la boca abierta y un mechón rebelde sobre la frente.
—Juan, levántese… ya es hora de ir a vender los helados.
—Ah, yo no voy —respondió él, con voz pastosa, como si las palabras se le pegaran en la lengua.
—¿Cómo que no va? —Viviana frunció el ceño, con esa mezcla de rabia y ternura que solo ella sabía sostener.
—No voy porque no pienso seguir explotado por Tobón. Ese hombre se está gastando mi vida para llenarse los bolsillos. Yo no nací para hacerle plata a otro.
Viviana lo miró con incredulidad. El aire del rancho se volvió pesado, como si las paredes de lata escucharan y se burlaran.
—¿Explotado? —repitió ella, con ironía—. ¿Y entonces qué? ¿Nos vamos a morir de hambre esperando que le caiga un trabajo del cielo?
Juan se incorporó, rascándose la cabeza como siempre, y soltó una carcajada amarga.
—No, Viviana. Yo ya decidí. Por allá no vuelvo.
Ella lo observó con ojos de fuego.
—¿Y el dinero de diario? —preguntó, con la voz quebrada.
Juan bajó la mirada.
—Ese dinero… pues… ya no está.
Viviana sintió que el piso se le movía.
—¿Cómo que no está? —gritó, con la niña aún dormida detrás.
—Me lo gasté —dijo él, con un hilo de voz.
—¿En qué? —preguntó ella, aunque ya lo sabía.
—En licor. Y más… —Juan se frotó las manos nervioso—. También empeñé la nevera portátil y cambié los helados que quedaban por botellas de vino.
Viviana se quedó helada, como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.
—¡Juan! ¿Cómo pudo hacer eso? ¡Era nuestro trabajo, nuestra esperanza! ¿Con qué cara volveremos a donde Tobón? Usted es un descarado y cínico pedazo de chatarra.
Él levantó la voz, con un tono de defensa desesperada:
—¡Usted no tiene derecho a decirme nada! Varia gente me comentó que la vieron con Jon. Yo la busqué por todo lado y no la hallé; vine a buscarla aquí y no encontré su ropa ni la de la niña. ¿Qué quería que pensara?
Viviana se quedó muda.
—Yo… yo solo hablé con Jon —balbuceó.
Juan la miró con ojos rojos, llenos de rabia y tristeza.
—¡Mentira! Deja de mentir, es que yo mismo los vi besándose.
Ella se puso roja, como si la sangre le explotara en las mejillas.
—Eso fue un error… Jon me engañó, me pintó pajaritos en el aire y me dejó plantada. No llegó a la cita, yo me desmayé y una ambulancia me recogió. —Viviana habló enredado por el llanto y el miedo que se le amarraban en la garganta.
Juan se quedó quieto, como si las palabras lo hubieran golpeado.
—¿Y qué pasó? —preguntó, con voz más baja.
—Me revisaron… y descubrieron que estoy embarazada.
El silencio se hizo tan grande que hasta los gallos del barrio dejaron de cantar. Juan abrió los ojos como platos.
—¿Embarazada? —repitió, con un temblor en la voz.
—Sí.
Él sonrió, incrédulo, como un niño que recibe un regalo inesperado.
—Entonces… ¿Es mi hijo?
Viviana lo miró con dureza.
—Por supuesto que es suyo.
Pero Juan dudó.
—¿Y si no? ¿Y si es de Jon? ¿Usted se iba a vivir con él?
Viviana se levantó de golpe, con lágrimas en los ojos.
—¡No me ofenda! ¡Es suyo! Pero me molesta que usted sea un borracho; por eso me iba con Jon a un trabajo de empleada interna, nada de salir de un hombre a otro, es como salir de Guatemala para Guatepeor.
Juan bajó la cabeza, avergonzado.
—Pues por ese bebé voy a cambiar. Voy a ser un hombre nuevo, se lo prometo, se lo juro.
Ella lo miró con escepticismo.
—¿Y cómo piensa hacerlo?
—Voy a trabajar por cuenta propia. Voy a montar una venta ambulante de almuerzos; lo he estado pensando todo este tiempo. Voy a ofrecer una opción más económica para los empleados de las empresas; a esa gente le toca dejar la mitad del sueldo a los restaurantes finos del parque.
Viviana lo observó, dudando, pero al final asintió.
—Hágalo, suena muy bien. Sin embargo, no me falle, por favor, deje de ser un borracho. Yo me voy a trabajar y le voy a decir a Tobón que… algo le digo. —Viviana se llevó a la niña donde la cuidadora y se marchó a laborar.
Al día siguiente, Juan sorprendió a todos apareciendo con una carreta improvisada, llena de ollas prestadas y arroz humeante. El olor a guiso se mezclaba con el ruido de los buses y los gritos de los vendedores.
—¡Almuerzos caseros, baratos y sabrosos! —gritaba, con voz ronca.
Viviana, mientras tanto, seguía con sus helados en el parque. Entre ambos lograban juntar unas monedas que, aunque pocas, daban esperanza.
Durante un mes, Juan cumplió su promesa. No bebió. Se levantaba temprano, cocinaba, vendía y regresaba con dinero. Viviana lo miraba con una mezcla de orgullo y desconfianza.
—¿Ve? —decía él, con una sonrisa—. Estoy cambiando por ustedes, jajaja.
Ella respondía con un gesto de aprobación, aunque en el fondo temía que todo fuera un espejismo.
Un día, Juan no apareció en el puesto de almuerzos. Viviana, preocupada, dejó la venta; los celos la cegaron y se dirigió al sitio en donde su hermana vendía los helados y la miró de lejos que se besaba con un hombre. Se dirigió corriendo mientras se arremangaba la camisa del uniforme y, cuando se acercó, Lucía abrió los ojos, dejó de besar al hombre y dijo: —Hola, hermanita, ¿cómo está? ¿Esto no es lo que usted cree?
Viviana, furiosa, le giró la cabeza al hombre y con una helada sorpresa descubrió que no se trataba de Juan, aunque tampoco de Chambursi.
—Viviana, yo le puedo explicar, es que se me metió una mugre en el ojo. —El hombre se disculpaba mientras se limpiaba el lápiz labial del rostro.
—Tranquilo, don Tobón, eso es cosa de ustedes, yo ni sepo ni sapa. —Y Viviana se marchó a continuar buscando a Juan, recorrió las cantinas, las cuadras de vicios y, al final, cansada, mejor decidió marcharse para la casa.
Viviana, con el corazón en la garganta, llegó al barrio y corrió a recoger a la niña. La señora que la cuidaba le dijo:
—Tranquila, su esposo ya la recogió.
Viviana sintió un golpe en el pecho. Corrió al rancho, pensando lo peor; mil películas de terror se le pasaban por la mente y estuvo a punto de ser atropellada por un motociclista.
Al llegar, abrió la puerta y se quedó paralizada.
Juan dormía en el suelo, con la niña encima, una pierna pequeña sobre su pecho. Ambos respiraban al mismo ritmo, como si fueran un solo corazón.
Viviana se acercó, con lágrimas en los ojos. Vio que la niña tenía puesta una ropa nueva, brillante, con flores bordadas. Y a un lado de la cama había una cuna nueva, de madera sencilla pero firme.
Se llevó las manos a la boca, sorprendida.
—Juan… —susurró.
Él abrió los ojos, somnoliento, y la miró con ternura.
—Te estoy cumpliendo, mi amor, jajaja.
Viviana se quedó en silencio, con el alma hecha un nudo.
El rancho se llenó de un aire distinto. La niña sonrió en sueños, y Viviana sintió que, a pesar de todo, había una chispa de esperanza. Juan, con la mirada cansada, parecía un hombre derrotado pero dispuesto a levantarse.
Ella se sentó junto a él, acarició la cabeza de la niña y murmuró:
—Tal vez… tal vez aún podemos ser una familia feliz.
Juan asintió, con lágrimas en los ojos.
—Por ti, por ella, por el bebé… voy a hacer hasta lo imposible para darles las mejores cosas.
Viviana lo miró, con una mezcla de amor y desconfianza, y pensó que la vida era como vender helados en un parque: dulce y amarga al mismo tiempo, pero siempre con la posibilidad de refrescar el alma.
Después supo que había creído en la palabra del mercader de humo más borracho del mundo, cuyas promesas eran como los helados en verano, que si no se los comen rápido, se evaporan.