17; LLENO Y DESOCUPADO

1342 Words
VIVIANA Los días empezaron a pasar con una mezcla curiosa de calma y angustia. Por las mañanas, Viviana se levantaba con la ilusión de que Juan consiguiera un trabajo estable, pero al llegar la noche, también él llegaba con la misma cara larga y la cabeza entre los hombros. —¿Cómo le fue? —preguntaba ella, con la niña en brazos. —Nada, que no me quieren, que no tengo experiencia certificada, que ellos me llaman, que no los llame —respondía él, rascándose la cabeza, como si la vergüenza se le escondiera en el cuero cabelludo. Al final, no hubo más remedio que aceptar lo de los helados. Y con el rabo entre las piernas fue a rogarle a Chambursi que los ayudara. —Por supuesto, el patrón necesita gente, vamos ya, yo voy para allá. —Chambursi, a pesar de todo, no dudó en ayudarles. —¿Y yo también puedo ir? —Viviana también quería ayudar en la economía del hogar. —Por supuesto, incluso las mujeres venden más que nosotros los hombres. Lucía vende más que yo; vamos, que de una nos dejan trabajando. —Mejor vamos mañana. —Juan recordó que ya tenía planeado todo el día, la agenda llena, acostado en la cama. —Déjese de estupideces. Espere, yo dejo a la niña con la vecina que cuida niños y nos vamos. —Viviana empezó a ver la vida desde otro enfoque, uno más responsable y maduro. Cogieron un bus en el que atravesaron la ciudad y, después de hora y media, llegaron a donde el jefe Tobón, un hombre de bigote grueso y voz ronca. Les explicó el negocio en pocas palabras: —Yo les doy los helados, ustedes los venden a doscientos pesos, me entregan cien y se quedan con cien. Fácil. Pero ojo: nada de desfalcarse; les entrego todo inventariado y no les hago préstamos ni adelantos, tampoco los acepto borrachos o trabados. Viviana apretó la mano de Juan como quien aprieta una rienda. —¿Oyó, Juan? Nada de cerveza. —Sí, sí, tranquila —contestaba él, con esa sonrisa que nunca convencía del todo. Los ubico en el Parque de Lourdes y, entre árboles y bancas, los niños corrían y las madres buscaban sombra. Viviana ofrecía helados con voz dulce: —¡Helados fríos, helados dulces, para refrescar el alma! Los niños la rodeaban, y ella sentía que, al menos por un instante, la vida tenía un sabor menos amargo. Juan, en cambio, se distraía mirando las botellas de cerveza en las tiendas cercanas. —Juan, no se me vaya a perder —le advertía ella—. Acuérdese de que estamos ahorrando para comprar una cuna. Pero además de vigilar que no se gastara el dinero, Viviana también debía cuidar que no se acercara demasiado a su hermana Lucía. Esa sombra seguía rondando, y ella no quería sorpresas. Un mediodía, mientras acomodaba los helados en la nevera portátil, escuchó una voz que le heló la sangre. —Viviana… ¿Eres tú? Se volteó y allí estaba Jon, elegante, con camisa blanca impecable y un reloj brillante. —Jon… —susurró, con el corazón golpeando como tambor. —No puedo creerlo. Vivianita, ven, almorcemos juntos. Te invito a lo que quieras. Ella dudó, pero la insistencia de Jon fue como un hechizo. En el restaurante, él la trató como una reina: pidió el mejor plato, le sirvió vino, le habló con ternura, intentando hacerla sonreír hasta que reunió agallas para decirle lo que había pensado todo el tiempo que no la había visto. —Viviana, ahora sí tengo el valor. Me voy a independizar de mi madre. Tengo ahorros, tengo todo cuadrado. Quiero vivir contigo. Eso fue lo que debí hacer desde un principio. Ella lo miró con ojos brillantes. —¿De verdad? —Sí. Hoy mismo podemos empezar. Tengo un apartamento que un amigo me prestó; ahí viviremos mientras tanto. Hagamos una cosa: yo te recojo en el puente del río que queda a la entrada de Ciudad Bolívar, sobre la avenida Boyacá, a las cinco de la tarde. —No, eso no puede ser, ya sabes que estoy con Juan… es una locura. —Ambos sabemos que él no te conviene y que no lo quieres. —¿Y también supones que te quiero a ti? —No sé, me lo imagino, ¿estoy mal? —No, la que está mal soy yo, es que no sé qué decirte. Además, sabes, recuerda que tengo una niña y es que ya estuve varias veces con Juan y es que… —Eso no importa, ya lo olvidaremos. En cuanto a su hija, pues yo a ella la criaré como mi hija; por favor, no coloques más trabas, solo hazlo. Yo estaré esperando; esperaré hasta las seis y, si no viene, comprenderé que he sido un idiota que estaba viviendo de ilusiones e imaginaciones. —Es que no sé, todo es tan rápido. —No me digas nada, déjate guiar por tu corazón y contéstame con un beso… Embriagada de ilusión, se dejó llevar. Se besaron con pasión, olvidando el parque, los helados, Juan y la niña. Se despidieron llevándose en las bocas parte del otro. Viviana recogió a la niña de donde la cuidadora; después entró al rancho con el corazón ardiendo. Alistó ropa y se montó en el primer transporte que pasó, y cuando llegó al puente, el reloj marcaba las cinco, y ella esperaba con ansias, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras arrullaba a su bebé con nerviosismo. —Jon… ¿Dónde estás? Pasaron los minutos, luego las horas. Jon no llegaba. El teléfono sonaba vacío, sin respuesta. El cielo se oscureció, y el puente se convirtió en un escenario de desesperanza. —Ya no puedo más… —murmuró, con lágrimas en los ojos. —Mejor me lanzo al río y acabo esta vida de desesperanza y de paso se la ahorro a mi hija. Se subió a la baranda del puente, pero empezó a observar unas luces blancas que la cegaban y se vio cayendo a un largo abismo y, cuando estaba a punto de estrellarse contra el suelo, le brotaron unas inmensas alas de ángel con las que planeó con suavidad entrando a una camioneta blanca. Al despertar, vio unas luces sobre él y a dos hombres vestidos de blanco, de los que únicamente se le veían los ojos. —Señora, tranquila, está fuera de peligro —le dijo un paramédico, mientras le tomaba la presión—. Pero tiene que alimentarse bien, dormir y descansar. Viviana levantó la cabeza, confundida. —¿Y por qué no puedo alzar a mi niña? El paramédico la miró con seriedad. —Es por su estado. Usted se encuentra en estado de gravidez. Está embarazada, ¿no lo sabía? Las palabras fueron un golpe seco. Viviana sintió que el estómago se le estallaba. Lloró con quejidos mudos, y volvió a desmayarse. Cuando volvió en sí, el paramédico intentó animarla con humor: —Mire, señora, al menos no se cayó del puente. Eso sí hubiera sido un problema y, además, preciso; nosotros íbamos pasando por este lugar. Ella lo miró con ironía. —¿Y usted cree que esto no es problema? —Bueno, al menos ahora tiene dos razones para luchar: su hija y el bebé que viene en camino. Viviana suspiró, con lágrimas aún en los ojos. —Dos razones… y ninguna certeza. Regresó al rancho con la noticia clavada en el pecho. Juan dormía, ajeno a todo. La niña la miraba con ojos inocentes. —Mi amor —le dijo a la pequeña, mientras sentía que se le había rasgado el pecho y la herida le ardía—, no sé qué será de nosotras. Pero te prometo que no me voy a rendir. Aunque me duela, aunque me derrumbe, seguiré adelante, por ti, por las dos, por los tres… Sus lágrimas lavaron el suelo de tierra del rancho mientras Juan continuó dormido con el cuerpo lleno de licor y los bolsillos desocupados.
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