VIVIANA
La noche vigilaba el silencio del rancho que se rompía por los ronquidos de Juan, mientras que Viviana contemplaba los rayos de luz que se colaban por las fisuras de las latas.
“Este es el sitio más feo en donde me he quedado”, ella pensaba, “aunque en cierta manera es mío, y soy más libre que en cualquier casa que me quede con mis padres”.
El insomnio la llevó afuera a contemplar las estrellas, preguntando sin encontrar respuesta: “¿Qué será de mí? ¿Qué hago?
No fue que no le contestaran, es que simplemente se tardó; es comprensible por la distancia en que están las estrellas.
“¿Será que salgo corriendo? Es que este hombre no es un buen marido, es un borracho y vago; además… que no me gusta… “¿Pero para dónde cojo?” Sus preguntas se mezclaron con hilos de lágrimas y, cuando se cansó de llorar y de soportar el frío de la madrugada, escuchó unos quejidos.
—¿Quién está allí? —gritó con más miedo que valor.
—Ay, hermanita, soy yo, Lucía.
—¿Qué te sucedió? ¿Por qué vienes a esta hora? —Viviana continuó preguntando.
—Es que me agarré a pelear con el chambursi, tuve un gran problema y me pegó muy fuerte…
—Uy, no, hermana, ¿usted cómo se lo permitió?
—Hermana, es que un hombre es más fuerte y es que…
—Y no es la primera vez que te pega, ¿cierto?
—Sí, pero no me había pegado tan duro; si no me escapo, es capaz de asesinarme. Y es que no tengo para dónde irme.
—Pues, hermana, déjelo y se viene a vivir a donde nosotros, aunque sea para que coja escarmiento y cambie.
—Él no va a cambiar; cambia, pero de jíbaro.
—Entonces déjelo para siempre, y nosotras como hermanas buscamos la manera de salir adelante.
—Usted lo dice fácil porque está con Juan, en cambio yo estoy solita…
—No sea boba, ¿dónde está escrito que una mujer necesite a un hombre para sobrevivir? Nosotras podemos solas, sin armatostes que nos amarguen.
—Ay, hermana, usted tiene un hombre muy valioso a su lado, no lo desperdicie…
—Espera, Lucía, Lucía, espera, deja de alagar tanto a Juan, que no lo conoces bien, ni yo lo conozco bien, y es que pareciera que te enamoraste de él…
—Jum, lo mismo me dijo Chambursi, que yo parecía enamorada de Juan. Dejó que entráramos a la pieza, trancó la puerta y me empezó a cascar, tratándome de perra en adelante…
—Es que usted fue muy aduladora y ofrecida con Juan; la verdad, quedaste mal e hiciste quedar mal a Cahmbursi. Dijo Juan que parece que ese man no te hace feliz o no te satisface en la cama.
—Yo no quise transmitir eso, yo quería transmitir el orgullo que me hizo sentir que mi hermana mayor hubiera conseguido un buen hombre a pesar de…
—¿A pesar de qué?
—¿De qué otro hombre te hubieras embarazado? Ya sabes lo que dicen, que es bueno comprar una vaca parida, pero no a la mujer mía.
—Qué mano de estupideces. Ay, hermana, aunque saliste de la casa para ser una mujer, aún sigues siendo una niña. Mejor entra, me parece que quedó agua de panela; entra y seguimos hablando.
Se demoraron más en entrar al rancho cuando un toqueteo hizo chirriar la lata que tenían por puerta.
—¿Quién es?
—Señora Viviana, soy Fidel, el Chambursi, puede abrir, es urgente.
Viviana abrió la puerta y lo miró a los ojos: —¿Qué sucede?
—Señora Viviana, es que mi esposa salió a esta hora y estoy muy preocupado por ella, ¿está aquí?
—Ella no está…
Viviana fue interrumpida por Lucía, quien la corrió un poco para saludar: —Sí, aquí estoy y aquí me voy a quedar para siempre.
—Amor, yo no quise hacerlo, es quien la manda de estar de ofrecida; vuelva, que ya casi tenemos que ir a trabajar. Vamos a desayunar y luego nos vamos, vamos, amor. —Chambursi sonrió dejando ver unos pocos dientes amarillos.
-nada de eso. —Viviana bloqueó a su hermana con el antebrazo y prosiguió: —Usted le pega a mi hermana, ella se va a quedar conmigo, váyase.
—Ella es mi mujer, y ella hace lo que yo digo. —Chambursi empezó a mover la mano en el aire como si espantara zancudos. Eso fue un error, que intentaré que no vuelva a pasar, desde que no me busque…
—No, señor, mejor es que se largue. —Viviana intentó cerrar la lata, pero Chambursi la detuvo con el pie.
—Además, señora Viviana, no es su problema, no sea metida, ¿o cómo fue? —Chambursi arrugó el rostro y fue como si se transformara en una bestia salvaje.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué no me dejan dormir? —Juan se despertó rascándose la cabeza y envolviéndose en las sábanas.
—Nada, don Juan, vengo por mi esposa. — Chambursi bufo mirando con alevosía.
—Sí, papito, ya nos vamos. —El rostro de Lucía se tornó rojizo—. Qué vergüenza con don Juan.
Eso, siga con la joda. —Chambursi apretó el puño con tal fuerza que se le brotaron las venas.
—Don Chabursi, se me olvidó decirle que si sabe de un trabajo, todo bien, yo sé manejar auto, yo era escolta; si sabe de algo, por favor, me dice. —Juan se rasco el pecho y se volvió a acostar.
Chambursi estiró la cabeza como una gallina, para comunicarle a Juan: —Parce, mi jefe necesita personal para vender helados; el trabajo es simple: él nos da los helados, los vendemos a $200 pesos y a él le damos $100 pesos, nada más simple y fácil.
—Uy, no otra cosa, ¿qué tal yo ponerme a eso? Prefiero robar… —Y Juan se enrolló con las cobijas, tapándose la cabeza.
—Hermana, mejor me voy con el chambursi; yo no puedo ser una carga para ustedes, además que yo lo amo mucho. Lucía se fue a los brazos de Chambursi mientras este miraba mal a Viviana.
—Bueno, chao, hermanita, ya sabe que yo estoy aquí para lo que necesite. —Viviana cerró la puerta de un golpe, quitándose la impotencia y la rabia. Luego fue y revisó a su preciosa hija; estaba tibia en esa cuna que le habían improvisado con madera y ropa vieja. —¿Cómo está la muñeca más linda del mundo? Usted se merece una mejor vida, no puede repetir la mía o la de su tía; yo prometo que haré lo que sea para que eso no ocurra, así me toque trabajar sin descanso, no dormir; lo haré por ti, lo juro…