15; CASADOS SIN CEREMONIA NI LUNA DE MIEL

1115 Words
Viviana —Ay, hija mía, esa noche, la primera noche de casados o de vivir juntos, fue inolvidable. Es que recuerdo el pasado y siento como si fuera una cascada frente a mí y que yo puedo estirarla y agarrarla como un puñado de agua entre mis manos e intentar meterme en ella. Pero sin importar cuánto lo apriete, se me escapa entre la unión de los dedos y lo único que me queda me alcanza para empaparme el rostro, aunque me alcance para sentir la superficie del ardor en la piel que sentí ese día en toda mi alma. —Mamá, no sé a qué te refieres, por eso mejor continúo leyendo… La noche cayó sobre el rancho como un telón pesado. El viento soplaba entre las latas del techo, produciendo un murmullo que parecía un coro de voces antiguas. Juan encendió una vela, y la llama proyectó sombras que bailaban en las paredes, como si el rancho entero estuviera celebrando un ritual secreto. Viviana se sentó en la cama, con las manos entrelazadas, nerviosa. Su respiración era corta, como si cada inhalación le costara un mundo. Juan se acercó despacio, con pasos que resonaban como tambores apagados. —Mi reina, no tema. Esta noche no es para el miedo, sino para el amor —dijo, con voz suave, casi un conjuro; lástima que tenía un mal aliento, mezcla de cerveza y carnes. Viviana lo miró con ojos grandes, llenos de incertidumbre. Sentía que el corazón le golpeaba el pecho como un pájaro atrapado. —Juan… yo no sé si puedo. Me da miedo. Es como si fuera virgen, como si nunca hubiera estado con nadie. Juan sonrió, pero no con burla, sino con ternura. Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos. —El miedo es un río que se cruza despacio. No hay prisa. Yo estoy aquí, y no voy a soltarla. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Viviana. Se sentía pequeña, vulnerable, como si el mundo la estuviera mirando. —Me dan ganas de salir corriendo —confesó, con voz quebrada. Juan la abrazó, y en ese gesto no hubo teatro, sino un calor verdadero. —Si quiere correr, corremos juntos. Pero si quiere quedarse, nos quedamos y construimos un hogar, el mejor del mundo, que digo del universo. El rancho crujió, como si aprobara las palabras. La vela titiló, y por un instante la llama se alargó, iluminando el rostro de Viviana con un resplandor casi sagrado. Ella respiró hondo, y poco a poco el miedo comenzó a disiparse, como humo que se disuelve en el aire. —Está bien, Juan —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Aunque vamos suave, de a poco, téngame paciencia; es que la única vez que tuve relaciones fue con un hombre asqueroso que me obligó y de esa vez quedé embarazada. —O sea que tienes traumas, te comprendo; a veces hay eventos que yo llamo los gatos monteses que, cuando pasan, nos desgarran el alma y nos dejan hondas heridas difíciles de cicatrizar. —Es increíble que debajo de esa apariencia de macho rudo exista un poeta. —Ay, amor, no sabes qué más puedo ser y hacer. —Juan de nuevo lanzó unas carcajadas. —Pues tenemos toda la vida de aquí en adelante, nos conoceremos hasta el alma. —Ella también quiso lanzar poesía. Juan la miró con un brillo extraño en los ojos, mezcla de triunfo y ternura. Se recostaron juntos, y aunque Viviana seguía nerviosa, poco a poco se dejó envolver por la calma de su abrazo. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran solo de miedo, sino también de esperanza. —No vamos a hacer lo que no quieras. —La frase clásica de Juan y siempre le funcionaba. —Por lo pronto, besémonos. —Viviana le pegó los labios a los de él para que se empezaran a friccionar, y esto le generó chispas que recorrieron su cuerpo, dándole paso al placer y sacando a codazos a otros sentimientos y pensamientos esparcidos. —Eres muy linda, muy hermosa —Juan susurraba mientras le quitaba la ropa y contemplaba sus formas femeninas. —Tú también eres un papucho. —Ella intentaba devolver los cumplidos hasta que en su mente se le fijó la imagen de Jon. —Bueno, no te voy a lastimar; si te duele, te lo saco. —Y con estas tiernas palabras y sin nada de precalentamiento ni jugueteo, él la penetró en seco, lastimando su frágil cueva. —Ay. —Viviana alcanzó a sollozar de dolor y él pensó que era por placer. “Soy una máquina de placer”, Juan pensaba mientras se movía como una máquina de cocer. “Ojalá termine rápido, no puedo con esto, a él no es a quien quiero… “Viviana se movía con torpeza, sintiendo espasmos en su interior mientras su mente se defendía, llenándola del recuerdo de Jon. “Oh, oh, no puede ser posible, tengo que pensar en otra cosa… o quizás me desarrollo y sigo… tal vez…” Juan empezó a sentir que pronto llegaría a su punto máximo, debido a que se dejó llevar por el placer. “Oh, bueno, se siente rico, ya me está empezando a gustar”. Viviana empezó a gemir y a endurecer sus músculos. “Ay, no, no aguanto más, ya que… pero no puedo terminar adentro… Sin embargo, es la primera vez; tiene que ser especial, inolvidable… Entonces sí, ay, no, me aguante, ay, ay, ay, estaba lleno…” Juan terminó su faena y por poco se queda dormido encima de ella. —¿Qué pasó? ¿Ya? ¿Eso era todo? Ay, no. —Viviana lo empujó molesta, acacándolo dentro de ella, sintiendo algo extraño en su interior; aunque le gustó la sensación eléctrica, eso le recordó el momento en que quedó embarazada. —Ay, no, no me digas que te desarrollaste dentro de mí. Juan, entre dormido y agotado, exhaló: —Sí, mi amor, es que estás muy linda y te moviste muy rico. —No, mi amor, es que ni me moví. —No, Juan, otra desilusión más. Qué pereza. —Viviana se volteó dándole la espalda. —Mi amor, espere cinco minutos más y le damos al segundo asalto… —Y Juan no dejó pasar ni tres minutos cuando quedó profundo. El rancho, testigo silencioso, se estremeció. Las paredes de lata parecían querer transformarse en ladrillos, y el techo oxidado se estiraba como si soñara con convertirse en bóveda de castillo. Afuera, las estrellas se acercaban curiosas, como si quisieran espiar la primera noche de un hogar que nacía entre dudas, lágrimas y promesas.
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