14; EL FANTASMA DEL HOGAR

1141 Words
Viviana El grupo caminaba hacia el asadero como si fuera una procesión extraña: cuatro figuras envueltas en murmullos, risas nerviosas y miradas que se cruzaban como flechas invisibles. El aire olía a carbón encendido y a promesas incumplidas. Lucía, siempre chispeante, se adelantaba un poco, lanzando carcajadas que parecían campanas desafinadas. Cada tanto, giraba la cabeza hacia Juan y le lanzaba frases juguetonas: —Juan, usted sí que sabe hablar bonito. Eso de “castillo para mi reina” me dejó pensando… ¿Y si me invita a vivir en ese castillo también? Jajaja. Viviana apretó la mano de Juan con fuerza, como si quisiera clavársela en la piel. Juan, con su sonrisa de teatro, respondió: —Lucía, usted merece su propio palacio, no un castillo prestado. Porque mi reina es Viviana, y ella es la que manda en mi mundo. Lucía fingió un puchero, pero sus ojos brillaban con picardía. —Ay, hermanita, qué suerte la suya. Yo apenas tengo un lote en sueños y un marido que vende helados que no se derriten; no me quejo, pero… Chambursi tosió incómodo, como si un clavo se le hubiera atravesado en la garganta, y se limitó a mirar a Juan con una sonrisa torcida, como si supiera que el destino estaba jugando cartas peligrosas. El asadero los recibió con humo y música vallenata. Las mesas de madera crujían como si guardaran secretos. Juan pidió una picada grande, y mientras llegaba la comida, Lucía se inclinó hacia él, con voz baja y tono travieso: —Juan, ¿usted siempre huele a cerveza o es perfume nuevo? Viviana la fulminó con la mirada. Juan, en un acto de improvisación, levantó la voz para que todos escucharan: —Yo puedo oler a cerveza, a carbón o a estrellas, pero lo que más me gusta es oler el cabello de Viviana. Ella es mi aire, mi fuerza, mi destino. Viviana se sonrojó, sorprendida por esa exaltación pública. Lucía se echó hacia atrás, riendo nerviosa, como si hubiera perdido una batalla invisible. La comida llegó, y entre chorizos, arepas y papas criollas, las tensiones se disolvieron un poco. Pero Lucía no se rendía. —Juan, me pasa el chorizo y yo le paso la arepa. —dijo, alargando la mano más de lo necesario, rozando la de él con intención. Viviana lo notó y apretó los labios. Juan, rápido como un actor que improvisa, levantó un chorizo y lo colocó en el plato de Viviana. —Primero mi reina, después el mundo. Lucía soltó una carcajada, pero sus ojos tenían un brillo de desafío. El mesero llegó con la cuenta en la mano, como si trajera un decreto divino. La puso sobre la mesa con solemnidad, y todos guardaron silencio. Chambursi, con aire de gallo en plaza, se adelantó: —Tranquilos, yo pago —dijo, inflando el pecho como si tuviera oro escondido en los bolsillos. Lucía lo miró con ternura fingida, pero enseguida soltó la bomba con voz cantarina: —¡Ay, se nos olvidó el dinero en la casa! Qué cabeza la nuestra, hermanita. El silencio se volvió incómodo. Chambursi bajó la mirada, y Lucía sonrió como si todo fuera un chiste. El mesero, impaciente, tamborileaba los dedos en la bandeja. Juan, con la cara roja de malgenio, apretó los dientes. Su sonrisa era un disfraz que apenas lograba sostener. —No se preocupen, yo pago —dijo, sacando los billetes con manos temblorosas. Lucía aplaudió como si fuera un acto heroico. —¡Eso sí es un caballero! Hermanita, qué suerte la suya. Viviana lo miró de reojo, notando cómo la sonrisa de Juan se quebraba en las comisuras, como si cada billete fuera un pedazo de su orgullo arrancado. El mesero recogió el dinero y se fue, mientras Juan se quedaba con la cara encendida, entre la rabia y la vergüenza, fingiendo que todo estaba bajo control. La tarde se fue tiñendo de rojo, y el grupo regresó al rancho al ritmo de pasos largos y conversaciones forzadas, promesas y vacíos. El camino parecía un río de brasas, y cada sombra se alargaba como si quisiera escuchar sus secretos. Lucía, siempre chispeante, no dejaba de lanzar comentarios que parecían flechas disfrazadas de flores: —Juan, usted sí que sabe pagar con estilo. Hasta el mesero se fue contento; parecía que le hubiera dado propina de estrellas. Juan sonrió, pero su cara seguía encendida, como si el sol se hubiera quedado atrapado en sus mejillas. Viviana lo miraba de reojo, notando cómo cada palabra de Lucía era un reto disfrazado de broma. Chambursi, por su parte, caminaba con la cabeza gacha, murmurando excusas que nadie escuchaba. Al llegar al rancho, Lucía se despidió con un abrazo demasiado largo de Juan, que él respondió con cortesía exagerada, mientras Viviana contenía la respiración como si estuviera bajo el agua. El rancho crujió, como si las paredes de lata se quejaran de tanta tensión acumulada. Cuando quedaron solos, Juan cerró la puerta y miró a Viviana con una mezcla de ternura y teatro. —Tranquila, mi Viviana, no se ponga celosa, que solo usted es mi reina. No hay Lucía, no hay helados, no hay castillos falsos. Solo usted y yo. Viviana bajó la mirada, nerviosa. —Juan, yo no sé… usted promete mucho, pero yo tengo miedo, usted hace una cosa buena y la borra con varias feas. Juan se acercó, la tomó de las manos y le habló con voz que parecía conjuro: —El miedo es un fantasma que se alimenta de soledad. Si dormimos juntos, como pareja, ese fantasma se muere de hambre. Viviana tembló. Su corazón latía como tambor desafinado. —¿Dormir juntos? —preguntó, con voz apenas audible. —Sí, mi reina. Dormir juntos, como los que empiezan un hogar. No por obligación, no por teatro, sino porque quiero que el mundo sepa que usted es mía y yo soy suyo. Viviana dudó. Recordó las miradas de Lucía, el peligro de perderlo, la necesidad de construir algo aunque fuera sobre arena y de todas maneras ya estaba allí y recordó un dicho de su padre que antes no comprendía: “Metida la cabeza, metido todo”. Finalmente, con un suspiro que parecía un pacto, respondió: —Está bien, Juan. Hagámoslo. No porque confíe del todo, sino porque quiero intentar hacer un hogar. Y porque de alguna manera el destino o Dios me lo puso en el camino como un angelito que me ha protegido. Juan sonrió, victorioso, pero también con un brillo extraño en los ojos. La noche los envolvió, y el rancho, como si entendiera el pacto, crujió en sus paredes de lata, queriendo transformarse en castillo, y después de 15 años, el único cambio fue por cuenta de la corrosión ambiental, aunque pudieron hacer una enorme mansión con todo el dinero que él gastó en vicios.
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