13; CASTILLO DE LATAS

1109 Words
Juan Pasaron unas horas en ese lugar de la plaza hasta que el jolgorio enmudeció cuando una mano se posó en el hombro de Juan. —¿Así que te gastaste el dinero en cerveza? —dijo una señora, con tono de látigo. —No, no… yo… estaba comprando tomates. —Juan se asustó al reconocer que era la mujer del roedor. —¡Tomates! Lo que vas a comprar es disciplina. Llévame a donde está Viviana, o... —Ella le hizo una seña de cortarle el cuello. —Desde luego, aunque la verdad es que no tengo para pagar la cuenta; deme un adelanto, que todo bien, que yo le respondo. —Juan le guiñó un ojo al cantinero para que le volviera a cobrar. —Eres un descarado, mi marido te dio un adelanto, lo sé; mejor es que me entregues a las peladas o me devuelvas hasta el último centavo. —De acuerdo, pero yo la ayudo y usted me ayuda; págame la cuenta y yo la llevo a donde ella, se encuentra a la vuelta. —Está bien, yo le pago esta cuenta, con tal de que se comporte bien. —La enfermera fue y canceló de nuevo la cuenta sin darse cuenta de que Juan le hacía unas señas para que le guardara ese dinero. Luego la llevo a un pequeño centro comercial. —Espérame en la puerta. Viviana está adentro, no quiero que la vea y empiece a gritar; allí hay varios guardias. Mejor traiga su carro y la metemos rápido y a por las malas, o mejor es que no se deje ver hasta que la tengamos asegurada. La esposa del roedor lo miró con sospecha. —¿Y usted por qué la dejó sola? —Porque… porque está probándose ropa. Usted sabe cómo son las mujeres; esas escogen mucho para comprar poco. Ella bufó, pero fue a traer su automóvil y se quedó parqueada en la entrada principal. Juan caminó con calma, fue al baño y luego salió corriendo por una puerta trasera. Sus pasos resonaban como tambores de guerra. Corrió como si el viento lo empujara, como si la vida misma dependiera de esa fuga. —¡No me atrapan! —gritaba, mientras esquivaba transeúntes y vendedores ambulantes. Llegó al rancho sudoroso, con el corazón latiendo como un tambor desafinado. Viviana seguía dormida, ajena al caos. Juan la miró y pensó: —Ellas nunca sabrán lo que hago por protegerlas. Pero en su interior sabía que todo era mentira. No las protegía, no las amaba ni las quería; las conservaba para alimentar su ego, para cumplir con la obligación impuesta en su crianza de conseguir esposa y hacer un hogar, también por una voz en su mente que lo aconsejaba que las debía conservar para que, en caso de que el roedor saliera libre, las pudiera vender por muchísimo dinero; y, sin embargo, su teatro era tan convincente que hasta él mismo se lo creía. Viviana despertó y lo vio sonreír jadeando. —¿Dónde estabas? Me desperté hace rato y me tocó dormirme de nuevo para engañar la tripa. —Comprando estrellas para ti, amor. Ella sonrió con tristeza. —Juan, tus palabras son bonitas, pero no llenan la nevera. Embarrada que empecemos de esta manera. Él se acercó, la abrazó y le prometió mundos imposibles. —Te juro que contigo seré otro hombre. Te juro que cambiaré. Viviana lo empujó protestando: —Fua, hiedes a cerveza, guácala, eso fue lo que te fuiste a traer, qué paila, a dónde me vino a meter el destino; mejor me voy a una institución de caridad o a una iglesia de monjas. —No digas eso, es que tuve un inconveniente, me pareció que una gente extraña vestida de cirujanos me seguía y para despistarlos me entré en un bar de gente mala para que no me pudieran hacer nada y en bien pude, me vine corriendo por diferentes caminos para despistarlos; observa cómo estoy de agitado. —¿No puede ser? De pronto, amigos de ese mal nacido que quiere vendernos a un extranjero. —Puede ser, mamita, y tranquila, aquí le traje un yogur para que se alimente. —Juan le alcanzó una bolsa con bebida láctea. —No es el colmo, no puedo más con usted, esto se acabó antes de empezar. —Viviana lanzó contra el suelo ese líquido que olía a leche podrida. Juan juntó las manos suplicando: —Mamita, era mientras vamos a almorzar a un restaurante, camine y comemos lo que quiera. Vivana sonrió contestando: —Haberlo dicho antes, vamos. Iban saliendo del rancho cuando escucharon una voz estruendosa: —¡Vivi! —¿Quién? ¡No puede ser! —Es una hermosa coincidencia, hermanita. —Una mujer más joven que Viviana corrió a abrazarla. —Lucía, ¿cómo es que estás aquí? —Hermanita, es que a unos días de que te fuiste de la casa, también decidí hacer lo mismo y conseguí marido, me junté con el chambursi, míralo, te lo presento. —Lucía jaló a un joven menor que ella para que se presentara. —Me llamo Fidel, me parece que ya nos conocíamos. —El joven movió la cabeza mientras estiraba los labios. —Por supuesto, usted era de los que vendían porquerías en la esquina. —Viviana se desconcertó al ver a su hermana menor con este tipo tan peligroso. —Él ya cambió; ahora nos dedicamos a vender helados en la plaza de Lourdes, estamos echando para adelante. —Lucía sonrió enseñando sus pocos dientes. —Por supuesto, estamos ahorrando para un lote. —Chambursi señaló la casa de Juan y este contestó: —Pero esa es mi casa y no está en venta. Lucía se tocó la cabeza y exclamó: —¡Uy, hermanita, usted me ganó en esposo, es más lindo y ya tiene casa! —Jajaja, y eso que en estos días voy a reemplazar esas latas por ladrillos; voy a hacer un verdadero castillo para mi reina. —Juan terminó con más carcajadas, intercambiando miradas con Lucía. —¿Y para dónde vamos? —Chambursi quiso disimular la incómoda escena para no parecer celoso. —Nosotros dos íbamos a almorzar. —Viviana cogió de la mano a Juan, sacándolo de su ensueño. —Rico, pues vamos, nosotros también íbamos a comer algo; hay un asadero que vende una picada rica y barata, vamos. —Lucía armó el plan y Juan aceptó con risas, mientras que Chambursi y Viviana los siguieron por inercia, sintiendo como si una madera con muchas púas les atravesara el cuerpo cada vez que sus parejas intercambiaban palabras y miradas intensas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD