12;LAS BUENAS INTENCIONES

1212 Words
JUAN —Señores, la paciente ya fue dada de alta; por favor, diríjanse a la caja y cancelen el copago. Juan y Jon se miraron esperando que el otro respondiera y, después de un largo silencio, Viviana fue la que habló: —Señorita, no tenemos, somos gente muy humilde. La enfermera arrugó la frente y se colocó las manos en la cintura. Bufó: —A mí no me interesa la triste historia de sus vidas, y es que no confundan humildad con pobreza y desvalidos con tramposos… —¿Cómo dice? —Juan la interrumpió golpeando la pared. —Como lo escucho, es que ustedes cómo van a decir que no tienen para la cuenta, cuando a lo lejos ustedes huelen a alcohol, o sea que los caballeros tienen para jartar y no para la salud de la niña. La enfermera empezó a buscar al celador. —¿Qué hacemos? Me va a tocar ir a donde mi mamá a que me preste algo de dinero y hablar con la trabajadora social para que nos deje firmar unas letras de cambio. Jon empezó a sudar porque sabía que su madre no tenía ahorros. —¡Un momento! —Juan levantó las manos y entre carcajadas dijo—: Yo pago, yo pago… Canceló la cuenta con el dinero que le había dado el roedor, salieron del hospital y se percató de que Viviana se quedó mirando un puesto de empanadas a la salida del lugar. —Comámonos unas empanadas, yo invito. —Uy, Juan, ¿de dónde saco dinero? —A usted no le interesa, Jon, no pregunte quién se murió, sino llore. —Juan terminó con fuertes carcajadas. —Yo tengo mucha hambre, yo quiero una de pollo. —Viviana la cogió y se la comió de tres mordiscos. —Viviana, cómase otra, las que quiera, tranquila, que yo le voy a dar el cielo y las estrellas, lo que usted y la niña quieran; quédese a vivir conmigo en mi humilde rancho. Yo siempre las voy a cuidar. Viviana lo miraba con ojos cansados, sabiendo que sus palabras eran promesas frágiles como castillos de arena. Jon, silencioso, la observaba con ternura. —Juan… —dijo Viviana, con voz temblorosa—. Es que tú no entiendes. Juan insistía, con esa mezcla de ternura falsa y desesperación real: —¿Qué sucede? Ya sé, te enamoraste de Jon, como todas las mujeres que conozco. Pero con él no tienes futuro. Él nunca dejará a su madre, esa anciana cansada que lo retiene en la casa familiar. Conmigo, en cambio, tendrás muchas cosas, aunque sean prestadas. Viviana bajó la mirada. La bebé dormía tranquila en sus brazos, ajena al drama que se tejía alrededor. —No sé qué decir —susurró. Jon, con voz firme, intervino: —Lo que importa ahora es que la niña esté bien. Lo demás… el tiempo lo dirá. El silencio se apoderó de la calle y la madrugada se extendía como un manto de incertidumbre. Viviana pensaba: “¿Qué clase de destino es este? Mi hija enferma, mi pareja borracho, un roedor disfrazado de doctor… ¡Ni García Márquez se atrevería a tanto realismo mágico!” Juan, en su interior, se repetía: “Ella será mía, aunque me toque prometerle galaxias enteras.” Jon, callado, sabía que el amor no se promete, se demuestra. Juan se sintió lleno de energía con un aire triunfal, como si hubiera vencido a dragones invisibles. En realidad, lo único que había vencido era su propia vergüenza, pero se sentía héroe. Caminaba con Viviana y la bebé, y en un gesto teatral lanzó su viejo celular al río. El aparato giró en el aire como un ave torpe y cayó con un chapuzón ridículo. —¡Que se hunda! —pensó Juan, con voz de actor de telenovela—. Que el roedor no me vuelva a buscar jamás. Viviana lo miró con desconcierto. —¿Y ahora cómo vas a comunicarte? —Con el corazón, mujer. El corazón es el mejor teléfono; eso es para simbolizar mi cambio por ti, por ustedes. Ja, ja, ja… Ella suspiró, pensando que ese hombre era un poema mal escrito, lleno de metáforas baratas pero con una extraña capacidad de convencer. Mientras tanto, Jon se alejó a una esquina y llamó a su madre. —Madre, necesito hablar contigo —dijo Jon, con voz firme. Cuando ella le contestó. —Habla, hijo, pero que sea rápido, que la novela ya va a empezar. Ella se encontraba esperándolo en la sala, abrigada con un viejo chal roído por los años. Jon respiró hondo. —Quiero irme a vivir con Mariana y la bebé. Necesitamos un lugar, mi cuarto mientras tanto. La madre suspiró y exhaló su sabiduría campesina. —No. Mi bebé: El que se casa quiere casa, Jon. Cuando uno se casa, ni con los tuyos ni con los míos. Cada cual con su techo… es el derecho. Jon bajó la cabeza. —Pero madre… —Nada de peros ni de perros. Yo ya estoy vieja y cansada. No quiero más responsabilidades ni problemas, tampoco que me saquen de mi casa o que me traten de metida por no aguantar que insulten a mi hijo o cosas por el estilo. Jon sintió que el mundo se le venía encima. Su madre era como una muralla de tradición, imposible de derribar. Y luego recibió otro golpe más duro. —Chao, Jon, muchas gracias por todo. —Viviana se despidió con un beso en la mejilla. —Nos vidrios, mi amigo. —Juan le pegó una palmada en la espalda mientras detuvo el primer bus de la mañana. Y Jon se quedó hecho pedazos viendo cómo ese caballo de acero devoraba sus ilusiones, se llevaba su amor y, entre llanto ahogado, suspiró: —La perdí, la perdí para siempre… Mientras tanto, Juan llevó a Viviana a su humilde rancho. Ella, agotada, se quedó dormida con la bebé en brazos. Juan, queriendo demostrar que era un hombre responsable que había cambiado para hacerse cargo de responsabilidades, decidió ir a la plaza a hacer mercado, pensando que ella se pondría alegre cuando despertara. —Voy a traer lo mejor para ti, mi reina —susurró, besando su frente. Pero al entrar a la plaza diviso un grupo de amigos y uno de ellos lo reconoció gritándole: “Llegó el que va a gastar”. Y otro contestó: “Ja, ese es el propio Ichigo, un bareque, se quita los zapatos para no gastar suela”. Juan contestó a todo pulmón: —Pues se equivocan, cantinero, una ronda para todos. —Por supuesto, don Juan, eso sí, me la paga de una vez. —El cantinero se le acercó lleno de dudas. —Desde luego. —Juan le entregó unos billetes. —Con esto alcanza, ¿cierto? El cantinero lo abrazó diciéndole: —Por supuesto, mi amigo, y yo también le voy a hacer el daño y me pido algo para mí también. Juan, entre carcajadas, le contestó: —Yo contento: le gasto cerveza o ron, nada de comer; yo doy trago, pero no de tragar. El mercado se convirtió en brindis, las frutas en canciones y las verduras en carcajadas. Juan bebió hasta olvidar su misión.
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