11. PEOR QUE UNA RATA

1292 Words
Viviana Al regresar al rancho, ella sentía desesperación, muchas ganas de salir corriendo; casi no escuchaba todo lo que Juan repetía y finalizaba con carcajadas o groserías, y en medio del cansancio y el largo viaje, se quedó dormida y soñó que una enorme rata le robaba a su hija y se despertó con un dolor extraño en el pecho, como si un violín desafinado estuviera tocando dentro de su corazón. Al llegar a la casa, el aire pesaba, las paredes parecían acercarse lentamente y cada sombra se estiraba como si quisiera atraparla. —¿Por qué siento esto? —susurró, acariciando a su bebé que dormía inquieta—. Es como si la noche me estuviera mirando. Juan, sentado en la cocina, fingía normalidad. Pero en su mente hervía un plan oscuro: entregar a Viviana al roedor. Ese ser que parecía mitad hombre, mitad pesadilla, con dientes que brillaban como cuchillos oxidados. —Todo saldrá bien —se dijo Juan, mientras servía aguardiente en un vaso—. Dormida y amordazada, así la quiere y así la tendrá; lo único que necesito es dormir un poco la conciencia; me toca tener cuidado de no dormirme por completo; necesito el dinero de la recompensa… Pero el destino, ese dramaturgo caprichoso, decidió complicar la escena. Jon, el amigo que siempre aparecía como un ángel despistado, llegó con una sonrisa y un par de polas. —Hermano, ¿unas frías? —preguntó, levantando las botellas como si fueran trofeos. Juan dudó un instante, pero la tentación del alcohol fue más fuerte que su plan. —Pues claro, ¿cómo decirle que no a la vida? ¿Y que porque decidió venir hasta por aquí? Yo no le voy a dar posada; aquí ya están todas las habitaciones completas, estamos llenos… Jon sonrió destapando las botellas y bailó contestando: —Tuve un problema con mi madre, no quiere que yo sea padre; no quiere que me independice; y quiere que yo sea su apéndice… Su amigo se rasco la cabeza y le quitó una botella; también cantó: “Usted ya es un adulto; usted no es bulto; usted es un adulto funcional; para bien y para mal... pero yo sé que usted vino; no a darme cerveza o vino, la razón no la demoro: es que usted de Viviana se enamoró...”. —No, ¿cómo piensas eso? Yo vine porque quería tomarme unas polas con mi amigo. Es que me sentí mal de la manera en que mi madre los trató mal, pues usted se lo merece, pero ella no. Jon lanzó una carcajada que apagó con una bocanada de su bebida. Y así, entre risas y canciones desafinadas, se embriagaron. Cantaron vallenatos como si fueran poetas malditos, discutieron sobre si la cerveza era mejor que el aguardiente, y terminaron hablando de política como dos filósofos de cantina; para que al final se quedaran dormidos antes de quedarse sin tema. Mientras tanto, la noche avanzaba. El roedor se acercaba, con sus ojos brillando como carbones encendidos. Pero cuando llegó, listo para su macabro negocio, Viviana no estaba. Unos minutos antes, la bebé había enfermado de urgencia con fiebre y llanto que atravesaban las paredes como cuchillos. Viviana, desesperada, intentó despertar a Juan, pero él estaba hundido en un sueño alcohólico tan profundo que ni un terremoto lo habría movido. Lo sacudió, lo llamó, lo golpeó con la fuerza de una madre desesperada; sin embargo, nada. Juan era un c*****r con licencia para respirar. —¡Jon, despierta! La niña… la niña está mal. Por favor… Jon reaccionó como un héroe improvisado. —¿Qué tiene? ¡Vámonos ya! —dijo, tomando las llaves y cargando a la bebé con torpeza pero con valentía. Y así, sin saberlo, se salvaron del secuestro, para cuando el roedor, furioso, tumbó la lata que tenía por puerta ese rancho y despertó a Juan, golpeándolo; mientras lo sacudía, le gritaba: “¿Dónde están la niña y la mujer?”. —No sé, estábamos con Jon; de seguro ese perro se me la llevó. Desde luego, a eso fue que vino, a… Juan acomodó la cama donde dormía Viviana y se volvió a quedar dormido. El roedor lo lanzó al piso y le ordenó: —Llámala. Quiero saber dónde está. Juan se levantó, teniéndose de la pared metálica que chirriaba al recargarse, y mientras se limpió la cara, escupió al suelo y dijo: —¿Cuál, que la llame? Usted a mí no me manda, usted no es mi jefe; primero, págueme o deme un adelanto. —Pues tome y apúrele. —El roedor le lanzó un grueso fajo de billetes a sus pies. Juan los recogió y, tambaleante, marcó el número. Jon contestó. —Hola, amigo, estamos en el hospital del sur, la niña se enfermó. Y usted no se despertó, estaba fundido. —Listo, ya voy para allá. Juan colgó y se puso feliz a aplaudir. —No sea fantoche, usted me tiene que acompañar a ayudarme a capturarla. —El roedor le enseñó un enorme revólver y Juan obedeció en silencio, salió y se subió al auto destartalado que los llevó con facilidad y con un sonido chirriante de las latas viejas y en pocos segundos llegaron al hospital. —No debí de haberte traído; resulta que ya he hecho algo parecido. —El roedor sonrió, enseñando una mueca terrorífica, y sacó de la guantera un traje blanco. —¿Es un traje de enfermero? —Juan preguntó, bajándose del auto con cierto desconcierto. —Es de cirujano y me ha servido para robarme a varios bebés; este es mi traje de trabajo y se pagó solo… El roedor se disfrazó de cirujano y con gran habilidad se infiltró en el hospital. Caminó por los pasillos con una bata impecable, se dirigió a urgencias pediátricas sintiéndose como un niño en una dulcería y, a unos metros, no pudo disimular la emoción al encontrarse a Viviana que abrazaba a su hija. Viviana, con esa intuición que solo las madres poseen, lo reconoció por los ojos de maldad. El miedo le paralizó la garganta, pero entre llanto y gritos mudos logró alertar a los celadores. —A… au… auxi… auxilio, ¡ese no es médico! —alcanzó a decir con voz quebrada. Uno de los celadores, héroe anónimo con barriga de cerveza y linterna oxidada, lo detuvo. —¿Y usted quién es? —preguntó, sujetándolo con fuerza. —Yo soy el doctor Tazo. —El roedor gritó intentando zafarse mientras llegó otro celador que ayudó a sostenerlo y a quitarle el tapabocas. —¡Ay, Dios mío, ese ladrón nos quiere vender a un extranjero! —Vivana gritó aterrorizada. La policía llegó en segundos y lo capturó. El roedor gritaba como rata acorralada, pero sus planes se habían derrumbado. Intentó acercarse a Viviana y le alcanzó a susurrar: —Esto no se queda así, sé dónde buscarlas. Juan vio todo desde una distancia prudente; como buen actor de segunda, fue al baño y luego apareció en el hospital simulando que se había demorado por una congestión vehicular. —Ay, qué tráfico tan horrible, casi no llego —dijo, con voz melosa. —Será una congestión en su hígado —Jon bromeó mientras abrazaba, consolando a Viviana. —¿Cómo siguió la niña? Viviana detuvo el llanto contestando: —Mejor, don Juan, lo complejo es que apareció el miserable que nos quiere vender. Mientras Jon la abrazaba, opinando: —Deberías irte de ese barrio, deberías ir a vivir conmigo para que estén más seguras. Juan los separó manoteando y pregonando: —Tan bobo, su mamá no lo deja no tener mascota, mucho menos una esposa y con una bebé; eso es una mentira, conmigo estarán mejor.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD