10; NO MENOSPRECIEN A LOS HOMBRES

1097 Words
VIVIANA —Mamá, no entiendo esto. —Hija, lo escribí en primera persona, como escribe su cuñado Jarrisson. Sabes que a él le va bien con la escritura y yo quería seguir su ejemplo. —Ay, mamá, todos sabemos que mi hermana lo sostiene; si no estoy equivocado, usted fue la primera en sacarla. —Tu hermana me dijo que no era así, y nunca afirmé nada; simplemente hice especulaciones irrelevantes. Sigue leyendo y, si puedes, intenta modular la voz, o sea, modificarla de acuerdo con los personajes. —Lo intentaré, pero no soy buena lectora, dice: Juan trató de sacarla como un animal feroz, tirándola del brazo sin pensar que podría hacerle caer a la criatura. —Espera, suéltame, por favor... Viviana apenas susurraba, aguantando el fuerte apretón en su antebrazo. —Déjala ir, Juan; ella va a quedarse aquí para vivir. Este lugar es mejor que su cambuche, que está en lo alto de esa colina. —John sujetó a Juan por el hombro hasta que este giró la cabeza y mostró su rostro consternado, con los dientes apretados y dando la impresión de que emanaba vapor oscuro por la nariz. —Permítanos despegar sanos. —Juan dejó ir a Viviana, pero comenzó a apretar los puños, controlándose para no golpear a su amigo. —No, hijo mío, ya estamos demasiado apretados y no quiero tener conflictos con el esposo de esa chica ni con sus padres. —La madre de John, desde la cocina, le gritó a su hijo para rechazar su propuesta. —No se involucre, John; es mejor que vaya y se meta bajo las naguas de su madre. —Juan terminó su frase retadora escupiendo al aire. —Juan, por favor, comprueba si es respetuoso con la casa ajena donde se le alimenta. —La madre de John seguía gritando desde adentro, evidenciando que todavía tenía un oído agudo. —Pues tampoco es la gran cosa, la comida le sabe a feo, tampoco es para que me humillen por un plato de comida. —Qué ingrato, siempre llega sin avisar y nunca le negamos un bocado. —La casa resonaba nuevamente con la voz de la matrona. —Perdóneme, doñita, es que a veces, o casi siempre, soy un patán, perdóneme, le juro que la próxima vez les avisaré que vengo y John también, perdóneme; de todas maneras, pues yo le ofrezco mi humilde rancho a Viviana y a la niña... —Juan la dejó ir y se tocó el pecho debido a la vergüenza. —Es que tampoco es posible allá en esa loma, con esa casa de latas. Ya sé, tengo unos ahorros. Vamos, con eso compramos una buena estufa y mercado. —John lo interrumpió mostrándole unos billetes arrugados. —Huy, qué detallazo. —Juan tomó el fajo de billetes por un extremo hasta que John lo tiró, preguntando: —¿Estás loco? Usted tiene la capacidad de convertir este dinero en humo, no, señor; yo iré con ustedes y, además, me llevaré unos rollos de tela que mi madre ha tenido durante años. Con eso recubrimos las paredes de lata de ese cambuche para que no les dé tanto helaje. —Es usted muy gentil, don John. Vamos. —Viviana tomó la mano de Juan, lo que hizo que él se quedara callado y asintiera con la cabeza. Se despidieron y se fueron a tomar un medio de transporte. —¡Ese es el bus! Vamos rápido, que no espera y tarda mucho en volver. —Juan gritó y salió corriendo para detener el autobús, que se detuvo, aunque estaba repleto de pasajeros y casi no cabía. Se acomodaron en el tumulto como pudieron y no lograron hablar hasta que alcanzaron su destino. Llegaron a la vivienda de Juan. Al abrirse, el candado oxidado emitió un chirrido. Dentro, fueron envueltos por el aroma, a humedad y humo. Viviana se dispuso en un rincón, cubriendo a la niña. Juan se tumbó en la colchoneta, con la vista puesta en el techo de latas. —Ya vuelvo, voy a ver cuánto mercado puedo adquirir. —John salió a encontrar un supermercado para maximizar sus ahorros. Juan se preguntó: “¿Y si llamo al Roedor?”. “Podría escapar de esta pobreza.” “Adquirir ropa, licor, incluso un televisor”. Sin embargo, la imagen de la niña lo acosaba. Esa manita en su rostro, esa mirada pura. John, con un gesto grave, apareció poco después y apartó a Juan hacia un rincón alejado. —Juan, necesitamos conversar. —¿Qué? —Juan vio a Viviana y se dio cuenta de que estaba dormida. —Ya sé lo que tienes en mente. No puedes entregarlas. Juan se puso en pie, enfurecido. —¿De qué hablas, viejo? —Me crucé con el roedor y me dijo que él las necesita y que te propuso una buena cantidad de dinero. —John frunció el entrecejo y dejó caer los paquetes de mercado, así como una estufa eléctrica de un solo lugar. Juan lo abofeteó mientras murmuraba furioso: —¿Y qué? ¿Te vas a encargar de mantenerme? ¿Me vas a dar de comer, por casualidad? —No, pero no todo se trata de dinero. Esa mujer tiene confianza en ti. —No pedí que tuvieras confianza —murmuró Juan—. No soy un santo. —No, pero aún puedes optar por no ser un demonio. Las palabras de John quedaron suspendidas en el aire. Juan se sentó, con sudor; después se acostó, girándose de espaldas a John, y se durmió. Juan salió a la calle aquella noche. Se dirigió a una esquina oscura y sacó un teléfono móvil antiguo. Llamó a un número. —Roedor, soy yo. La voz al otro lado contestó fríamente: —¿La tienes? Juan dudó. Exhaló con fuerza y miró hacia el cielo. —Sí. Pero no estoy seguro de si quiero entregarla. El silencio se prolongó. Después, el Roedor se echó a reír. —¿Desde cuándo tienes reparos? Escucha, niño: si no me la traes, te buscaré. Y no únicamente a ti. Juan colgó, temblando. Era consciente de que el Roedor decía la verdad. Cuando regresó al rancho, vio a Viviana despierta y con la pequeña en brazos. —¿Dónde se encontraba? —preguntó ella. —Caminando. Pensando. —Don Juan, tiene que tomar la decisión. O me ayuda, o me aniquila. Juan la observó y sintió vergüenza por primera vez en años. —No entiendo a qué te refieres, pero estoy contigo para lo que necesites.
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