VIVIANA
La tarde caía sobre el barrio, con un cielo plomizo que parecía anunciar tormenta. Viviana sostenía a su hija con fuerza, mientras Juan caminaba a su lado con pasos nerviosos. El recuerdo de la camioneta blanca lo perseguía: el dinero que dejó escapar, la oportunidad que se esfumó. Cada vez que miraba a la niña, sentía un nudo en la garganta. Esa caricia inocente lo había desarmado, pero la voz del Roedor seguía resonando en su cabeza: “Cuando la tengas, me llamas. Te pagaré bien.”
Viviana lo notaba inquieto. —Dijiste que me ibas a invitar a almorzar; sin embargo, esta casa no tiene nada de parecido a un restaurante.
—Es que no todo es lo que parece, como la situación de su hermana; ella es prisionera en una mansión, por el cargo de amar a un perdedor. —Juan golpeó una puerta blanca, de donde salió una anciana.
—Hola, Juan, qué alegría que vengas a visitarnos. —La anciana con una mueca alegre se apartó haciéndoles una seña para que entraran.
—Con permiso. —Viviana siguió y entró haciendo varias reverencias.
—Aleluya, qué muchacha tan hermosa y qué lindo bebé; menos mal que no se parece a su padre —la anciana cuchicheó a la niña. —Señorita, ¿cómo es posible que usted haya tenido intimidad con este miserable?
Viviana dio dos pasos brincados hacia atrás y un frío la recorrió desde los pies.
—Lo siento, supuse que ella era hija de Juanito, ja, ja, ja, ahora sé que es de otro mísero. —La anciana continúa carcajeando, mientras los condujo a un comedor, y ella frente a una escalera gritó: —¡John, mijo, le llegó visita!
“No puede ser, esta es la casa de John”, Viviana pensó y no comprendió la razón de por qué su corazón se aceleró.
—Ya les sirvo el almuerzo, por favor, siéntense. —La anciana se dirigió a la cocina que se ubicaba en un extremo de la sala, que al mismo tiempo también era lavadero y tendedero de ropa, pues el apartamento era muy chico.
—Hola, Viviana, me encanta verte de nuevo. —John sonrió enseñando los enormes dientes blancos.
—¿Y a mí no?
—Juan, nadie se alegraría de ver esa cara tan horrible, mentiras, también me alegra, me ahorraste la ida a su barrio, es que le tengo noticias sobre don Jefferson. —John bajó y saludó con un beso en la mejilla a las madres y al bebé. Juan estiró los labios para que también lo besara y John se acercó abriendo la boca y a unos centímetros de proximidad se detuvo y gritó: —Huy, no, ¿qué tal?
La señora les sirvió sopa de menudencias de pollo con arroz y una carne frita que maltrataba los dientes, con un café de sobremesa.
—Mamá, es que a ella la rescatamos, la tenían secuestrada una gente mala. —John mordió la cabeza de un pollo y los huesos crujieron.
—Es verdad, señora, ellos son mis salvadores.
—Terrible, deberían haberle informado a la policía. —La anciana dejó de comer para colocar atención a la charla.
—No, señora, es que no se puede, pues en el tiempo en que estuve con los secuestradores, observé que eran amigos de varios policías.
—Terrible, ¿y ahora qué va a hacer?
—No sé, tengo que buscar un empleo para luchar por mi hija. —Viviana le pegó un puño a la mesa.
—Es complicado, pues para buscarle la comida no le podrá dedicar tiempo. —La señora agachó la cabeza y continuó comiendo.
—De todas maneras yo la voy a ayudar a cuidar. —Juan habló con la boca llena de comida y arrojó arroces al aire.
—¡Pobre, muchachas!, es que Juan ni siquiera se sabe cuidar él mismo. —John alzó el vaso de jugo simulando un brindis.
—¿Qué dice usted, si no aguanto a su esposa y ni siquiera le deja ver a sus hijos? —Juan expuso los trapos de su anfitrión al sol.
—Qué brusco, es solo un niño, y según ella ese hijo no es mío.
—Sí ve, es que le cogió tanto fastidio que le negó al hijo para que no tenga pretexto para que deje de buscarla. —Juan rió para evitar que lo tomaran en serio.
Terminaron de comer y Viviana se ofreció a lavar la loza, mientras escuchaba lo que Juan hablaba con John.
—¿Entonces cuénteme qué supo de Jefferson?
—Nada, fui a donde vivía y la esposa se encuentra muy preocupada, que no sabe nada de él, que ya va a buscarlo en medicina legal y donde la policía.
—Tenaz, ojalá el Man esté vivo, ese gordito era buena gente.
—Oiga, ¿y usted qué tiene con ella?, ¿cómo así que se la va a sacar a vivir? Ella nos había contado que iba a pedirle posada a una hermana.
—Eso se le complicó, es que la hermana vive en la casa de la suegra y esa señora no camina, sino que levita, y con decirle que faltó poco para que nos pegara y que casi nos toca traernos a la que fuimos a buscar.
—Complicado, Juan, entonces por eso se la va a llevar a vivir a su casa.
—Sí, mientras, la arreglo o la vendo... A la casa, por supuesto, ja, ja, ja.
—Pobrecitas, por allá tan lejos de todo.
—Pues va a estar mejor que la hermana, va a aguantar frío, pero no humillaciones.
—Eso es lo que usted dice; espere a que se les pase la luna de miel y verá cómo aparecen los problemas.
—John, usted lo dice por experiencia, aunque usted fracasó debido a que ambos eran jóvenes y les faltaba madurar; yo, en cambio, ya estoy crecido.
—Estás crecido en cuerpo, no en mente; por dentro eres un niño.
—De todas maneras, yo no me voy a quedar mucho tiempo con don Juan, es por unos días mientras consigo un trabajo para pagar una pieza. —Viviana interrumpió la charla.
—¿Qué tal este? Ya está comprometiendo a la niña, y más encima ustedes se consideran viejos y no tienen más de veinte años. —La madre de John les trajo unas cervezas.
—Por eso es que la amo. —Juan hace un esbozo y casi vacía la cerveza de un trago.
—Dele suave, que hay poquitas. —expuso John para que tomara con calma, además de que ya conocía que Juan perdía el control cuando bebía en exceso.
—Pues se compra más, aunque no hay dinero, pero de algún lado sale la plata; desde luego que primero voy a desocupar para que me quepan muchas. —Juan se dirigió al baño y la madre se encerró en su cuarto, de manera que John se quedó a solas con Viviana.
—Señorita, no debería irse con Juan, mejor quédese aquí, les daré mi cuarto y yo me quedo en el sofá.
—No, don John, no quiero volver a cometer el error que cometió mi hermana pequeña; sé que su madre es dulce, pero las mujeres somos muy posesivas y no podemos convivir. Si lo hacemos, en un mes seremos enemigas. Además, me incomodaría compartir casa con usted.
—¿Acaso le caigo mal?
—No es eso, es que de pronto su novia se puede molestar.
—No tengo novia, no tengo tiempo para eso.
Viviana sentía que una corriente la jalaba a los labios de John; ella deseaba que le propusiera que estuvieran juntos; de pronto haría el esfuerzo para vivir en ese hogar, y el silencio se hizo incómodo, entonces ella consideró ayudarlo. —Tal vez podrías sacar tiempo para conocernos.
—No creo, es que me ha ido muy mal en el amor, es que desde que a los cuatro años me enamoré de una vecina y reuní la fuerza para declararle mi amor y esa niña me rechazó, desde ese instante me traumatice y ahora esto último, lo de mi exmujer. Es que he sufrido mucho que ya no quiero seguir intentándolo.
—No pienses eso, en la vida hay que seguir adelante, sufrir y recuperarnos; podríamos ensayarlo juntos.
—No sé, aún no estoy listo.
—¿Luego cuánto llevas de separado?
—No más de dos años y me parece una eternidad.
—En ese tiempo ella ya debió de haberte olvidado.
—Por supuesto, ya tiene otro marido y tuvo una hija de él.
—Si ves, es mejor que te des una oportunidad; de pronto por eso fue que nos encontramos.
De repente, Juan salió del baño con la cara constreñida, bufando: —¡Viviana, nos vamos ya!