Padre y madre no estaban en casa, ya que vivían ocupados en el palacio de Ronia I. Eran los profesores de magia oscura de las princesas. Sin embargo, los pasos de los criados era audible y tenía la certeza de que no estaba sola. Abrí la puerta y escudriñé el pasillo.
—¡Lucys! —grité.
El pasillo se extendía de lado a lado. Los cuadros familiares permanecían colgados en la pared, acompañados de la tenue luz de las lámpara. Mostraba, en línea, una solemne sucesión de mis antepasados.
—¡Señorita Zarkaliz! —respondió mi criada al otro lado del pasillo.
En el lado derecho del pasillo había una esquina que doblaba a la derecha allí apareció una mujer gorda con mantel puesto. Se secaba el sudor de la frente con un paño y se acercaba con premura. Tenía la nariz pomposa. Si no fuera por su voz suave y dulce, pudiera hacerla pasar por un puerco.
—Señorita Zarkaliz, disculpe la demora —dijo e hizo una reverencia, se plantó frente a mí. La miré con frialdad, porque no debía tardar para un asunto de importancia—. El chófer preparó la carroza para usted.
«Me gustaría que dejaras de sudar tanto, puerca», pensé.
Era cuando los criados tardaban en llegar a tu puerta. Sin embargo, estaba de buen humor y no quise reprenderla, pues no tenía culpa de nacer pobre y, a parte, ignorante. Gracias a las leyes que nos permiten tener empleados de la vieja capital, Lucys no tiene porqué vivir con aquellos salvajes.
—Esta bien —dije.
—Dis…Disculpe señorita Zarkaliz. —Agachó su cabeza y se arrodilló. Entonces pegó su repugnante frente sudorosa al suelo de mármol—. Comprenda que mis labores son para más de una mujer.
—¿Te quejas? —Arqueé una ceja.
«Descarada, te dimos un hogar», pensé.
—No señora, no, no, no… —dijo y besó el suelo—. Por favor, perdone mi tardanza.
A veces quería abrazarla, pero recordaba mi posición como alta sociedad, una noble, así que mis pensamientos sentimentales se nublaban. Ellos eran la escoria de nuestra nación, además de ser nuestros esclavos.
—Levántate —ordené con severidad, haciendo un gesto desdeñoso con la mano.
Ella se levantó, temblorosa. Tenía el pañuelo en el pecho. Con sus regordetas manos, apretó el pañuelo. Sus ojos violeta me daban lástima. De pronto recordé la mirada de Almsi en ella. Me dí cuenta que no valía la pena ser cruel con Lucys.
—Sigue con tus deberes y no digas nada más —espeté y alcé la barbilla con superioridad.
Lucys regresó por donde apareció y, al doblar la esquina, despareció sin dejar rastro. La estela de su cuerpo fue absorbida por las ventanas, que estaban abiertas, al final del pasillo.
Respiré hondo y ahogué las ganas de patearla como un perro, como se lo merecía. ¿Quién se queja y hace esperar a un noble?, ¿no conocía las reglas que tanto le habíamos enseñado? Mal agradecida, siento el alfiler de la traición. Si hubiera mil mujeres en la casa, sería absurdo, además de caro. Lucys puede encargarse de todo.
Crucé el pasillo por el lado contrario, bajé unas escaleras de caracol, deslicé la mano en la barandilla de cuarzo con extrema sutileza, apenas rozaba mis dedos con el material. Dos criados con chaleco n***o y calzones abrieron la doble puerta arqueada e hicieron una reverencia. Caminé por el sendero de piedra, aspiré el aroma de las flores del jardín. La fuente que rodeé llevaba un pintoresco ser alado con una cabeza en la mano, el cual tenía la boca abierta y un chorro de agua salía de ella. Los faroles estaban encendidos, de cada lado. En la salida principal me esperaba el chófer para abrir la portezuela del armazón. Una vez que estuve dentro del armazón, cerró la portezuela, escuché el relinchar de los cuatro caballos y de inmediato, el azotar de la fusta.
Nos movilizábamos en dirección al palacio. En la cabina del armazón, había mesa, ubicada en el centro; del otro lado, asientos vacíos. Decidí correr las cortinas y encender la vela de la mesa. Quería pasar discreta entre la gente del centro. La gente no podía ser más ruidosa, incluso a horas donde la luna estaba en ascenso. La sinfonía de la capital iba en aumento de volumen. Aunque había corrido las cortinas, sentí el impulso de admirar la capital.
Cuando corrí las cortinas, borré la sensación de discreción, ya que el deseo irrevocable de ver mi querida Nustredam, era irrefrenable; estábamos en plena calle, giramos en una esquina que estaba iluminadas por faroles. Había ropa tendida en los edificios que nos rodeaban; corrían niños, por la acera, hacia la puerta de sus hogares. El olor a pan recién horneado entró por mi nariz. El recuerdo recuerdo de los deleites de la maravillosa panadería central de Nustredam, me trajo hermosos recuerdos de la niñez. Escuché voces de jóvenes que anunciaban noticias del día.
Doblamos por una esquina donde un puente arqueado anunciaba una bajada. Ví como dos nobles señoras disfrutaban de la vista que ofrecía el cielo estrellado, conversaban sobre algo. Habían coros de ciertos grupos de música, dedicados a propagar el arte en las calles de Nustredam, lo cual daba armonía y vida a la noche. Quisiera destacar la presencia de los bardos, quienes portaban laúd en mano y algunos, flautas de pan. Son mis artistas favoritos, solitarios, pero llenos de historias y leyendas sobre nuestra nación.
Volvíamos ascender y en lo alto comenzaba a emerger la gran torre de reloj. La fuente tras la verja de la cúpula de la sede del consejo emitía un hermoso sonido, mientras las personas caminaban con paso apremiante. La mayoría iba con sombrero de copa, otros con peluca, que odiaba cuando padre la usaba, y casaca. Unas cuantas mujeres eran acompañadas por sus doncellas, que iban a su lado. Algunas doncellas sostenían un paragua que combinaba con el color del corsé de la ama.
Había una realidad en todos aquellos rostros. Me recosté en el espaldar, mantuve mis manos juntas en el vientre. Tenía un extraño presentimiento. Agucé el oído para escuchar a los niños que repartían noticias y nadie hablaba del suceso de la muerte del guardia y Almsi, es como si hubiera pasado por alto. Recordando mejor, cuando el guardia había caído al vacío, nadie se había congregado alrededor del cuerpo de la víctima, al contrario, seguía la imperturbable normalidad que hoy vivo.
La normalidad parece ser una relativa realidad dentro de mi visión. Iba camino a ver a Ronia I de Mesti, la reina del imperio de Celis. Jamás había tenido una audiencia con ella, aunque la había visto en sesiones del consejo, y en recuerdos borrosos, no muy claros, la había visto en un caldaso. Traté de entender el motivo de las palabras de… ¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Dos hombres con levita y sombrero de copa?
Sumergí mis pensamientos para entender si alguna vez había escuchado sobre semejante personajes, pero, nunca supe de ellos ¿Por qué aparecieron? ¿De dónde provienen? La duda me asalta cuando recuerdo que Norask había advertido su presencia antes que nosotros, estaba asustado, rígido y tenía la mirada como una piedra cuando ambos caballeros se presentaron en la escena.
Habían leído los pensamientos de Norask o simplemente escucharon lo que dijo sobre el encuentro que tendríamos. Es imposible negar el aspecto siniestro de ambos hombres, aparentaban ser un ciudadano cualquiera, pero los distinguía ese aspecto tan extraño, con el aire ominoso alrededor.
Traté de olvidar la imagen de ellos dos, pero era tarde cuando lo intenté.