Capítulo 4 (Kiria)

1220 Words
Yo reposaba en la cama con el dosel corrido. No dejaba de pensar en las palabras de Almsi. Parecía normal, transcurría el día como cualquier otro. Asomo de alguna conducta inexplicable de Almsi, no había. Loan, Norask y Mihrai habían vuelto a subir en aquel momento. Mi mejor amigo me abrazó; Norask y Mihrai observaban, atónitos, el acto salvaje de los habitantes de la vieja capital en el borde. —Primitivos —masculló Norask y negó con la cabeza. —No podemos hacer nada por recuperar el cuerpo —dijo Mihrai sin mostrar conmoción. —Debemos informar al consejo sobre la muerte de Almsi —aclaró Loan, sus brazos me aprisionaban en protección. Él calmaba mis nervios. Me habían encontrado apoyada en una de las piedras rectangulares de la muralla, estaba temblando por el repentino suceso. Cuando Almsi tiró el guardia, los tres muchachos escucharon el grito, seguido del impacto de un objeto pesado en la tierra. Vieron el c*****r cuando se asomaron al borde de la escalera. Entonces, Loan regresó y los demás le siguieron. Así fue como regresaron por mí. Sentía la energía de Norask revolcarse, pero Mihrai la calmaba con una mano en su hombro. Loan parecía estar sereno o lo fingía muy bien. ¿Sabían los pensamientos de Almsi? —Kiria —dijo Mihrai—. Debes informar lo que has visto. El consejo pedirá explicaciones urgentes. —Hay ausencia de pruebas ante tus palabras, Kiria —dijo Norask, taladrando mi corazón con la mirada—. Mantén presencia en casa, Mihrai y yo iremos en la noche a conversar sobre el suceso para orientarte. —Mihrai dirigió una mirada de preocupación a Norask. Loan y yo, estábamos sorprendidos por las palabras de Norask, pues habló como si fuera una asesina. ¿Por qué hacían falta pruebas? ¿Pruebas de qué? Almsi se suicidó, no había más prueba de ello. El consejo no puede interpretar que una maga oscura empuje a una maga blanca. Además, Almsi provocó la muerte del guardia, lo cual causará mayor disgusto en las fuerzas armadas de la reina. Sentí un mal augurio. La energía de Norask era más intensa al verme. ¿Sabía algo de Almsi que yo no? ¿Por eso sus palabras significan una sutil inferencia? Él era un guardia de elite imperial, permanecía horas en la sala de guerra, que se encuentra en los confines del palacio. Conocía secretos que jamás revelaría a sus más fieles compañeros de armas, tampoco a su criado. —No tardarán en llegar… —interrumpió Norask, extendió los párpados, asombrado. El sonido era irritante. Se acercaban los hombres de zapatos de tacón bajo, por las escaleras. Norask se irguió y chocó talones, llevó la mano izquierda a la cabeza a modo de saludo militar, Mihrai imitó sus movimientos. Loan y yo no entendíamos lo que ocurría, hasta que giré a la izquierda, donde estaba la entrada arqueada, y vi a dos hombres con levita y sombrero de copa. Llevaban un bastón y sus manos eran cubiertas por guantes blancos. El rostro de los caballeros era poco arrugado, ambos carecían de expresión. Uno de ellos daba una calada a su pipa mientras el otro caminaba hacia el borde donde estaba Almsi. Cabe destacar que ignoró nuestra presencia. —Era una híbrida —confirmó el hombre, serio, en voz baja. —Norask Crizmae —llamó el hombre de la pipa, tenía una voz gruesa que resonaba en el ambiente. Daba vueltas a la pipa frente su rostro. Impaciente, dado que Norask tardó un poco en resoonder. —¡Señor! —exclamó Norask e hizo una reverencia. —En nombre de Ronia I de Mesti, nuestra señora y salvadora de los nobles, solicitamos tu presencia en el aposento del palacio. —Dio una calada profunda a su pipa. Norask, pálido, tragó saliva—. Siento energía oscura aquí. —Me vio de soslayo—. La señorita debe presentarse en la noche. —Queda prohibida la reunión entre ustedes —dijo el otro hombre, posicionándose al lado del que llevaba la pipa. ¿Cómo sabían sobre nuestro encuentro nocturno? —Buenos días —dijo el de la pipa, movió el ala de su sombrero con el dedo. Dieron media vuelta, chocaron los talones y se marcharon. Loan me miraba, nervioso. Norask tragaba saliva con dificultad y los ojos de Mihrai manifestaban miedo. No entendía la situación. La pronta muerte de Almsi, las palabras, gestos, ojos, el guardia, los habitantes de la vieja capital, toda aquella porquería me traía sin cuidado antes de que ocurriera. Debía ser un día normal, como cualquier otro, ya que después de burlarnos de los miserables, asistiríamos al consejo e informaríamos sobre nuestros avances en la academia de magia. Luego Loan y yo tendríamos nuestro momento a solas, como buenos amigos íntimos. Mihrai, Loan y mi persona no estaríamos en esta situación, aunque, pensándolo bien… Loan no fue mencionado. ¿Por qué ignoraron a Loan? —Señor —dijo Mihrai al cabo de unos minutos de silencio—. Debemos marchar al palacio cuanto antes. —Kiria, ella nos escucha, igual que ellos —dijo Norask acercándose a mí ¿Norask también tú? ¿Qué pasa hoy con ustedes?—. Por favor, hagas lo que hagas… —Ha tenido suficiente —culminó la conversación Loan. Agradecí por su interrupción. —No podemos hacer esperar a la reina —dijo Mihrai. —Nuestra señora —corrigió Norask, viéndolo de espalda. Loan se hizo un lado para que ambos bajaran la escalera. Pensando en aquel instante, es complicado olvidar la mirada de desprecio que Norask mostró hacia Loan antes de marcharse. En aquel momento, no tenía importancia. La luna estaba próxima a salir. Me levanté hacia el armario de mi alcoba, traté de escoger un escote adecuado para la presentación. Mentir era en vano. Siendo honesta, sentía emoción porqué iba a estar frente a la reina, la salvadora de los nobles. Hizo la división por nuestro bien. Nos apartó de aquellos individuos que comían mierda. Sé que estaba mal que la Corona se hiciera rica a costa de los pobres, pero nosotros también nos hacíamos ricos a costa de ellos. Permanecí en casa el resto del día. Hice caso a la sugerencia de Norask. Rumiaba sobre el acontecimiento, era mejor evitar el consejo, no asistir. De todos modos, Norask y Mihrai no podían acudir debido a la audiencia con Ronia I. Además, no era obligatorio ir al consejo. A veces preguntaba por Loan en lo más alejado de mi mente. No lo he visto desde que alquiló el carruaje cerca de la salida a la vieja capital. Lo había hecho por el bien de mi seguridad. Antes de cerrar la portezuela, dijo: —Permanece en casa. Tenía el escote puesto y decidí llevar un faldón oscuro con bordados de flores doradas. Para marcar la figura de mi cuerpo, rodeé la cintura con un lazo rojo. Quería llevar la casaca, aunque lo puse en duda, era en momentos muy especiales para llevar aquella indumentaria y aunque este pudiera serlo, era mejor denotar la sencillez de mi nobleza. Tomé los aros y domé mi cabello rizado. Hice dos trenzas prominentes los aros plateados en la punta de ambas. Dejé caer dos flecos, cubriendo los laterales de mi cabeza. Me preparaba para arrodillarme ante el diablo.
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