Estábamos en los túneles subterráneos del imperio de la nueva capital. Caminando uno tras otro, oliendo los pedos de nuestros compañeros. Las narices rozaban los traseros sin lavar. Olían a heces fecales, quizás no teníamos días sin bañarnos.
—¡Alto! —exclamó el líder de la excursión.
Éramos cinco. Un mago de fuego iluminaba el túnel. Apenas escuchó la orden, apagó el fuego en sus manos. La tensión aumentaba en la atmósfera. A oscuras, temíamos de lo que podría ocurrir. Escuchamos voces y las identificamos: guardias imperiales. Mi hermano, quien era el líder de la incursión, hizo una pequeña chispa de electricidad con los dedos, era una señal conocida por el mago de tierra. Para comprender la situación, debía de haber luz, pero no fue necesaria para los desdichados que estaban sobre nosotros.
—Zonariom Temrra armenios —susurró el mago de tierra.
Escuché un leve forcejeo, un empujón, luego un golpe y, acto seguido, un grito ahogado. Regresó el fuego, iluminando el túnel. Habían dos agujeros a nuestro lado, a modo de tumbas, yacían los cuerpos de dos guardias de elite. De sus cuerpos manaba sangre y en la tierra, una línea roja trazaba la ruta hacia el infierno.
Sabía que nuestro mago de tierra era capaz de convertirse en uno con la materia de su elemento, lo cual causaba que fuera más temido que un topo. Sumergió a las víctimas de la superficie al convertirse en la tierra misma. Por tanto, asesinó en sigilo a los desafortunados. Cavó dos huecos para depositar los c*******s. Imagina estar parado en un sitio y ser absorbido por la tierra sin dejar rastro. No tienes oportunidad de escapar, mucho menos de pedir ayuda, solo… desapareces.
—Bien hecho Camaleón —comentó mi hermano, asintiendo.
—Sigamos —respondió Camaleón, sombrío.
El legendario Salamandra apoyaba nuestra causa. La historia de los hermanos híbridos Salamandra y Camaleón es larga, pero puedo asegurarte que el enlace de ambos hermanos, agua y tierra, era una de las combinaciones poderosas jamás conocidas en la magia de nuestra época.
Agucé el oído. El miedo recorría fluía en nuestra sangres, aunque lo disfrazamos de coraje. Nuestro intento de golpe de Estado era s*****a.
Los planes marchaban a la perfección. El grupo de Salamandra causaba estragos en la ciudad mientras los mercenarios tomaban las torres este y oeste. La ciudadela caía en manos de nuestros rebeldes, quienes eran trabajadores públicos encubiertos en apoyo a la rebelión contra Ronia I de Mesti. Esto hacía que la reina dispersara las defensas para tratar de cubrir todos los lados posibles. Una fuerza divida era más fácil de controlar.
Mi hermano dio la orden de detenernos. A duras penas escuchábamos nuestros pies arrastrarse. Los latidos de mi corazón llegaban a mi sistema auditivo.
—Camaleón, informa —ordenó Zerks.
Posó las manos en la tierra, cerró los ojos.
—Estamos en el palacio real —susurró—. Los rebeldes ganan terreno en la toma de la ciudadela.
—Información del azulejo —dijo Zerks.
Era ella… Ronia I de Mesti.
—Azulejo menor está recluida en las zonas aledañas del patio interior, percibe nuestra presencia —aclaró Camaleón y guardó silencio por unos segundos—. Azulejo mayor está junto Azulejo menor, no logro percibir rastro de Azulejo madre.
¿La reina no estaba en los aposentos?
—Deberíamos tomar la iniciativa y explorar el palacio en busca de la reina —sugirió mi hermano, aunque la idea era un poco impulsiva, yo lo apoyaba.
—Un asalto sorpresa no sería una opción aceptable, hay presencia enemiga en el exterior —replicó Camaleón.
Aquel maldito día… no lo olvidaré… no lo olvidaré nunca.
—¿Cuántos? —preguntó mi hermano.
—Cuatro —respondió Camaleón.
—Podemos contra ellos —concluyó Zerks.
Camaleón abrió un agujero. El cabello blanco de mi hermano destelló, luego él y su cuerpo se convirtieron en un rayo. Camaleón saltó a la superficie. El mago de fuego y yo nos miramos, erámos unos niños de doce años; sin embargo, la emoción nos embargó y salimos a la superficie detrás de ellos.
Nos rodeaban cuatro imperiales desconocidos, tenían escudos y espadas alzadas. El acero de la espada chocaba con el escudo, producía un ruido intimidante. La armadura negra destellaba, debido a la luz emitida por el cuerpo de Zerks. Sus ojos refulgían. Zerk Zaptirus era conocido como Nimbostratos.
Camaleón cubría su espalda. Me unía al mago de fuego para encarar a nuestros oponentes. Juntamos espalda y nos acercamos a Zerks.
—Zalbión y yo lucharemos los imperiales sombra —dijo Zerks a Camaleón—. Encárgate de los otros dos con Bulflam.
—Entendido —expresó Camaleón.
—No seré de mucha ayuda, maestro Camaleón, pero intentaré serlo —dijo Bulflam, no muy seguro de sí mismo.
El casco de los imperiales sombra se asemejaban a los de un perro con facciones felinas. Era aterrador, ya que del visor surgía humo n***o o gas… Lo que sea que fuese, eran magos oscuros armados.
—Zalbión —dijo Zerks. Lo miré, aunque él no quitaba la vista de los imperiales que caminaban hacia nosotros a paso lento—. Somos hermanos, tenemos capacidad de enlazar nuestra magia y unir fuerzas contra los servidores de Dubinis, así que sincroniza tu energía conmigo. Recuerda: nuestros latidos deben ir al compás de la respiración.
Concentré mi energía, cerrando los ojos. Lo habíamos practicado antes y funcionó. Cuando ya has estado cerca de la muerte, no temes a cualquier situación, vives en ella, como todo sobreviviente.
Mis ojos resplandecieron. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo. Parecía como si latieran dos corazones dentro de mí. Conseguía respirar más de lo habitual e imaginaba que poseía una fuerza descomunal. En ala muñeca derecha brilló la marca de mi piedra: un punto rojo y dos rayos en zigzag deformados, arriba y abajo, que se fusionaban con mis venas.
—¡Ahora! —gritó Zerks.
Nos convertimos en un solo rayo, parecíamos una flecha que se dirigía a uno de los imperiales. A mitad de camino, nos dividimos en dos. En consecuencia, chocamos contra los escudos y fuimos impulsados hacia arriba. Nos materializamos en cuerpo.
Esta sensación aún la extraño. Los días de miseria no han desaparecido, de modo que siempre recordaré a mi hermano. La energía recorría cada vena y rincón de mi cuerpo. Disolverse y convertirse en rayo, era volar como un ave hacia cualquier lugar.
—¡Zaptaria! —gritamos.
Pensamos igual, unísono. Unimos nuestros dedos, índice y corazón. Doblando el antebrazo, lo elevamos a la altura del pecho. Los dedos despedían chispas de electricidad. Hubo un flash breve y disparamos los rayos que quebraron los escudos de los imperiales sombra.
Caímos al suelo. Nos hallamos a una distancia favorable, respecto al combate. Escuchaba la tierra alzarse y el crepitar del fuego a nuestras espaldas. La batalla empezaba y parecía tener un final decidido.
Corrimos con los brazos atrás hacía nuestros oponentes, para luego tomarnos de las manos, saltar y convertirnos en rayos. Al hacer la combinación, adoptamos la forma de una esfera.
—¡Zonariom Electraria! —conjuramos.
Era increíble, maravilloso, un recuerdo que jamás olvidaré.
La esfera, aunque no lo vi, no costaba imaginarlo, primero hizo un campo de electricidad, después, en la zona de nuestros oponentes, descargó una cuantiosa energía que nuestro corazón expulsaba con cada bombeo. Oímos los rayos impactar en los escudos. Ellos se defendían de nuestra ofensiva.
—Zalbión, ¿me oyes? —escuché la voz de mi hermano.
—Sí, te escucho. —Cada segundo lo amaba.
—Se protegen del conjuro —informó—, necesitamos otra estrategia, aplicaremos «El Arco de Thundra». ¿De acuerdo?
Conocía «El Arco de Thundra». Es nuestro conjuro especial, de nadie más, solo nuestro.
Dejamos de ser una esfera, pasamos a ser humanos. Pero al hacerlo y tocar suelo, cesaron los rayos, una energía abrumadora nos perturbó.
Ambos nos miramos. Volteamos y Camaleón estaba luchando contra los dos imperiales, Bulflam no lo hacia mal. No teníamos un buen presentimiento. ¿Era una trampa? ¿Sabía ella que vendríamos? Era indudable, la energía que tanto nos perturbaba, era de un m*****o del clan Nexo… Ronia I estaba cerca.
—No podemos enfrentarla. —Fue mi error… Sé que fue mi error.
La mirada de mi hermano estaba llena de terror. Se disolvió en un rayo, cuestión que me tomó desprevenido. Todo se oscureció de improviso y sentí una pared en mi espalda, luego el dolor no tardó en hacerse notar en mi cuerpo.
La explosión retumbó en el lugar. Un mago gris había causado una explosión.
Estábamos aterrados. Mi hermano y yo veíamos que Camaleón se detenía junto a los guardias sombra. Bulflam dejó de luchar, quedó paralizado y el tiempo se había ralentizado. Unos aplausos hicieron eco en la sala, lentos. Los incisos provocaban un silencio de muerte.
Camaleón giró hacia nosotros y Bulflam cayó al suelo, muerto. La mirada de aquel mago de tierra era gélida. Pensamos lo peor.
Los aplausos eran ruidosos… Maldita sea aquel sonido… Cada uno, cada dos, cada tres… Era una sonata infernal mientras la presión de su ominosa presencia suprimía nuestros cuerpos. Teníamos los ojos como platos, las manos de mi hermano temblaban.
—¿Hermano? —pregunté. Sabía que estábamos perdidos.
—Estaremos bien. —Una mentira que aún no le perdono.
—Salamandra y Camaleón. —La odio… Maldita mujer… Su voz era desdeñosa—. La leyenda de los hermanos híbridos, consumados en la guerra de ambas tribus, agua y tierra. —Ella posó a un lado de Camaleón. Los guardias sombras se desvanecieron. Eran una ilusión, la trampa perfecta—. Ambos abandonaron sus pueblos, en busca de un lugar donde encajar, gracias a la guerra. Sus padres murieron. Dejaron de creer en la unión que el amor podría dar a dos bandos.
»Fue mi madre quien acogió a dos niños perdidos en aquel entonces. —Bajaba la mirada, como si fuera una verdadera madre, un ejemplar a admirar. Esa bruja no es nada de lo que es. Por ella, vivimos revolcándonos en nuestras heces, matamos a nuestra especie por sobrevivir, lloramos todos los días, ahorcados en sufrimiento. ¡TE ODIO!—, esos dos niños juraron lealtad a la Corona, cueste lo que cueste. —Extrajo un fajo de su vestido de invierno y lo entregó al traidor.
—Larga vida a Ronia —masculló Camaleón, elevando la capucha del hábito.
—¡Creí en ti! —gritó mi hermano, frustrado.
—Lo lamento, Ronia I de Mesti es nuestra señora —aclaró Camaleón, impávido.
Una figura de agua emergió del suelo y adquirió la forma humana de Salamandra. Llevaba el hábito azul marino y la capucha alzada.
—Puedes dar por terminado tus días de rebeldía, Zerks —anunció Salamandra—. La resistencia ha caído.
Traté de levantarme, pero hermano me dejó plasmado en la pared, con una patada. Entendí que debía quedarme allí, a su espalda.
—Ronia I de Mesti —dijo mi hermano, arrastrando las palabras—. Has ganado.
—Siempre gano —proclamó Ronia I como si las palabras fueran un dulce que saborear—. Inexpertos en el arte de la guerra. ¿Pretenden convertirse en líderes de un reino?
Soltó una carcajada, aquella maldita y sonora carcajada.
—Ignorantes, pobres, muertos de hambre, individuos sin capacidad de ser y existir. —Quería cortarle la lengua—. Los dividí para que ustedes no perturbaran la paz de nuestro verdadero reino. He sido benevolente en dejarlos con…
—¿Benevolente? —Interrumpió Zerks.
Ella arqueó una ceja.
—Puedes meterte esas palabras en el… —Jamás escuché a mi hermano hablar con tanta decisión—. Tú nos dividiste porque pensabas que alguno de nosotros causaría la profecía que tanto temes.
—Eres inteligente —dijo Ronia I, sorprendida. Y es que, mi hermano, es más inteligente que tú, reina de mierda—. Sí, algunos de ustedes será la plaga que liberará a SoS y quiero mantenerlo lejos de mi reino, antes que sea capaz de amenazar a mi sangre.
—¿Y si naciera bajo tu putrefacta barriga bastarda? —dijo mi hermano.
Dio justo en el corazón de la bruja.
—¡Maldito insolente! —bramó Ronia I, furiosa.
Una onda de energía hizo temblar el lugar.
—Hermano, es la hora —avisó Zerks—. Es todo o nada, moriremos tarde o temprano.
Me levanté. A continuación sincronizamos energía. Salamandra y Camaleón tenían los brazos extendidos. Ronia I había creado una espada de hielo en su mano, sus ojos azules se adoptaron el color turquesa. Sus cabellos blancos, como la nieve, flotaban alrededor de ella, parecían tentáculos.
Duramos un rato en silencio, hasta que Salamandra y Camaleón decidieron arremeter contra nosotros.
—Agua y tierra, recuérdalo —advirtió hermano.
Yo no respondí, solo comprendí.
Salamandra era mi oponente. Acercó su puño contra mí, lo esquivé y traté de asestar un gancho a la boca de su estómago. Hizo una zancadilla. Salté, uní mis dedos y disparé un relámpago. Salamandra era rápido, desapareció ante mi vista y reapareció detrás de mí. Ronia I apuntó su mano hacia la dirección donde se encontraba su ciervo.
—Congelito —recitó la bruja.
Congeló el agua que Salamandra había dejado bajo mis pies. Sentí el filo de la daga cerca de mi riñón.
—Es tu fin, niño —susurró Salamandra en mi oído.
No podía moverme. Un flash cegó mi visión, siguió un trueno. Recobré el movimiento de los pies. Creí que Salamandra me había herido, pero aseguré, con mi mano, que mi piel estaba intacta. Los latidos de mi hermano se aceleraron, percibí su corazón agitado lejos de mí. Por tanto, rompimos la sincronía.
Apenas miré hacia el techo, Camaleón descendía, como un águila al asecho de su víctima, con el puño de piedra. Salté hacia atrás, justo a tiempo, su puño de piedra hizo un cráter. El polvo y las piedras impidieron que pudiera ver. Sentía un ardor inaudito en el ojo derecho, dado a la arenilla. Abrí el ojo izquierdo, bajando mi mano, la cual usé para cubrirme. No sé como, pero parecía una bala de cañón, Camaleón venía contra mí a toda velocidad. Me convertí en rayo y aparecí en otro lugar. Para mi mala suerte, Camaleón me siguió.
Esquivé dos puñetazos letales que destrozaron el pilar que estaba detrás. Traté de responder con un punta pie, pero recitó un conjuro de tierra que me alzó en el aire. Mientras yo ascendía, el saltaba hacia mí. Me convertí en rayo para alcanzar el techo y reducir la distancia con Camaleón. Sin embargo, fue un error.
El agua es conductora de electricidad. Salamandra hacía calculado el lugar donde me dirigía. Una esfera de agua me atrapó. La presión en el interior de la esfera, destruía mis órganos. Escuché el trueno del rayo de mi hermano.
Lo que ocurrió a continuación aún me atormenta. La bola de agua estalló, lo cual causó que mi cuerpo cayera desplomado. Sin embargo, no alcancé el suelo. Sentí dos golpes que terminaron por fracturar mis costillas y mis brazos. Dos temibles golpes que me dejaron sordo por mis gritos de dolor.
Escuché la furia de Zerks. Percibí una expansión de su energía. Había caído al suelo. La sensación de perder una batalla, derriba toda esperanza. Creímos que todo podría solucionarse con un simple plan: dar fin a la tiranía de una gobernante.
Cuando sentí el frio suelo del aposento de la reina, entendí que habíamos sido derrotados. El sufrimiento era insoportable y mis nervios se adormecieron. No obstante, presencié un hecho impresionante. La electricidad cubría los contornos de la anatomía de Zerks, pero adoptaba la forma de un ave.
—Her…Hermano —recuerdo haberlo dicho. Sentía una energía irreconocible en él.
Junté las pocas fuerzas que me quedaban, quería tratar de ver lo que hacía. Mi vista se oscurecía al paso de los segundos.
—¡Salamandra y Camaleón! —escuché ordenar a Ronia I—. ¡Huyan, yo lo enfrentaré!
Cobardes, no tenían el suficiente poder de enfrentar a mi gran hermano, se ocultaban en la espalda de una mujer. ¿No les daba vergüenza? ¿Dos hombres protegían una mujer más fuerte que ellos? Idiotas. Ronia I era la mujer más poderosa de nuestro tiempo ¿Creen que pueden protegerla? ¡Ella misma se protegía y los usaba como señuelos!
Sí fuera como sus antepasados, solo como ellas… Sería la reina perfecta y no una tirana. Espero que la princesa Liquidia y Karila no sean así. Todos rogábamos que alguna de ellas derribara el muro y no siguiera con el legado de su madre.
Alcé la vista, aunque se tornó borrosa.
—Hermano —mascullé.
No podía definir lo que ocurría. Solo veía una figura eléctrica chocar contra una forma de hielo abstracta. Chocaban y se distanciaban, como si estuvieran bailando. En uno de esos choques, ví el acero de la daga de mi hermano repiqueteando contra la espada de hielo de Ronia I. Luego se detuvo, bajé la vista. Escuché una sucesión de sonidos indescriptibles. Cristales que se rompían y truenos… millones de truenos. Era como si la tormenta no terminara nunca. Entendía, lo entendía perfectamente: Zerks hacía honor a su apodo Nimbostratos. Era como estar dentro de una nube cargada de electricidad.
No sé cuanto tiempo pasó, pero el ruido cesó. Unas manos me recogieron. Creí haber muerto en aquel instante, pero luego entendí que él había muerto…. Zerks.