No teníamos que hacerlo, pero para encajar, era mejor hacerlo. Escuchaba las risas de Loan, mi mejor amigo que era un mago de viento. Estaba eufórico junto a Mihrai, Norask y Almsi.
¿Estoy de acuerdo? No pude estarlo. Nosotros lanzamos pollo descompuesto, queso rancio y carne podrida, al otro lado de la muralla. Los niños, hambrientos y desnutridos, corrían en pos del alimento caducado. Deseaba tanto cubrir mi visión con ambas manos, irme a casa y borrar las imágenes de mi cabeza.
—Ha empezado —dijo Loan, sonriendo.
Es inhumano lo que hacíamos. De hecho, era imperdonable. Lancé panes lleno de hongos. Muchos de los panes los encontré tirados en la calle. Además, fueron mordidos por ratas de alcantarilla.
La masacre inició. El hambre convirtió a los niños, en cucarachas insaciables por adquirir un trozo de comida. Así se matarán, porque eran duelos a muerte, al día siguiente regresaban por más comida.
—Voló en pedazos a su camarada, eso es ser un mago gris —comentó Norask, asintiendo con una risita aguda y ridícula.
—Deberías ver lo que el mago de tierra está a punto de hacer —advirtió Almsi. De improviso se abalanzó sobre borde de la muralla, excitada—. ¡Acaba de aplastar con una piedra a cuatro de sus compañeros! ¡Increíble!
—El hambre no conoce aliados. Sobrevives o mueres —opinó Loan, soltando una carcajada junto a Mihrai, quien no había dicho nada.
Nos llamaban «la alta sociedad Celistiana». ¿Esto es ser alcurnia? ¿Reír de la mala suerte que tienen los habitantes de la vieja capital?
Horror es la palabra concreta para definir lo que estaba sintiendo. Quería vomitar, no había visto tanta sangre en mi vida. Mis oídos retumbaban con cada grito desgarrador de un alma inocente que caía desplomada al suelo. El colapso de la humanidad por un pedazo de pan, pollo, queso o carne. La turba seguía corriendo, eran muchos, no podía contarlos.
—Es divertido, Kiria. —Sentí una mano en mi hombro, era Loan—. Ellos son la escoria de nuestra nación. ¿No merecen la muerte?
Usureros, muertos de hambre, pobres, delincuentes, enclenques e infinidad de términos despectivos, son usados para definir a cada habitante de la vieja capital. Tal cual como nadie los recuerda, ellos son nada para nosotros.
Me incluyo, porque aunque creían que aquello era injusto, yo no hacía nada por detenerlo. Sentí un extraño impulso por reírme, me pareció gracioso cuando un mago de trueno tropezó y, acto seguido, fue calcinado por un mago de fuego. No debería haberme reído, pero ellos, mis amigos, estaban riéndose; yo también debía acompañarlos, aunque deseaba llorar en vez de reírme. ¿Por qué era así? ¿Por qué éramos así?
—¡Kiria está disfrutando del espectáculo! —observó Norask, riéndose.
Lo inevitable estaba hecho: yo era como ellos. Alta clase, era alta clase ¿no? Ellos, del otro lado de la muralla, son excremento. Asimismo, peones baratos para las invasiones bárbaras, satisfacción del sadismo de los militares de alto rango de la reina Ronia I de mesti, nuestra señora. Agradecí haber nacido en la zona segura de la muralla y no ser parte de la pobreza.
Pensarás que éramos personas malvadas. Los habitantes de la vieja capital, eran los malvados… ¿Entiendes? O ¿tratas de entender? No justifico mis actos del pasado, solo trato de decir que nos habían criado con la creencia de que los enemigos eran los pobres. Ellos estaban en el fondo y nosotros éramos los altos, sus dioses, sus jueces.
Almsi se acercó un poco a mí, apartando a Loan con suavidad.
—Siento tristeza dentro de ti —susurró Almsi, dejando caer el peso de su cuerpo en una pierna. La miré—. Acostúmbrate, ellos merecen la muerte.
Dio unas palmaditas en mi hombro. Lo dijo con tanto desdén, asco y rabia hacia los niños que pareció como si fueran piezas inservibles de un tablero. Nunca había visto una mirada tan fría, inexpresiva y oscura como la de Almsi Vujkoh.
¿Sabes qué es lo más impresionante? Almsi Vujkoh era una maga de luz. Ella rezaba por los fallecidos. Según el ideal de su sangre, debía proteger a los inocentes hijos de Marissa, diosa de la luz. También debía velar por el bien en la tierra y el equilibrio de la oscuridad que habita en el interior de los seres vivos. Ella era una hija de Marissa, una sacerdotisa en otras palabras, considerada «hija de la vida» por ser un m*****o del clan Lukorian, donde todos son hijos de la diosa de la vida y la paz.
Es un chiste mal contado, ¿verdad? Una maga de luz que profesaba, todas las tardes, su amor a la vida en el templo del lago de Miaolussi, estuviera regocijándose con la escena de niños que luchaban por comida.
Yo soy una maga oscura. Por tanto, mi objetivo era velar por la almas en pena. Una característica que mi familia exigía, era mostrar frialdad, como Almsi. No soy capaz, sigo siendo sensible a la muerte; incluso a mis habilidades como maga. Como hija de Clarssatinia, diosa de la oscuridad, era una blasfemia manifestar emociones que transmitieran conmiseración por los seres vivos.
—El rey del pollo descompuesto es un mago de agua —dijo Mihrai con un bufido—. Esperaba algo mejor.
—El dueño del queso rancio es el mago de tierra —dijo Loan, agitando su cabello rubio. Ladeó la cabeza para que el mechón de su cabello no cubriera la frente sudada.
—Yo envenené la carne, así que el bastardo mago de fuego pagará sus pecados —dijo Almsi, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Te gusta rezar unos cuantos nombres cuando acudes al templo? —dijo Norask, burlón.
Almsi chistó, como si le fastidiara la idea de rezar.
—No me interesa rezar por los paganos —dijo Almsi, sacudiendo su cabello. n***o.
Todos la miraron con asombro. Yo no.
—Deberías aprender de ella, Kiria —dijo Mihrai, sacudiendo su hombro. Me miró como si fuese una maga de clase inferior.
No comprendí sus palabras. Miré a Mihrai con desprecio.
—Compréndela, es una maga oscura sensible —No encontraba lógica en sus palabras.
Su mirada era autoritaria y, debo admitir, atractiva. Almsi era una chica con labios finos que cualquiera desearía morder; cutis limpio, blanco y perfecto. Vestía siempre con el escapulario blanco, con símbolos negros del templo. No niego que la tentación masculina de perderme en la belleza de su feminidad, era impropio de mi cultura como mujer. Sin embargo, era inevitable la energía s****l que desprendía Almsi. Loan me ha contado sus experiencias a ocultas con ella. Pues Loan Ventoris es un típico chico rubio con el cabello rizado. Sus ojos eran verde, por el elemento viento. Musculatura definida, piernas delgadas, pómulos rellenos, mandíbula recta y fuerte. Vestía con un pantalón de lana teñido de n***o, con unas dos cintas blancas en ascenso sobre su abdomen. Casi nunca llevaba algo que le cubriera el torso. A excepción de invierno, cuando usaba bufanda, era la oportunidad de haber algo de prendas en el cuerpo de Loan.
—¡Mihrai! —exclamó Norask, con autoridad.
—Ordene —dijo Mihrai, irguiéndose y chocando los talones del pie.
—Avisa al capitán de la torre oeste sobre nuestro descenso a la ciudad —dijo—. No tardes mucho. —Esbozó una sonrisa desafiante.
Mihrai no respondió, sino que asintió. Sus ojos amarillos destellaron. Un breve flash nos dejó ciegos por unos segundos. Desapareció.
Norask Crizmae y Mihrai Zaptirus, dos compañeros de toda la vida, quizá, íntimos.
Mihrai Zaptirus era un mago de trueno, como te habrás dado cuenta en mi narración. Norask Crizmae, era mago gris. Ambos compartían hogar desde que nacieron. Según Loan, quien los conoce mejor, la familia de Norask convivía con la familia Mihrai antes de los acontecimientos de la construcción de la muralla. Sin embargo, la familia de Mihrai era pobre y, cuando comenzó el decreto de la reina, el cabeza de familia de Norask, habló personalmente con el cabecilla de la familia de Mihrai. De manera que llegaron a un convenio al finalizar la conversación: Los Zaptirus del norte serían personal de servicio de los Crizmae del este. En consecuencia, Mihrai se convirtió en guardián y criado de Norask. Esta causa de los Crizmae del este, salvó a los Zaptirus del norte, ya que no cayeron en la peste de la vieja capital.
El sonido del trueno me asustó. Me aferré al esbelto cuerpo de Loan, quien sin pensarlo me tomó desde la cadera. Sus esculturales brazos me rodearon. A continuación mi estómago sentía un ardor intenso de placer al sentir sus dedos sobre la tela de mi hábito n***o.
—¡Señor! —apareció Mihrai, agachado. Luego se levantó, irgió de nuevo la espalda y chocó los talones—. Están atentos de nuestro descenso.
—Descansa Mihrai, eres rápido —dijo Norask con una sonrisa afable.
Puede que mis pensamientos hagan creer que tardó. La verdad era que Mihrai duró un fragmento de segundo. Los magos de trueno son rápidos durante los viajes cortos y dígase que la zona oeste de la nueva capital era lejana para nosotros que estábamos a pie. Incluso, eran kilómetros en carroza.
Norask tenía una serie de clinejas que descendían por su espalda. Su nariz era ganchuda y sus labios eran gruesos. No tenía una piel tan clara como la nuestra, pues era moreno. Cargaba un jubón con el emblema del clan Crizmae. A veces lo veía desnudo, cuando iba a los pozos termales del sur. Sabiendo que era indecoroso, mi deseo juvenil accionaba engranajes sexuales dentro de mí. Nada era impedimento para admirar su cuerpo hinchado por los músculos tonificados. Era todo un guardia de elite, el primero de nosotros en salir de la academia Mundiosis al servicio de nuestra señora.
Mihrai tenía el cabello lacio, naranja. A diferencia de nosotros, era el más bajo del grupo. Parecía una zanahoria andante, pero según las historias de Loan, no había que subestimarlo. Pese a su porte famélico, y rostro similar al de un zorro, como guardián de Norask, hacía un papel fundamental en la protección del mago de elite. Aunque pensábamos que Mihrai era inferior por ser un criado, estábamos equivocados. Muestra del poder de Mihrai, era la capacidad de volverse uno con la materia de su elemento (cuando se transformó en rayo para avisar a la torre), hecho que ninguno de nosotros había dominado.
—Bajemos muchachos, debemos asistir al consejo real —ordenó Norask.
—Kiria, quédate conmigo un momento —solicitó Almsi, quien todo este tiempo estaba contemplando el horizonte del norte.
Miré a Loan, desconcertada. Temía de Almsi.
—Estarás bien, no muerde —masculló Loan, dándome un beso en la frente.
—Nos vemos en el consejo —dijo Norask, llevando una mano al hombro de Mihrai.
Los tres chicos bajaron las escaleras de la entrada arqueada de la torre a nuestra izquierda. Estaba a unos pies de distancia de Almsi. El viento jugaba con sus tres trenzas. Los aros chocaban, provocando un tintineo.
Hubo un breve silencio, entre ambas. El viento silbaba en mi oído. Nuestros hábitos ondearon gracias a la corriente de aire. El resplandor del alba daba un aire nostálgico a nuestros rostros.
—Detrás de esta capa de crueldad, también existe temor, Kiria —dijo Almsi—. Comprendo la injusticia de hoy y los días venideros, es imposible detenerlo.
Sé de lo que hablas Almsi.
—Quisiera ayudarlos, pero me he vuelto como «los altos». Mi alma está corrupta. No puedo purificarme —admitió Almsi—. Siento pureza en ti. Cuando ellos estaban muriendo, tu energía estaba alterada. —Clavó la mirada en mí. Tenía los ojos vidriosos—. Somos la vida y la muerte encima de una muralla que divide el mundo en dos.
—Almsi —susurré. Pensé bien las palabras—. No conozco mucho sobre tu persona, pero lo poco que he conocido, has demostrado una frialdad absoluta ante tus ideales como servidora de la luz.
—He fallado Kiria, como servidora. Soy un ciervo de la perversidad —dijo Almsi, acercándose. Mi corazón palpitaba con fuerza. El perfume a rosas que desprendía su cuerpo, golpeaba mi olfato—. Ellos son humanos, Kiria, creemos que son nada, pero ellos son algo. —Contradecía nuestra posición, ya que éramos «altos». Ellos seguían siendo la peste—. Ella trama algo, Kiria. —Tomó mis manos. Me miró con una expresión rara en el rostro, no sé como describirla.
—¿Quién? —pregunté sin entender sus palabras.
—Ella está tramando algo en contra de nuestro clan, estamos en peligro —advirtió Almsi, una lágrima cayó al suelo. No pude responder.
¿Nuestro clan?
No entendía sus palabras, parecía como si estuviera loca. De pronto, sonó la campana del palacio, que se extendía detrás de los muros de la ciudadela.
—Debemos asistir al consejo —dije con convicción.
—No quiero vivir en la vieja capital —dijo Almsi, captando mi atención.
¿Vivir en la vieja capital? ¿Qué diablos pasaba contigo Almsi? Esas actitudes anómalas comenzaban a asustarme. No creía ni mitad de lengua de lo que me está tratando de indicar. ¿ Acaso Ronia I tramaba algo en contra de nuestro clan? Almsi era una Lukorian… No una Darklorian.
—Debes calmarte, no entiendo quien te ha dicho esto, pero no vivirás en la vieja capital mientras te mantengas al margen de las leyes de nuestra señora, ¿entiendes? —dije con rapidez, debíamos asistir al consejo real.
—No iré al consejo —sentenció Almsi y luego me empujó.
Se situó al borde del muro, extendió sus brazos.
—¡Por Dubinis! —exclamé— ¡Baja de allí, Almsi!
Un relámpago me hizo caer al suelo. La energía me estremeció. Un guardia de elite estaba a espaldas de Almsi. Sus ojos expresaban alarma y terror.
—¡Señorita, apártese del borde! —vociferó el guardia, tratando de tomar su mano.
—¡Expandio! —recitó Almsi.
Un aura, en secuencia de una energía, surgida de ambas manos extendidas, hizo caer al guardia por el borde contrario. La muerte del pobre hombre no fue normal. El grito del guardia se perdió en el vacío. Oí el eco de su cuerpo al impactar en la tierra. Me asomé por el borde contrario, el cuerpo del guardia estaba en una posición extraña. Volteé para observar a Almsi, quien estaba en problemas.
—No soy una Lukorian absoluta, soy una profanación —dijo Almsi, girándose.
Esos ojos no los olvidaría jamás y de eso estoy segura. Un ojo izquierdo blanco, un ojo derecho n***o… Era un alfa híbrido… Una mezcla de ambos clanes.
—¿Estás loca, Almsi? —pregunté sin comprender lo que había hecho.
—Ella lo está, Kiria —dijo Almsi, cerrando los ojos—. Ronia I ve a los Darklor como una amenaza al reino y… —Extendió sus párpados, brillando el ojo blanco con fuerza y el ojo n***o despedía materia oscura—, ¡prefiero la muerte antes que ser pobre!
Dicho esto, dejó caer su cuerpo al abismo de la vieja capital. Asomé mi vista al borde. Vi su glorioso cuerpo descender metro y metros de altura, parecía que nunca fuese a terminar, hasta que… el eco. Su cuerpo, al caer, levantó una nube de polvo.
Alcé mi vista para asimilar el escenario que marcaría mi joven vida. Los niños corrían al asecho del c*****r de Almsi. Volvía la competencia por la comida. No quería verlo… No podía hacerlo… Aquellas risas, aquellas burlas, eran propias del canibalismo…
Me aparté. Escuché de nuevo el ruido de los niños que luchaban por comida. Ellos devoraban a Almsi. Descuartizaron su cuerpo. Comían como si fuera un festín… Un festín gratificante de carne humana.