No sé como volví a dormir, tampoco sé en que momento me venció el cansancio. Extendía los párpados y tenía la vista clavada en el techo de barro, que estaba reforzado con madera podrida. ¿Quería despertar otra vez? Creer en la anciana de la cuadra es un error. Puta estafadora y asquerosa, me recomendó mantener la fe en un veneno prometedor, que compré para suicidarme. Aseguró que funcionaría y me llevaría a la tumba una vez por todas. Ahora bien, allí estaba como un imbécil que veía la estructura de un techo que, efectivamente, era un techo.
¿Tocar el piso o tocar fondo? Traté de quedarme dormido y así podía dejar de sentir… Sí, quería dejar de sentir una vez más. ¿Nunca has tenido el estómago vacío?, ¿nunca te molestó el sol por las mañanas?, ¿has estado sin beber agua por dos días enteros?, ¿aspiraste todos los días salir del maldito agujero que por suerte te tocó nacer?. Hablando de la suerte, llamamos suerte a lo que se nos antoje, menuda basura, ¿verdad? Aferrarse a un concepto irreal para vivir con falsas ilusiones de que un día saldremos del abismo. Los mismo sucede con la esperanza, solo son quimeras de nuestra mente.
Debía levantarme, alguien estaba tocando la puerta. Sentí el frío del barro recorrer los nervios del pie. Gruñí y revolví mi cabello castaño. Llevándome las manos a la cabeza, sacudí las hormigas que se habían atrincherado en el cuero cabelludo. Además, me rasqué por las desgraciadas pulgas. Vi, por la ventana, el exterior. El alba apenas iniciaba, una lamina de luz se extendía por el suelo y los críos ya estaban armando jaleo en las calles. Escuchaba sus odiosas risas y el parloteo de los demás ciudadanos. Incluso, si aguzaba un poco más el oído, juraría que oía los chismes de las viejas de la cuadra.
—¿Puede dejar de tocar la puerta tan fuerte? —exclamé conteniendo la ira.
Tengo ojos amarillos que, cuando enfurezco, brillan. Es una característica común de los magos que pertenecemos al clan Zaptirus. A veces, los humanos, comunes y corrientes, se burlan de nosotros por el refulgir de nuestra mirada. En el fondo sé que nos envidian, porque poseemos lo que ellos no tienen. Sin embargo, como todo animal adaptado a la naturaleza para sobrevivir contra lo que no puede luchar, los humanos idearon una bala capaz de matar un mago o neutralizar su energía. Así que no puedo alardear mucho de las bondades de no poseer magia, pues el ingenio florece en las peores circunstancias.
La puerta estalló en mil pedazos de astillas. Entonces llevé mi mano para cubrirme el rostro. No pude evitar retroceder en la cama de piedra y pegarme a la pared. Cuando bajé la guardia, una mano gruesa, áspera, que formaba parte del brazo prominente y velludo de un mago de fuego, estaba elevándome a unos centímetros del suelo. Por supuesto, me había tomado del cuello. Veía el rostro del agresor: un hombre con barba negra, bien afeitada, claro está, corte de cabello tipo cepillo, militar; también tenía los pómulos hundidos, supongo que era por el alcohol y la poca comida en los cuarteles; sus ojos eran rojos y crispaban llamas alrededor de la pupila.
—Pedazo de escoria —propaló el hombre y escupió al suelo—. Responde la puerta cada mañana y evitarás un castigo mayor.
Lo que faltaba, un mago de elite del clan de los Fugor. ¿Por qué desperté? Pude aparentar estar muerto y, tal vez, me iban a llevar a la fosa común. Quizá así hubiera estado muerto y, poco a poco, caería en el sueño de la muerte. Los cuervos vendrían y se comerían mi carne, al igual que lo gusanos. Creo que todos nacemos para alimentar a la tierra. Al fin y al cabo, somos sus hijos.
—Per…dón —barboté.
Me soltó, caí de culo. El mago sacudía su traje rodeado de símbolos nómadas, que eran los símbolos de nuestros antepasados. Además, lo sacudía con desdén y fastidio. ¡Qué actitud más rara la de esa gente!
—Deberías tratar de ser amable —dije al llevar una mano a mi cuello.
El mago chistó y volvió a escupir el suelo. ¿Por qué escupe tanto al suelo? Ni que las hierbas crecieran con la saliva.
—El alba despunta las montañas sagradas de los Valles de Armedia. Por tanto, recibes el baño del amanecer divino. Deberías contestar la puerta y alegrarte por recibir las bendiciones de nuestra señora —dijo con voz discursiva. Tenía las manos en la espalda y alzaba el mentón.
Traté de levantarme, pero el mago arqueó una ceja y no apartó la mirada asesina. Comprendí que debí quedarme en el suelo, sumiso y quieto, como el resto de los pobres que hacíamos vida al otro lado de la muralla.
—Eres obediente —observó—. ¿Olvidas recibir la bendición de nuestra señora cada mañana?, Es deber de todo ciudadano de la vieja capital…
Y allí estaba escuchando el sermón una vez más. Tantas veces lo repiten, los siete días de la semana, cada mes y cada año hasta que los reproduces en tu mente. De este modo se te grababa el día a día de la existencia al otro lado de la muralla, porque recordabas lo miserable que eras. Por otro lado, la situación de la muralla no solo era un problema, sino, también, las malditas leyes que Ronia I de Mesti, la reina. Ella vociferaba a todo pulmón desde su palacio, leyes que amedrentaban nuestras consciencias y cuerpos.
La creación de la muralla marcó la vida en nuestro mundo. Y digo mundo porque esto era lo único que nos tenían permitido conocer. No teníamos idea que allende del lago Mialoussi había un reino vecino. En fin, éramos habitantes de la vieja capital, desdichados, pobres y mediocres según las creencias de los nobles de la nueva Nustredam.
—…Usted como ciudadano de la urbe séptica de nuestra nación, debe comprender las necesidades en cuestión de fe… —continuaba el charlatán.
A veces, cuando hablaban como un orador experto en difundir toda clase de parloteos citadinos por unas cuantas monedas, me preguntaba: «¿Creerán en un Dios el día de su muerte?». Proclamaban a los cuatro vientos la necesidad de creer, rezar y rendir culto a los dioses. Sinceramente, las heces fecales son imposible de agradecer a quién quiera que sea el portador de las desgracias que vivió al otro lado de la muralla. Incluso, como todos, dejé de creer como un inepto en un Dios. No existía una diosa como Marissa, tampoco Zaptis, mi supuesto dios y del cual soy hijo por nacer en el clan Zaptirus. ¿Un padre deja solo a su hijo en un mundo devastado por una loca como reina? ¿Una madre deja a sus fieles hijos, quienes oran para no morir a manos de quienes también son sus hijos?, es irónico que el mal y el bien provengan de un padre y una madre. ¿No es esa una verdad que rige el universo por ser la imagen y semejanza del creador y la creadora?
—…A manos del todopoderoso, luz sagrada del alba de los valles, espíritu de Armedia, princesa fallecida a manos de la traición. Perdono tu miserable falta de amor y desinterés a no recibir, con agradecimiento, las bendiciones de nuestra señora —culminó e hizo una reverencia. No escupió al suelo y me pareció raro.
Juro a quien me esté escuchando que en ese momento quería atacarlo para que me calcinara con una fulminante bola de fuego. ¿Perdonar? Hijo de puta, cumple tu trabajo. Ustedes son verdugos desde el nacimiento. Ya no juzgan, solo matan a quién sea bajo las ordenes de una v****a con corona.
—¿Te quedarás mirando y no responderás? Retó el mago extendiendo las manos.
Ese día deseaba morir, pero no respondí. El cabrón emitió una carcajada como si adivinase mis pensamientos. Asentía con mofa y hacía ademanes con la mano. Yo arrugué el rostro y lo miré con asco, pero mi expresión pagó caro el precio. Recibí una patada en la costilla, luego en la frente y, después, una patada en el estómago. En consecuencia, me quedé ovillado en la tierra, con lágrimas en los ojos. Soportaba el dolor como debía hacerlo todos los días.
—Enclenque. ¿Crees que matarte es suficiente castigo? Pues… ¡No! —Desternilló y me dio una patada de propina en la pantorrilla.
Quería juntar los dedos, índice y corazón, recitar zaptaria y atravesar su mal formado corazón. Ansiaba ver como un relámpago hacía justicia ante la plaga que tenía en frente. Temblaba, eso hacía, temblaba de impotencia. Aferraba los puños al pantalón de lana, sucio, hediondo a orina. Bajé la mirada, no quería observarlo, era repulsivo. Apreté los dientes cariados.
—Disfruto el sufrimiento de los infieles a nuestra señora y sus bendiciones. —Hizo un breve silencio, como si meditara las palabras—. Mierdecillas como tú desean la vida cuando están cerca de la muerte —dijo volteándose, pero antes de dirigirse al quicio de la puerta, me pateó, una vez más, y me escupió. Su saliva cayó en mi nariz y olía a vino. Alcé la mirada, mis ojos brillaban con intensidad al verlo. Quería desbordar mis lágrimas, pues sentía el ardor de la electricidad que fluía en mis venas. Deseaba matarlo, enfrentarlo y así eliminar su existencia venenosa del sitio. El mago se detuvo en la puerta, me miró de soslayo con una media sonrisa, eructó.
—Hazlo —dijo con tono desafiante—. Dispara tu relámpago, mago del trueno.
Quería hacerlo, de verdad quería hacerlo. Estaba a pocos metros de mí, podía haberlo matado. ¡El maldito miedo a fallar me lo impedía! ¡Mi cobardía a la muerte!
—No eres capaz —dijo al cabo de unos minutos en los que no sucedió nada—. Cobarde.
Cruzó el umbral. No lo pude soportar, lloré como nunca. Grité y golpeé la piedra. Repetí la acción varias veces sin detenerme. Mis nudillos sangraban, pero esa herida no era tan grande como la que tenía en mi alma amordazada por la crisis que atravesaba el reino por culpa de una reina obsesionada con una profecía. Mis ojos reflejaban las manos nerviosas con las que nací; manos sin voluntad, sin valentía. Era un cobarde, debí hacerlo. ¿No buscaba la muerte?, ¡era el momento perfecto! Solo debía disparar, unir mis dedos, recitar el conjuro y lo mataba. Luego iba a llegar la división de magos de elite y acabarían con mi vida.
¡Maldición! Golpeaba y seguía golpeando la piedra, no me importaba quedar sin dedos. ¡No me importaba en absoluto! ¡De nada servía tener dedos si no los sabía usar!
—¿Zalbion? —dijo una voz. Era ella.
Dejé de golpear la piedra. Observé su espléndido rostro demacrado, brazos de fideo, costillas que se veían por los agujeros de los trapos que apenas cubrían su cuerpo. Tenía un ojo hinchado y la voz era rasposa. La habían maltratado.
—Otra vez —dijo con voz queda—. Otra vez lo hicieron.
Salté hacia ella y la abracé con mis pocas fuerzas, nuestras costillas se unieron y nuestros corazones, partidos y casi muertos, convergían en cuanto a su estado anímico. Ahora me acompañaba en el llanto. Escuchaba la vida transcurrir afuera mientras sufríamos bajo el techo del hogar. ¿Cómo podía llamarse vida?, ¿por qué los niños reían mientras llorábamos? Fui niño, pero hubo un instante en que dejé de reír. Había dejado de reír hacía muchos años, cuando experimenté un poco del sufrimiento adulto. Apenas cumplí trece años, el mundo me pisoteó con todas su ganas. Así sentía yo mi mal fario al nacer en un sitio como aquel, pero nadie nace en el sitio equivocado, por mucho que lo neguemos.
—Por favor, cálmate —dijo ella. El tacto de sus caricias en mi columna, que sobresalía en la piel, me calmaban—. Siento tu energía perturbada.
—La odio —dije entre dientes. Anhelaba, desesperación, verla muerta y empalada en el centro de la plaza—. La odio, Jhimoa.
—Es la madre de nuestras torturas, no podemos hacer nada, nacimos así —dijo Jhimoa y partió en llano de improviso—. Otra vez lo hicieron Zalbión, volvieron a violarme… Abusaron de mi cuerpo el resto de la noche, por eso no volví… ¡Maldición!
Maldita… Maldita Mesti…
—La mataré Jhimoa, juro que la mataré. —Ocultar mi impulsividad era en vano.
Jhimoa me apartó y me vio a los ojos. Los de ella eran verdes y alrededor del iris danzaba una especie de mota blanca. Sus cabellos, sucios y secos en su frente, ocultaban sus cicatrices. Las marcas inolvidables de los maltratos que ha vivido desde que fuimos a parar en la vieja Nustredam.
—Eres como un hermano menor y un hijo para mí, Zalbión —empezó a explicar lo mismo de siempre. Jhimoa no me quería dejar morir—. No sabría que hacer sin ti.
Odiaba tanto el «no sabría que hacer sin ti» que suspiré y me senté en la cama. ¿Tienen que decir eso las personas que amamos en el fondo? Tal vez, nunca he amado suficiente y por eso no digo tal ridiculez. Lo dicen como si la vida dependiera del otro, ¿No somos seres individuales y velamos por nuestro propios ideales? Jhimoa era como una hermana para mí, una amiga irremplazable, la madre que nunca tuvimos mi hermano y yo. Era de esas personas que encuentras y deseas que nunca se vayan de tu lado. Podré expresar ese deseo, el hecho de no irse nunca por su valor en mi vida, pero, cuando ella muera, lo cual es inevitable en la vieja capital, ¿seguiré dependiendo de su brazo para llorar?, ¿seguiré dependiendo de sus palabras llevadas al viento como su elemento? No, no dependeré de ella, porque sí sabría que hacer sin ella: morir.
Ella tomó asiento. Recostó su rostro cadavérico en mi hombro. Escrutamos cada niño que corría delante del umbral. Era un grupo enorme de famélicos cuerpos morenos, blancos y negros que hacían la carrera del hambre.
—Volvieron a lanzar comida —dijo Jhimoa—. Los altos no se cansan.
«Llevan años sin cansarse de reír, Jhimoa», pensé.
—Es una lástima. Hoy muchos no verán la luz del amanecer —continuó Jhimoa.
Escuchamos, en consecuencia, gritos de niños. La futura generación se mataba por la comida, descompuesta, que lanzaban los burgueses. Muchos no merecían morir, pero ganaba el que mataba a más contrincantes. Todos los días ocurre y la población no se cansa de parir niños. Era como un ciclo funesto que servía de entretenimiento a los altos.
—Te odio, Ronia I de Mesti —gruñí.