Capítulo 12 (no editado)

4314 Words
—El faraón está de nuestro lado quien sabe por cuanto tiempo, Ronia I es señora de las tierras de Celis, rindan tributo a la corona o no, los pueblos estan bajo la misma. —Explicate —dije sin entender ni media palabra. —Los dos años son concedidos a un apróximado de tiempo para que Ronia I despiste el asunto de nuestro estado fugitivo y le importe un grano de arroz el hecho de pisar el suelo del aposento del faraón. —Es un concepto estúpido. —Para nosotros y quizá, para toda celis, para Ronia I no lo es, te recuerdo que es una maniaca de la religión, asesina y sin lugar a dudas, una tirana, es capaz de hacer actos imprudentes por las creencias que le han devorado el alma, puede eliminar al faraón si es necesario hacerlo para cumplir su objetivo. —¿No es ilegal dentro de los acuerdos? —Zalbion, reitero el hecho de que Celis entera, pertenece a la corona, rindan tributos o no, los pueblos estan bajo la misma. —Entonces, ¿Por qué no estamos bajo arresto? —Armatham fue el primer rey junto a Celis de Mesti del territorio nomada y, la desendencia del faraón, es de sangre pura, por asuntos de creencias de la reina, no puede decidir sobre la divinidad del faraón en territorio ancestral, temiendo de la ira divina de Armathan. —Creo que por una vez, la estupidez de la reina nos da un punto a favor. —Eso espero Zalbion —reflexionó unos instantes, contemplando el crepitar de las llamas—. Ella es capaz de todo, Arkoa me lo ha recordado. Los días que precedieron a la noche de nuestra conversación, fueron llenos de emocionantes entrenamientos que duraban semanas en el desierto, habíamos tomado la desición de entrenar la semana entera y, al final del día de comienzo de semana, luchar contra Kiria. Debo admitir que añoré la victoria pasada contra Kiria, la única que tendría. Las demás batallas estuvieron llenos de dificultad, donde por más de un año, Kiria mantenía la victoria en alto. Cada semana, era mucho más rápida, manejaba conjuros que aún estaba aprendiendo a controlar, mientras Jhimoa me enseñaba los aspectos básicos de la magia gris, Kiria sabía hacer exploiter y destructo a la perfección. Estaba un paso delante de mi cada vez que nos enfrentabamos y, aunque acabé comiendo tierra, Jhimoa no estaba decepcionada, al contrario, sentía orgullo al ver que estoy creciendo y avanzando. —Una derrota del más temido guerrero, no dicta la sentencia de que seas el peor, porque los mejores, fueron los peores a su vez —dijo una noche, cuando Kiria ya había sanado mis heridas.. La relación con Kiria había mejorado, aunque distantes, estabamos cerca de alguna manera. Supe en seis meses, como evadir las corrientes de aire de Jhimoa, escapar y estar a solas en el oasis de la muralla sur durante las noches, un placer culposo ante mi salvadora, pero me gustaba verla caminar en el agua bajo las estrellas, orar al dios del abismo, arrodillada, con un halo místico y precioso. Era el deleite visual que podía durar horas, en sigilo, estando bajo la sombra de una pared de una casa, observandola. —Sé que estás allí —dijo una noche. Salí del escondite, avergonzado, no tenía excusa alguna. —He estado sintiendote desde la primera noche en que has estado allí, bajo las sombras ¿No estás cansado de vivir en la oscuridad? Caminó hasta la orilla, interrumpiendo el rezo. Se sentó en flor de loto, parecida a Jhimoa, palpó la tierra a su frente. —Sientate, podemos hablar —dijo sonriendo. Estaba frente a ella, sus ojos me hacian temblar, junté las rodillas y le acompañé. —Nunca hemos tenido la oportunidad de conversar —retiró un mechón de cabello al costado de su rostro pálido. —Motivos sobran para hablar de ello —contesté, imitando el acento noble. —No tienes que fingir, sé lo que eres, vienes de la vieja capital — No pude evitar ruborizarme. —¿Cómo lo sabes? —tenía los ojos como plato, estaba totalmente sorprendido. Hizo una risa nerviosa. —Es un secreto. —Tú también guardas secretos —arqueé una ceja. —Todos guardamos secretos. —Supongo, que es parte de nuestra sombra. Hizo una mueca, dubitativa. —Decir lo mismo, no sería lo correcto, pues, no tengo sombra —encongió los hombros—. Soy la sombra. Patético, Zalbion. —Lamento observarte sin mediar palabras antes —dije para desviar mi ignorancia. —Tú me recuerdas a él —dijo de súbito. —¿Quién? —Un buen amigo —pensó algo durante unos minutos—. Tu maestra, la maga de viento, tiene una energía familiar a él. —¿Enserio? Asintió, sonriendo. —¿Puedo saber el nombre de tu amigo? —pregunté, carcomiendome la duda. —Es imprudente averiguar los saberes de una dama, señorito —el tono de nobleza de Kiria era menos petulante que el de Jhimoa, es dulce. —Entonces, disculpa, la imprudencia es un arte dificil de ocultar. Ella se cubrió la boca para reirse. Su risa era preciosa. —Puedes hacerme compañía durante las noches. Casi salté de alegría al escucharlo. —Puedes rezar las horas que gustes —dije—. Estaré en la orilla esperandote. La oscuridad no me permitía apreciarlo del todo, pero sus cachetes parecieron estar rojos. Pasaron las noches en la que Jhimoa nunca se enteró, o eso parecía. Kiria terminaba de rezar e iba a la orilla a conversar. Hablabamos toda la noche hasta quedar en silencio y admirar el amanecer. —Eres un poco descuidado —dijo una noche. —¿Descuidado? —Claro, Nimbus —ha decidio llamarme así, es un alago viniendo de ella, aún con la voz tierna—. En las batallas, sigues cayendo. —Pero me levanto, nunca he desistido. —Tengo el presentimiento de que me has dejado ganar las últimas batallas, siento un gran poder dentro de ti —tomó mi mano, acelerandome el corazón—. Tu energía es mucho mayor que antes. —No lo sé manejar, es el problema, tal vez —aproveché la excusa. Entrecerró los ojos, llevandose ambas manos a la cadera, acercando su rostro al mío, casi tenía un infarto. —Nimbus, aún tienes mucho por mejorar —dio un toque a mi frente, un gesto muy común en ella conmigo. —¡Bien, lo sé! —agité la mano, sonriendo. Mentía para hacerla sonreir, ocultaba el hecho de dejarme vencer por ella, doliendome sus lágrimas, juré nunca hacerla llorar otra vez, por dicha razón, perdía tantos combates como fuera posible, aunque la verdad y cruel es, que Kiria siempre será superior. —Es complicado amar alguien, Zalbion —dijo Jhimoa una noche en el transcurso del año. Estabamos Jhimoa y yo en la fogata interna, sentados. La miré con intriga. —No te diré que no la sigas viendo… No me mires así —me vió de soslayo, percatandose de mi sorpresa—. Engañar un mago de elite con un conjuro básico es propio de un pricipiante, ¿Enserio creías que neutralizar los sentidos con un campo electromagnetico te ayudaría? —Aprendí de la mejor a ocultar secretos. —No eres bueno ocultando secretos, desde la primera noche te estuve siguiendo —hizo una sonrisa de lado—. Kiria a mostrado mejoría en su conducta desde la vez que habló contigo, Arkoa bajo mi estricta opinión, decidimos que lo mejor para el cambio de ella, es que sigas compartiendo en soledad con la maga oscura. —Me siento como un objeto. —Lo eres para nosotros, sigo en desacuerdo, pero no hay modo de hacerte entender, debes aprender por tu cuenta y disculpa lo que estaré a punto de decirte —me sentí ofendido ante las palabras de Jhimoa—. Loan es buena amistad de ella, sí, el mismo Loan, mi hermano y, estoy sospechando de Kiria, algo que Arkoa aún no puede creerme. Era esa energía familiar que Kiria sentía en Jhimoa, la frecuencia de Loan, su amigo. Mi estómago estaba revuelto, quería vomitar la cena. —No bajes la guardia con Kiria, hay secretos en nuestro corazones que en los ojos reflejamos. El fin del primer año estaba cerca, Ronia I hacia visitas en menor frecuencia, estaba al tanto de nuestras pisadas en Jhandosea. Cumplía los trece años en el mes de la luna azul. —Feliz año de vida —dijo Jhimoa, dando un beso en mi frente—. Tengo un regalo. Me levanté entusiasmado, sonriendo. —Cierra los ojos y respira profundo —dijo Jhimoa con un aire de complicidad que no le conocía. Bajé los párpados, dejando en oscuridad la visión. —No intentes hacer trampa alguna, lo sabré —advirtió. Escuché pisadas, luego el chocar de algunos objetos, de nuevo pisadas y fin. —Extiende la mano derecha —ordenó con pasividad. Un objeto pesado aterrizó, sentí una extraña sensación familiar de ella. —Puedes abrirlos —dijo. Había una piedra con forma de rayo, marcada con runas brillantes en amarillo. No podía serlo, era imposible creerlo. —¿Cómo pudiste? —pregunté, dejando que las lagrimas corriensen en mis mejillas. —Ronia I es fuerte pero no astuta. —¿Lo tenías todo este tiempo? —Era la voz que habías escuchado, su voz, Zalbion. La abracé, cerrando el puño con fuerza, protegiendo contra todo mal la piedra de mi hermano. Los magos alfa cuando mueren, su alma es almacenada en la piedra que funciona como corazón, sus recuerdos y omnipresencia, viven allí. La única forma de morir eternamente y partir al abismo o al paraíso, es quebrar la piedra. —Gracias por no permitirlo —sentí tanta alegría de saber que aún puedo conservar el corazón de Zerks. —El jamás permitió daño alguno sobre nosotros —me tomó por lo hombros. —Eres increíble —dije. —Debo arruinar un poco tu felicidad para anunciar malas noticias, Zalbion —captó mi atención—. Es necesario avisarlo, Kiria partirá a principios del mes Omega. El golpe fue lo suficiente para abatir mi alegría. Comenzaría el año nuevo con su despedida. —¿Hay motivos? —pregunté, deseando escuchar una respuesta razonable. Jhimoa suspiró, viéndome con tristeza. —Se han enterado del cambio de comportamiento de Kiria, los nobles del clan darklor, la quieren de vuelta, para formarla a su manera —explicó. —Es inaudito —expresé, molesto. —No solo eso, Zalbion, necesito digieras lo que te voy a decir —dijo Jhimoa. Respiré, tratando de calmarme—. Kiria cambió gracias a ti, siente emociones al verte, emociones que aún no puede identificar, pero Arkoa y yo, sí —secó la última lágrima de mi mejilla con la manga del escapulario. No encontraba palabras para definir la alegría de los latidos de mi corazón. —¿Eso qué tiene de especial? —pregunté. —Los magos oscuros son alfas complejos, tienen una personalidad cínica, por no decir, nihilista en cierto modo —se sentó en la cama, a mi lado, rodeandome con el brazo—. Arkoa era un niño como los demás miembros darklorian: inexpresivo y asesino. Nuestro maestro, Salamandra, ayudó a desviar aquel camino turbio que Arkoa tendría a vivir, pero algo influyó en él para motivar a cambiar su vida: el amor. La observé y ella asintió. —Se enamoró de la maga equivocada —dijo Jhimoa con una sonrisa—. Yo estaba enamorada de tu hermano desde el primer día al verlo en la vieja capital, rebelde, porte de líder, sobresaltaba su cabello blanco con aire amarillo entre los demás moribundos. Escuchar esas palabras sobre él, me llenó de orgullo. —Era necesario que, Arkoa no lo supiera, su mejoría causaba bienestar en Salamandra, porque al fin y al cabo, terminé queriendolo como un buen amigo. Eso explica las noches de risas y conversaciones a media voz. —Cuando fui expulsada de la Nueva Capital, Arkoa continuó mejorando, por mí, aunque la partida le causara un vacío profundo —concluyó Jhimoa. —¿Supo alguna vez sobre Zerks y tú? —Es un secreto, aún siente emociones por mi —dijo Jhimoa—. Espero lo tengas en cuenta, Zalbion, tal vez Kiria se aleje de ti, no olvides el amor que siente por ti, ayudó a cambiarla, quizá nunca la vuelvas a ver, pero enamorarse de un habitante de la vieja capital, siendo noble, es romper las barreras impuestas por la alta sociedad de Nustredam. Por el bien de ella, mantente a su lado, hasta el día de su partida. Durante la noche, estaba en el oasis con Kiria, observamos las estrellas, acostados en la arena. —Los dioses sonríen tu nuevo año de vida con un espectáculo digno —dijo Kiria señalando las estrellas. —Sonríen de otra forma mi nuevo año de vida —inferí al verla. —¿Otra forma? —preguntó al enlazar nuestras miradas. —Conocerte, me ha dado un poco de alegría… —¿Un poco? —enarcó una ceja. —Esta bien —corregí—, mucha alegría. Ella sonrió. Quedamos un tiempo en silencio. —Espero, un día volver a verte —dijo volviendo a las estrellas—. No había tenido un compañero de equipo. —¿Nunca? —pregunté para asegurarme. —Alguien te ha hablado de la ida ¿no? —preguntó, me sorprendí. Asentí. —Nimbus, ellos entraran en mi mente, manipulando lo que soy, trataran de volverme una maga oscura en regla, como ellos —tragó saliva, cerrando los ojos—. Olvidaré parte de las palabras del maestro Arkoa, pero no olvidaré, lo que siento por ti. Estaba sonrojado ante la declaración de Kiria. —Agradezco el tiempo compartido —abrió los ojos, frunciendo el ceño—, lucharé para no olvidarte, un habitante de la vieja capital, Zalbion Zaptirus. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Me han enseñado a odiarlos, subestimarlos, repudiarlos, creer que han sido vagos, criados y gente sin talento, tú eres todo lo contrario a las creencias impuestas por ellos, ustedes son humanos, y esa humanidad, me ayudó a cambiar. Estaba sin palabras, solo actué, estirando ambos brazos. Lloramos aquella noche. Culpable no era la tristeza, culpable sería el destino más tarde. Llegó el fin de año, Kiria y yo habíamos terminado de combatir, de nuevo, con una victoria de parte de ella. Cuando estuvimos a punto de separarnos con nuestros maestros, Jhimoa me vió a los ojos. —Arkoa necesita hablar contigo —dijo. Kiria estaba junto a Arkoa, este le felicitaba mientras ella, hacia una reverencia. —En el oasis a media noche, Kiria no estará allí, pero Arkoa, estará esperando. Me sorprendí, ahogando un pequeño impulso de temor, pues, con el maestro Arkoa no había tenido una conversación, solo en la oportunidad de bienvenida, donde pudimos conversar. Transcurrió la noche donde Arkoa y Jhimoa rieron a carcajadas sonoras que cualquiera escucharía, disponían de un tiempo grato y un fuerte abrazo, para anunciar la llegada del año nuevo. Kiria estaba a mi lado, sanando las heridas. —Cuando vuelva a verte, espero encontrar a Nimbus, no a Zalbion —dijo Kiria con una risa aguantada. Algo en su brazo derecho, un pequeño libro… —¡Kiria es hora! —llamó Arkoa. La hora de reunirnos, estaba cerca. …Ese pequeño libro decía nunca olvides. —Buenas noches, Nimbus —dijo Kiria, pasando a un lado de Jhimoa. —Nimbus ¿eh? —dijo Jhimoa, moviendo la cabeza lado a lado con una sonrisa—. El amor es una luz tan poderosa, capaz de destruir y crear, más allá de iluminar. —Ella no lo merece —dije. —Son órdenes, Zalbion —dijo Jhimoa—. Sus padres la necesitan de vuelta. —Van en contra de su voluntad. —Voluntad que ellos controlan —reflexionó, viendo las llamas de la fogata—. La nueva capital es una fábrica de engendros sin sentimientos, no podemos hacer nada —la danza de las llamas estaban reflejadas en sus ojos—. Loan… Temí por el futuro de Kiria. La convertiran en un monstruo al servicio de Ronia I. Era la media noche, caminaba, pasando por el arco del último puente que conectaba a una casa, hasta ver la luna llena, bajo el velo de luz, estaba Arkoa sin el chacal. Sentado como Jhimoa, me senté a su lado. Estaba meditando. —Zalbion Zaptirus, hermano de Zerks Zaptirus —dijo de improviso. Estaba a punto de caer de la impresión, hasta que abrió los ojos y sonrió, mirandome con ternura. —¿Sigue creyendo Jhimoa guardar secretos? —miró hacia la luna—. Zerks cuidó de ella como no pude hacerlo, es digno de haber merecido su corazon —contempló el reflejo lunar en el agua del oasis—. Debes cuidar de ella, como lo ha hecho tu hermano todos estos años. Guardé silencio ante la nueva responsabilidad que Arkoa asignaba a mi vida. —Kiria no para de hablar sobre su “nuevo amigo” —me miró con picardia, rio por lo bajo y volvió la mirada a las estrellas—. Estaba emocionado por su progreso a espalda de sus padres, es una lástima su ida de las tierras de Armatham y mis enseñanzas, hubiera llegado lejos —se volteó y tomó de mis hombros—. El asunto de esta media noche, es especial para ti, conozco sobre la piedra que llevas escondida, tu hermano. ¿Cómo lo supo? —Lo sé todo en cuanto a ustedes se refiere, Zalbion. Soy un mago oscuro, la oscuridad de sus sombras, les persigue donde estén —di un paso atrás, sentí de pronto temor—. No deberías temer, entiendo el miedo que a veces inspiramos —se acercó—. Quiero aconsejarte sobre el cuidado de la piedra, es todo. —¿Puedo confiar? —dije con la voz temblorosa. —Confiaste en Kiria y Jhimoa ¿No confiarías en mi? Es un buen punto. —Jhimoa no te dejaría solo si sintiera peligro —continuó—. Verás, la responsabilidad de tener el corazón de un mago, es importante. En ella, estan los recuerdos, emociones y espíritu del mismo. Según las escrituras antiguas, antes de partir al Jardín del etereo, permanecen en un plano temporal hasta que puedan ser liberados. —El desea estar conmigo —dije, adoptando una postura seria. Arkoa entornó los ojos. —Zalbion, puedes llegar a invocar el espíritu de tu hermano, llamandolo desde el plano temporal, pero antes de alguna emoción —advirtió mi sonrisa de esperanza—, debes canalizar primero tu energía y dominar el estado alfa antes de poder ejercer invocación alguna. —Jhimoa estará a cargo… —Al contrario, yo estaré a cargo de enseñarlo. Sus ojos se volvieron oscuros, con un circulo blanco en el medio. La presión de su energía se volvió siniestra, el aire denso y el frío nocturno era insoportable. Tenía la piedra de Zerks dentro de los calzones, brillando con intensidad, respondiendo a la abrumadora energía que amenazaba mi vida. —Veo la decisión de Zerks de estar contigo y protegerte —la voz de Arkoa estaba dentro mi cabeza, sus labios no gesticulaban. El ambiente volvió a estar sereno en cuestión de segundos, los ojos de Arkoa volvieron a la normalidad, tambien la piedra había dejado de brillar. —¿Qué tratas de hacer? —pregunté, asustado, respirando a bocanadas. —Tu hermano concedió el permiso de enseñar la invocación y el estado alfa, era necesario preguntarlo, no iría contra su voluntad. —Te gusta meterte en asuntos ajenos —dijo la voz de Jhimoa, apareciendo a mi lado en un vendaval. Tomando del brazo, llevandome hacia ella. Me alivié al verla. —Tengo el permiso de Zerks, seré su maestro de invocación y estado alfa —dijo Arkoa, llevando los dos brazos atrás, alzando el mentón, su mirada era desafiante. —Es un niño Arkoa, aún no está listo —dijo Jhimoa, no muy segura de sus palabras. —La última decisión la tomará Zalbion, tú no decides sobre él —dijo Arkoa. —Decido lo mejor para él mientras esté con vida —respondió Jhimoa, llevandome atrás de ella. —Zalbion, aprenderás a verlo, a sentirlo tan cerca de ti como si volviera a estar vivo en este plano. —El no… No me arrepentí. —Quiero aprender —dije, interrumpiendo a Jhimoa. Ella me vió con asombro. —Jhimoa, conozco el secreto que ata tu corazón al de Zalbion —Jhimoa clavó la mirada asesina en Arkoa—. Por el bien del futuro de ambos, necesitas de su fortaleza. El secreto muy mal guardado de Jhimoa, veo las desvirtudes en común de Jhimoa conmigo. —Zalbion —dijo Jhimoa con aprensión al agacharse para verme directamente a los ojos—. ¿Deseas ir con él? —Si eso me permite estar cerca de él, sí —respondí con seguridad. Ella tragó saliva, volviendose hacia Arkoa, quien ahora tenía una sonrisa en el rostro. —Procura no hacerle daño, tampoco sobrecargar su piedra, o conocerás la furia de tifoe —amenazó Jhimoa. —Prometí cambiar —contestó Arkoa. —Confiaré en tu palabra —relajó los hombros, cerró los ojos, respiró profundo, sonrió y me vió—. Estarás en buenas manos. —Estamos a tiempo, la luna estará en mitad del cielo, anunciando la entrada del año nuevo e inicio, del mes omega —dijo Arkoa estirando los brazos al aire—. Regresaré con Kiria, debe estar nerviosa por el amanecer. —Deseo poder despedirme de ella —dije. La ciega esperanza de volverla a ver me embriagaba. —No podrás Zalbion, antes del alba, partiremos al monte Delhakor —dijo Arkoa. De pronto, desapareció, dejando una cola de humo n***o en el aire. —Estará chiflado al transportarte al monte Delhakor, pero, es la voluntad de Zerks y tu decisión. Estabamos en el hogar, esperando la entrada del año nuevo, los ciudadanos estaban en las calles, celebrando la última hora. Jhimoa caminaba de una esquina a otra, rumiando. —¿Por qué tan preocupada? —pregunté—. Deberías calmarte. —El monte Delhakor está al noroeste de Armatham, alejado de la civilización —aclaró la garganta un momento—. Es peligroso para un mago novato. —Sobreviví a las derrotas de una maga oscura durante un año, sobreviví a un gusano ancestral y, sobreviví a hordas de perros de arena —repliqué. —Sobreviviste con mi apoyo durante la batalla del gusano de Armathan y las hordas, de lo contrario, estarías muerto —Jhimoa estaba en lo cierto—. Parece que el ego de tu hermano comienza a florecer en ti —guardó silencio unos tres segundos—. En cuanto a las derrotas, es evidente la barrera impuesta por tus sentimientos, no lastimarás a alguien que amas, es la diferencia entre tú y Kiria. —¿Por qué eres tan molesta? Cruzó los brazos, inclinando el peso de su cuerpo en una pierna. —Trato de protegerte. —Salvaste mi vida, no te da derecho a tomarla. Ella reflexionó mis palabras. —Tienes razón, estoy equivocada —reconoció, acercandose a la fogata—. Las lecciones y la experiencia te han hecho madurar, estás aprendiendo hablar —comenzó a jugar con la fogata, moviendo sus dedos—. Estoy orgullosa de lo mucho que has avanzado en un año. —Aprendí de la mejor y seguiré aprendiendo de la mejor. Me acerqué y la abracé. Sigue siendo alta, puedo abrazarla aún por las caderas. Ella se inclinó para darme un beso en la cabeza, revoloteando mis cabellos con la mano. —Espero la vida pueda permitirme ver tu felicidad, Zalbion, es la lucha de huir de la miseria a nuestras espaldas. La miré, ahogando la tristeza. —¿Tú no serás feliz? —pregunté. —Mi felicidad no importa cuando estás tú. Hizo el gesto familiar. Escuchamos el sonido de los instrumentos, el coro con cantos nómadas de la prosperidad a la entrada del mes omega. Salimos a ser parte del júbilo, ciudadanos aplaudían y bailaban, muchos estaban borrachos. Una lluvia de flechas en fuego, atravesaron el cielo hacia el otro lado de la muralla, parecían estrellas fugaces en el firmamento. Guardias cabalgaban con petacas en mano. La carroza del faraón estaba en la calle, saludando a los habitantes, con una gran sonrisa, uniéndose a la fiesta, escoltado por tres hermosas mujeres bronceadas, de cabellos cortos, sus ojos verdes, de pupila lineal, representaba la procedencia del clan ximo, hijas de la diosa del veneno, Dubixa. El faraón era un hombre amable, carísmatico y poco reservado, gustaba de reir y saludar a los niños, a veces jugaba con alguno y sus mujeres, le recordaban la posición social. Sin importarle, hacia gestos de desaprobacion y corría por las calles, olvidando por esos preciosos momentos, el hecho de ser un faraón. —Armatham nació en pobreza y murió en riqueza —dijo Jhimoa al verlo—. Los hijos del faraón, son criados en pobreza, crecen en pobreza y al ascender a la cúspide de la juventud, ascienden a la riqueza. Es la filosofía de Jhandosea como pueblo unido, para hacer líderes humanos, comprensivos a las necesidades de la población. —Ronia I pudo ser algo mejor de lo que es ahora —dije cuando el faraón estaba comprando todas las piezas de artesanía al artesano más humilde de la calle, quien era un anciano junto a su nieto aprendiz. —La princesa Liquidia es nuestra última esperanza al cambio de Nustredam. —Un cambio lejano —retifiqué. —Muy lejano —concluyó Jhimoa.
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