Capítulo 14 (no editado)

3570 Words
—Zalbion Zaptirus— A oscuras, el cielo permanecía estrellado, era el primer día del mes omega.  —Zalbion, es hora —escuché el susurro de Arkoa en mi oído. Hice esfuerzos por levantarme, deseaba descansar hasta el amanecer.  —Espero por tí en la entrada —susurró Arkoa.  Al tocar suelo, noté la presencia de Jhimoa fuera del hogar. Me encaminé hacia el exterior, atravesando el umbral, viendo a los dos amigos, conversando en voz baja hasta advertir en mi llegada.  —Bien —dijo Arkoa entusiasmado, chocando palmas—. Será complicado el camino, pero lograrás excelentes resultados, tenemos un año entero.  —Espera, ¿estaré un año en la montaña? —pregunté, sorprendido.  —Te dije que lo preguntaría —dijo Jhimoa, tratando de no reir.  Arkoa la vió con reproche.  —Alcanzar el estado alfa y aprender la técnica correcta de invocación, toma un tiempo de díez años —muchos años a mi parecer—. Sin embargo —llevó ambos brazos atrás—, un año intenso bajo mi tutela, será suficiente para alcanzarlo.  —Es la voluntad de tu hermano y tu decisión —aclaró Jhimoa al percatarse de mi mirada desconcertada.  —Jhimoa, ¿qué haré sin ti? —pregunté.  La idea de estar lejos de la única familia que tengo, es turbia.  —Estaré visitando cada dos semanas, evaluando el progreso —se acercó, dando un beso a mi frente—. Necesitas hacerlo, estás madurando y es parte de crecer, aprender a vivir sin la persona que amas.  Hermano...  —Jhimoa —apoyó la mano en el hombro de ella—. Es hora.  —Confío en ti —dijo Jhimoa.  —No lo dudes —respondí.  Hizo el gesto familiar, nos abrazamos y tomé la mano de Arkoa, preparado para el viaje. El humo oscuro cegó mi visión.  La nieve cubría el bosque donde aparecimos. Estaba de pie en un sendero de piedra antigua, rodeado de setas y moho. El monte Delkhor perdía su fin entre los anillos de nubes que el cielo gris brindaba, dandole un aspecto ominoso.  —Bienvenido al inicio del entrenamiento —dijo Arkoa, dandome una palmada en el hombro, le miré—. Sigue el sendero en subida, tardarás días en llegar a la cima, donde nos volveremos a encontrar.  —¿Te irás? —pregunté asustado.  —Es obvia la respuesta, ¿no crees? —respondió con acritud.  —Pero, la comida, los monstruos, el peligro de un lugar desconocido.  —Jhimoa y yo sobrevivimos, somos la prueba viviente de las enseñanzas de un gran maestro.  —No estaré solo, ustedes velarán por mi, conozco el entrenamiento —inferí.  Haría lo mismo que Jhimoa, desaparecía y en el momento de extremo peligro, aparecería Arkoa para salvarme. Respiré aliviado.  —Soy diferente a Jhimoa, recuérdalo cuando estés al borde de la muerte, represento a la muerte —dijo, llevando ambos brazos a la espalda.  —Claro —dije sin creerle—. Jhimoa no te perdonaría si algo me llegara a pasar —crucé los brazos.  —Jhimoa tiene razón —arqueó una ceja—. Eres imprudente y confiado.  —Ustedes me han hecho así, confiado —repliqué, molesto por sus palabras.  —Entonces, esa confianza te valdrá caro —desapareció.  Ignoré el hecho de haberlo molestado. Estoy frustrado al saber que no podría despedirme de ella. Caminé siguiendo el sendero, empezando la subida. La comida era lo de menos, como expliqué anteriormente en el desierto. Acostumbrado a los entrenamientos de riesgo inminente y ser salvado, esperar algo fuera de lo normal, estaba previsto, no debía bajar la guardia. Había pasado un tiempo de la caminata cuando el frío se intensificaba y, la nieve no caía con normalidad, se estaba convirtiendo en una tormenta. Dudé, abrazándome, bajar y esperar que la tormenta calme. Decidí seguir.  El monte Delkhor era un sitio extraño, parecía conducir un solo camino y ser una montaña no muy espaciosa, hasta darme cuenta en un punto donde el sendero se dividía en tramos numerosos, perdiéndose algunos en la espesura de altos pinos invisibles por la tormenta. Pensé en refugiarme en una caverna que pudiera encontrar, pues, en las montañas suelen haber cuevas donde descansar, aunque guarden peligros. Tomé el camino que me parecía seguro, buscaba en los alrededores la presencia de alguna cueva, lamentablemente, no conseguí.  El sol parecía nunca llegar, todo era gris y la tormenta no permitía ver más allá mientras escalaba.  El frío seguía intensificandose, acalambrando mis pies. Decidí bajar esta vez. Regresando, encontré secciones que no había visto antes: nuevas paredes rocosas, salientes y escarpadas. Traté de recordar el camino de vuelta, sin dejarme llevar por las nuevas secciones. Definitivamente, deteniendome, estaba perdido. Un bosque que no había visto antes apareció mientras trataba de bajar, y digo, trataba, porque realmente no estaba bajando. Estaba siguiendo un camino en tierra neutra, mientras otros senderos continuaban la subida y otros se perdían en el bosque.  —Extraño —pensé.  Moriría de frío, pero lo más probable es la mano ayuda de Arkoa, me limité a esperar, sentado, frotando mis manos en la piel para tratar de hacer algo de calor. Escuché al cabo de unos minutos, aleteos lejanos de algún ave. Intenté aclarar la visión, entrecerrando los ojos, forzando la vista al intentar definir las siluetas que danzaban alrededor de mi cabeza.  —Zalbion... Palpé la piedra, viendola con atención, era él, indudablemente, Zerks.  —Zalbion —repitió la voz en mi mente.  Extraje la piedra del interior del pantalón de lino, estaba brillando.  —Hermano —dije al acelerarse mi corazón.  Hermano, vuelvo oír tus palabras.  —Cuidado...  En picada cayó el primer ser alado delante de mi, con cuerpo humano, rostro aguileño, ojos verdes, alas como brazos, donde al final, lucía garras afiladas, blancas. Sus piernas eran patas de halcón y su boca era reemplazado por un pico morado. El plumaje de invierno, similar a la nieve y al cielo gris, le bridaba camuflaje.  —Mierda. Maldije cuando tres más bajaron en picada para acompañarlo. Al unísono, rugieron, escupiendo fuego. Salté de inmediato, tomando impulso de la electricidad, cerré en el puño la piedra de Zerks. Estaba en el aire, como rayo, bajé a tierra, conjurando un zaptaria, disparé al primero, causando que las cuatros bestias desplegaran vuelo y en consecuencia, esquivando el ataque. Planeaban en círculos, cargué electricidad, juntando índice y corazón en ambas manos, para conjurar un electraria. Cuando los dos rayos impactaron en mis objetivos, cayeron calcinados en la nieve, dando un último retorcer. Las dos restantes ulularon, del bosque, los pinos se revolvían. No me distraje más, cargue dos electraria y disparé, cayendo las dos últimas bestias.  La tormenta era cada vez más pesada, la nieve se convirtió en granizo cuando un rugido de las profundidades del bosque, me hizo temblar como el suelo. Preparé dos electrarias, listo para recibir el próximo oponente, en vano al ver lo que emergió del bosque. Escama de reptil, olor a madera chamuscada, azufre como vapor de sus fosas, cuernos de reno n***o, gigantes, patas de garras descomunales, ojos azul marino de serpiente, alas prominentes, negras y cola de punta de martillo: un dragón de las nieves.  —¡Arkoa, Jhimoa! —grité.  Estaba equivocado si pensaba que ellos vendrían. Estaba lleno de confianza, una confianza convertida en inseguridad al sentir la energía vital que rodeaba aquel monstruo. Abrió su cavidad donde los colmillos sobresalían, encendiendose en naranja para luego, en un intenso color rojo, brotar del fondo, las llamas del fin de mis días.  Tomé impulso, elevandome, pero de inmediato el dragón rugió, frustrado al esquivar sus llamas, invocando dos golem de nieve, formandose con las rocas de la pared a mi derecha. La mano del golem, golpeó con brutralidad mi espalda, haciendome caer como una mosca en la nieve. El dragón volvió cargar las llamas, me incorporé rápido, luchando con los músculos entumecidos, golpeado por el granizo y asustado ante la presencia de los golem, quienes estaban esperando con paciencia, que me volviese a elevar.  No tenía otra opción, debía huir, continuar subiendo o de lo contrario, moriría en el intento. Al abismo la confianza, el miedo ahora dominaba en mi cuerpo, creer que Jhimoa aparecería y Arkoa, luego de haberlo ofendido con mi vasto ego infantil. Maldición, es la lección que me merezco, soy un cobarde, es lo que sigo siendo, sin Jhimoa no soy nada.  Emprendí la huída, interrumpida por los dos golem que emergieron del suelo. Volteé para comprender que estaban conectados al monte, podían aparecer donde se les llamara o donde quisieran. Conjuré zaptaria contra los dos golem, probando su dureza, resultando inmunes a mi elemento. Las chispas se dispersaron alrededor como si de metal se tratara. Las cabezas de los golem, roca ovalada perfecta, brillando en el medio de su orificio, el brillo de energía del cual estan poseídas... Energía... Posesión... ¡Absorga!  El dragón intentó golpearme con un coletazo cargado, precavido ante las circunstancias, había volteado a tiempo para esquivarlo, apareciendo al otro lado del campo, dejando una ola de chispas desvanecidas en segundos.  —¡Zonariom Magnotem! —recité, señalando el área de los golem, quienes estaban caminando lentamente hacia mi—. ¡Expandio! —continué con la estrategia lo más rápido que podía. Había funcionado, las partes de los Golem flotaban ahora en el aire—. ¡Absorba!  Conjurado esto último, me convertí para fusionarme con el campo magnotem, absorbiendo la energía de los golem, volviendome más fuerte. Aumentando mi frecuencia, estaban mis ojos como dos esferas de electricidad, lo sentía como el día en que luche junto a él... Zerks.  Huir no era tarea fácil, pero si esta era la oportunidad, necesitaba aprovecharlo, así que eso hice. El dragón volvió a escupir llamas con mayor intensidad, serpenteando su cuello largo, volví a esquivarlo, apareciendo en el aire, desaparecí de nuevo para aparecer en el primer sendero que continuaba la subida. Corrí, agotando las reservas de energía que había absorbido, estaba repuesto, sin un rasguño, o eso creería, cuando más tarde, creyendo haber huido por completo, el dolor en la espalda me haría caer, seguido de la hambruna, azotando mis sentidos, hipersensible: El aleteo del dragón.  El rugido me dejó en el suelo cuando traté de levantarme. Llevé ambas manos al oído, giré para identificar su ubicación, justo cuando el primer zarpaso rebanaría mi cabeza a toda velocidad, abracé el suelo, suspirando. Me reincorporé, corriendo, hundiendose mis pies en la nieve, saltando para tratar de retomar velocidad, el granizo golpeaba, casi cortando mi piel, cayendo a mayor gravedad. El dragón seguía rugiendo, una ola de rocas estaba en desecenso, la primera piedra, pequeña, rebotó en mi cabeza, advirtiendome de la avalancha. Intenté saltar, pero mis pies estaban enterrados, tuve que convertirme en rayo para escapar, algo que no deseaba, debía ahorrar la energía para no sobrecargar mi piedra, el verdadero corazón de mi cuerpo. Del fondo gris, emergió con las fauces abiertas, desaparecí para aparecer en la nieve, lejos de la avalancha, avanzando hacia la nada, subiendo hacia la nada. Continué, rogando por una caverna, ocultarme, esperaba que Arkoa y Jhimoa aparecieran, pero recordaba que no sucedería, estoy solo, verdaderamente solo. Durante la subida, otros dos golem emergieron cuando un rugido me detuvo en seco, la piedra de Zerks estaba quemando mi mano.  —Zalbion —escuché su voz, te necesito—. Ellos no vendrán.  Lo sé, debí creer en sus palabras, Arkoa no es como Jhimoa, el me dejará morir si es necesario, es un ciervo de Dubinis, hijo de la oscuridad.  Uno de los golem dirigió el primer puñetazo, con una finta, cargué un electraria, conjurandolo, quebré el puño. Pues, los conjuros de mayor nivel les afectan en gran medida. El segundo golem me dio la oportunidad de retroceder al fallar ambos puños que destrozarian mi cráneo de haberlos recibido. Recité electraria, quebrando el pecho del primero y luego del segundo, derribandolos. Estaba agotandome, las heridas abiertas a causa del granizo estaban ardiendo. Para mi sorpresa, el dragón volvió a emerger, esta vez del cielo, aferrandose a un costado de la pared rocosa, en las alturas, escupió llamas. Como rayo viajé hacia al otro lado del dragón, respirando a bocanadas, llevando una mano al pecho. Retomé la huida, escuché el nuevo rugido del dragón hasta que sus alas sonaron al desplegar vuelo, cuando viré sin detener la huida, estaba detrás cargando una llamarada que expulsará en el camino hasta alcanzarme y calcinarme con vida. Aunque no lo rogué, lo pedía a gritos y allí estaba, la primera entrada a una caverna. No importaban los peligros, me adentré a ella, conjurando dos electrarias al borde rocoso, derribando rocas hasta sellar la entrada. El golpe de las garras del dragón resonó en la caverna, pero a los segundos, reinó la calma.  En la mano izquierda, hice una pequeña llama, enseñanza básica de Jhimoa a las artes del fuego. Al volver en si, caí ante el dolor de la espalda, el ardor de las heridas causadas por el granizo, la energía usada necesitaba reponerse, exhausto, me recosté en el suelo. La oscuridad me abrazó junto al frío al diseminarse la llama. Castañeaba, frotando mi cuerpo con las manos, tratando de producir calor.  Akora intentará buscarme, Jhimoa también, al encontrar una caverna sellada, removerán las rocas y hallarań mi cadaver. Dentro de dos semanas, Jhimoa estallaría de ira, quizá arrebatando la vida de Arkoa al saber que he muerto dentro de una caverna. Ella confió en él, confió en mi, ¿le habré fallado entonces al morir?; dejaré de ser un peso imprudente, rodeandola de preguntas, estará harta de verme todos los días y creer que seré más fuerte, siendo ella quien siempre me ha salvado, no puede aspirar algo más de mi, tampoco Arkoa.  Zerks se distrajo, Salamandra y Camaleón lucharon unidos para dejarme en el suelo agonizando. Si no hubiera ido a aquella misión, Zerks estaría aún conmigo y Jhimoa. El también creyó en mi, en un cobarde. Eso somos los cobardes, hombres que ocultan en su confianza, inseguridades y temores, incapaces de enfrentarlos.  He huido toda mi vida de la muerte, hasta encontrarla en esta cueva, un entrenamiento en fracaso. Eso fui durante la batalla con los perros de arena, eso fui durante mi primer encuentro con Kiria, eso he sido durante toda mi vida, un fracaso. Ronia I no se equivocaba, somos la peste de Nustredam, la peste de Celis, merecemos la inanición, el castigo divino de los dioses, pobres conforme de comer en los pozos de excremento de la alta sociedad.  —Zalbion —hermano, eres tú—. No estás solo.  Al cerrar los ojos y volverlos abrir, me encontré en un ambiente distinto al que no habría imaginado. Un jardín rodeado de flores de pétalos violetas y blancos, rodeaba el pedazo de tierra flotante de donde estaba. Un arbol al final del risco, donde se apreciaba la vista de una cascada infinita, hacía la calurosa bienvenida a un extraño entorno.  —Zalbion, ¿sigues siendo tan pesimista? —escuché la voz de Zerks con claridad, perfecta, a mis espaldas.  Me incorporé rápido para encontrarme con él. De verdad allí estaba su figura, Zerks Zaptirus, vivo, de nuevo.  —Hermano —dije con lágrimas, abrazandolo.  —Sigues pensando en tonterías —dijo al responder mi abrazo.  El frío fue reemplazado por el calor fraternal de sus brazos. No paraba de llorar de alegría al volverlo ver. Descargué el llanto que necesitaba librar, el peso que llevaba al inicio del viaje, fingiendo fortaleza para Jhimoa, creciendo el vacío dejado por su ausencia.  —Nimbus ¿eh? —su voz alegre, rodeada de optimismo—. Lo sé todo sobre tu nuevo apodo.  No quería dejarlo ir, debía seguir rodeandolo, no sé cuanto tiempo seguirá conmigo, hermano.  —¡Oye, te ha crecido el cabello! —dijo al tocar mis pelos enredados—. Estás más alto y quizá un poco llorón.  —No exageres —dije en voz baja con una sonrisa.  —¿Exagerar? ¡Tú exageras! —se agachó y tomó de mis manos, sus ojos amarillos, afables, cabello plateado, parecía como si el tiempo no existiera para él—. Sé lo mucho que están sufriendo, Jhimoa necesita de ti.  —Pero yo necesito de ti.  —Zalbion, estoy contigo donde quiera que vayas siempre y cuando, cuides mi corazón —palpó mi pectoral izquierdo—. La fuerza portadora de tu voluntad, es mayor de lo que llegué a pensar. Jhimoa y Arkoa no se han equivocado contigo, eres un verdadero Zaptirus.  —Estoy de nuevo al borde de la muerte, he sido un fracaso para ustedes, estás muerto por mi inutilidad y, lo peor, sigo siendo un cobarde.  —Hermano —me abrazó con tanto amor—. Morí en combate por tu vida, defendiendo un ideal carente de apoyo al ser traicionado. Más que liberar a Nustredam, necesitaba liberar el futuro de la disidia que nos deparaba el destino.  —Has muerto por una banda de ignorantes.  —Al contrario, he muerto al velar por tu libertad —sus palabras me hicieron volver a llorar—. Calma nubloncito —volvió a tomarme de las manos, mirandome a los ojos—. Jhimoa también hace grandes esfuerzos por ti, ambos estamos conectados y cada noche, me hablada de ti, no eres el único que escuchaba mi voz.  Jhimoa lo ocultaba.  —Zalbion, debes aprender dominar un estado complejo para defender a tus seres queridos y como yo, cuidar la libertad de quienes nos aman —secó mis lágrimas con sus manos suaves.  —Soy débil hermano, no puedo hacerlo —repliqué entre lágrimas.  —¿Débil? —hizo una pequeña risa—. La debilidad es parte de la fortaleza, vamos, no me queda mucho tiempo.  —¡Hermano, no te vayas! —supliqué—. Aún te necesito.  Traté de rodearlo con los brazos, pero al intentarlo, lo atravesé, abrazandome en consecuencia.  —No he muerto en vano.  Hizo el gesto familiar que hacia Jhimoa y que él, había iniciado un día, hace muchos años. —Solo no estarás, protege a Jhimoa, sé fuerte, Ronia I no puede vencer —dijo antes de desvanecerse.  Cerré los ojos y los vuelvo abrir, estoy de nuevo en la oscuridad, volviendo paulatinamente el ardor de las heridas y el frío. La piedra de Zerks brillaba bajo los calzones. Una débil lágrima caía el suelo frío. Me volví abrazar, tratando de crear fricción.  —Fugor es el conjuro base del elemento fuego y, por insignia, del clan fulgor —recordaba las palabras de Jhimoa—. Te ayudará en situaciones difíciles donde el frío sea insorportable, probemos con hacer una débil llama.  Alcé la mano, conjurando una llama que en un principio desvanecí, resurgiendo. Lugar donde situarla no había, se me ocurrió volver al bosque por algo de madera, pero eso implicaría salir de la caverna, arriesgarse a enfrentar el dragón en la vuelta. Reflexioné durante minutos incontables, desconocía sobre el día y la noche, el estado de mi cuerpo continuaba en deplorabes condiciones. Analicé la opción de explorar la cuerva y, con algo de suerte, encontrar una salida. El tiempo era corto, entre más trataba de mantener la llama, recuperando algo de calor, la energía del cuerpo se estaba agotando.  Decidí enfrentar lo inevitable, disipé la llama y disparé un zaptaria contra las rocas de la caverna, haciendo una pequeña entrada donde la ventisca azotó mi cuerpo, castañeando al instante.  La escasa entrada de luz delató la entrada del anochecer, debía apresurarme. Salí a gatas, viendo ambos caminos, la cuesta abajo volvía a perders entre la tormenta, haciendo caso al anterior peligro, avancé en subida, encontrando, no muy lejos y a poco pasos, algunas ramas en lo alto, quienes chacabn y producían ruidos, eran perfectas, secas y gruesas. Como rayo viajé a la altura, procurando no atravesarlas, pues, se quemarían y el éxito de conseguir algo cercano para sobrevivir la noche, sería un fracaso rotundo. Tomando las ramas gruesas, tarea que no resultó cansina, bajé a causa de la gravedad, transmientiendo electricidad a mis pies, para amortiguar el golpe de la caida, aterrizando con suavidad en la nieve, me encaminé hacia la guarida. Coloqué las ramas en el suelo, cerca de una pared rocosa, por suerte había una piedra en la pequeña abertura que estaba a punto de ceder al descenso, hice un diminuto rayo para que a piedra cayera y cubriera el agujero.  —Fugor —recité.  Apareció la llama, bajándola con cuidado de mi mano derecha, encendí las ramas. Lamentablemente, experiencia en fogata, tengo poca y pensar que la cantidad de ramas tomadas sería suficiente, estaría equivocado. El fuego duró poco, dejandome en la oscuridad de nuevo, congelandome. Traté de evocar las fogata de nuestro hogar provisional en Jhandosea. Estaba rodeado de rocas, el borde de un hoyo, donde habían cenizas de los troncos que Arkoa traía durante la noche después de los entrenamientos. Volver al bosque sería la última y única opción que tendría, de volver allá y no estar en peligro, gastaría energía en tratar de derribar troncos, intentando en que los rayos no incendiaran el arbol, ni hablar de lo pesado que se ven los troncos. Desistí ante la ídea, conformandome en la oscuridad y el pequeño calor brindado de la momentanea fogata fallida. Cerré los ojos y traté de dormir. 
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