Estrategias y Máscaras

3541 Words
Marcela regresó a la mansión con la serenidad de quien ha ganado todas las batallas visibles y todavía mantiene secretos bajo control. Su cabello rojo brillaba al sol de la tarde y sus ojos azules reflejaban una calma calculada. Mientras sus escoltas se encargaban de la seguridad, ella se dirigió a su oficina privada, encendió su computadora y comenzó a revisar los movimientos de David y Claudia, asegurándose de que cada acción quedara registrada y neutralizada. Con cada clic, cada contraseña bloqueada y cada fondo desviado hacia cuentas que solo ella podía controlar, Marcela sentía el poder de su legado restaurado. Pero no se conformaba con el control financiero: necesitaba aliados estratégicos. Michael ya estaba dentro de su mente y en sus planes, alguien con visión global y recursos que complementaban los suyos. Al teléfono, Marcela marcó el número de su contacto en el hospital donde Claudia y David habían sido trasladados tras el incidente de la boda. Su voz dulce, casi lánguida, transmitía preocupación: —Hola… solo quería confirmar que todo está bajo control… sí, sí, por supuesto, espero que se recuperen pronto… —mientras hablaba, en su pantalla cancelaba discretamente los seguros médicos y cualquier cobertura que pudiera aliviar su situación—. En paralelo, redactaba mentalmente los próximos movimientos con Michael: alianzas comerciales, protección del abuelo, control de socios rebeldes y la planificación de su venganza contra David. Cada acción estaba calculada para mantener la fachada de la mujer ciega y entregada, la misma que David creía conocer. Más tarde, Claudia y David, todavía adoloridos por las quemaduras y humillados frente a la prensa, recibieron un mensaje de Marcela cargado de ironía hipócrita: —He decidido cederles la boda… es lo mínimo que puedo hacer por mi media hermana. Que disfruten su vida de princesa mientras yo… bueno, yo seguiré cuidando de la familia y el legado. Marcela sonrió mientras colgaba. La doble vida de su fachada y su estrategia estaba perfectamente sincronizada: por fuera, la mujer compasiva y generosa; por dentro, la arquitecta de un imperio y de venganzas calculadas. Cada decisión reforzaba su control absoluto y, sobre todo, mantenía a David y Claudia completamente a su merced. Con un suspiro de satisfacción, Marcela se recostó en su silla, observando los jardines de glicinas que se extendían frente a ella, mientras la ciudad seguía ignorando la profundidad de su poder. Michael, su aliado silencioso, ya estaba dentro del tablero, y la partida apenas comenzaba. Marcela se reclinó en su silla, dejando que su mirada recorriera los jardines de glicinas, y por un instante, los recuerdos de su vida pasada la envolvieron con un peso dulce y venenoso a la vez. Recordó con claridad cómo los Ferrer, por fuera sofisticados y poderosos, en realidad estaban al borde de la ruina. Cada inversión fallida, cada proyecto desviado, cada fachada de éxito era un espejismo que había mantenido con paciencia y artimañas. En aquel entonces, ella había sido su seguro de vida, su aval silencioso y constante, la única que podía sostener su imagen de opulencia mientras sus propios negocios se desmoronaban. Sabía que Claudia y sus padres habían dependido de ella sin comprender que nada de lo que parecían controlar era real. Ahora, desde su posición de control absoluto, la ironía no le resultaba amarga: pronto Claudia y sus padres experimentarían la verdad, y la caída de su imperio fingido sería un espectáculo inevitable. Cada movimiento que ella planificaba con Michael, cada cuenta bloqueada, cada socio alineado a su estrategia, no era solo venganza: era la revelación silenciosa de la cruda realidad de los Ferrer. Marcela sonrió, con los ojos azules reflejando determinación y un atisbo de diversión cruel. La misma mujer que una vez había sido traicionada, herida y subestimada, ahora era la arquitecta de su propio destino, y el mundo de los Ferrer estaba a punto de desmoronarse en sus manos. La paciencia, pensó, era su mejor arma, y la verdad, su veneno más letal. Marcela giró la cabeza hacia la pared de la mansión, donde colgaba el retrato de su madre, con la mirada profunda y los ojos azules que parecía haber heredado. La similitud era innegable: los mismos rasgos delicados, el cabello pelirrojo que brillaba bajo la luz, la elegancia innata que parecía flotar en cada gesto capturado en la pintura. Se acercó, apoyando la mano sobre el marco de madera tallada, como si al tocarlo pudiera conectarse con ella, con sus recuerdos y su fuerza. Una pregunta escapó de sus labios, cargada de incredulidad y algo de humor n***o: —¿Qué rayos le vio mi mamá en José María? La habitación quedó en silencio, y Marcela se permitió una pequeña sonrisa amarga. Sabía que la respuesta no estaba en la lógica ni en el corazón, sino en la tragedia que habían tejido aquellos hombres y en la manera en que habían usado su confianza para intentar destruirla. La memoria de su madre le recordó que, a diferencia de aquella época, ahora ella tenía el control total y que nadie, ni José María ni sus aliados, volverían a subestimarla. Marcela giró la cabeza hacia la pared de la mansión, donde colgaba el retrato de su madre, con la mirada profunda y los ojos azules que parecía haber heredado. La similitud era innegable: los mismos rasgos delicados, el cabello pelirrojo que brillaba bajo la luz, la elegancia innata que parecía flotar en cada gesto capturado en la pintura. Se acercó, apoyando la mano sobre el marco de madera tallada, como si al tocarlo pudiera conectarse con ella, con sus recuerdos y su fuerza. Una pregunta escapó de sus labios, cargada de incredulidad y algo de humor n***o: —¿Qué rayos le vio mi mamá en José María? La habitación quedó en silencio, y Marcela se permitió una pequeña sonrisa amarga. Sabía que la respuesta no estaba en la lógica ni en el corazón, sino en la tragedia que habían tejido aquellos hombres y en la manera en que habían usado su confianza para intentar destruirla. La memoria de su madre le recordó que, a diferencia de aquella época, ahora ella tenía el control total y que nadie, ni José María ni sus aliados, volverían a subestimarla. Marcela salió de la mansión con su elegante camioneta, recorriendo los caminos que conducían a la hacienda principal de Vallejo Holdings. El paisaje estaba impregnado de aromas a tierra húmeda y campos fértiles, pero lo que antes le traía paz ahora le parecía una extensión de su legado que debía reconquistar. Mientras avanzaba, repasaba mentalmente cada detalle: los registros de la hacienda, los empleados que aún confiaban en ella y los que habían sido arrimados por José María y Perfecta. Al llegar, fue recibida por el capataz, un hombre de rostro curtido por los años y la rudeza del campo. Lo miró de arriba abajo con altanería, sin reconocer de inmediato que la joven que descendía del vehículo era la misma dueña de todo aquello. —¿Quién es usted? —dijo con un dejo de desdén, cruzando los brazos sobre el pecho. Marcela bajó del auto con paso firme, los tacones resonando sobre la piedra del patio. Su mirada azul era intensa, implacable, y su voz, aunque suave, estaba cargada de autoridad: —Soy Marcela Vallejo, y esta es mi hacienda. —Se acercó un paso más, midiendo la reacción del hombre—. Quiero que todos los libros de la hacienda, cada registro y anotación, sean trasladados a mi despacho de inmediato. También exijo mi pase de visita completo; nada puede ocultárseme. El capataz titubeó, sorprendido por la fuerza y la seguridad de la joven. Por primera vez, percibió que aquella mujer no estaba allí para una mera inspección: estaba allí para retomar lo que era suyo. Sin otra opción, y con cierta reverencia recién descubierta, asintió: —Enseguida, señorita Vallejo. Todo estará preparado como usted ordena. Marcela subió de nuevo a su vehículo, observando los campos, los establos y los trabajadores que ahora la veían diferente. Cada detalle, cada rostro, le recordaba que su poder ya no podía ser cuestionado; su legado estaba bajo su control absoluto, y cada acción que ejecutaba era un paso más hacia la venganza y la justicia que había esperado tanto tiempo. Marcela se acercó al capataz con paso firme, sus ojos azules fijos en los suyos. Con voz clara y sin titubeos, anunció: —De ahora en adelante, cualquier pago, cualquier operación o duda que tengan, será directamente conmigo. Yo misma firmaré todos los cheques de pago y supervisaré cada movimiento de la hacienda. El capataz intentó abrir la boca, pero ella no le dio oportunidad. —Está despedido —dijo, su tono helado—. No quiero que ponga un solo pie en mi propiedad nuevamente. El hombre quedó paralizado, consciente de que no había escapatoria. Marcela dio un paso atrás, evaluando la hacienda con la seguridad de quien recupera finalmente lo que siempre fue suyo, y dejó que los empleados presentes entendieran que su autoridad era absoluta. Marcela sonrió con un dejo de satisfacción oscura mientras recorría los corredores de la hacienda. Pensó en la horrible suegra que ahora tendría Claudia, Elena, con su aire altanero y sus exigencias interminables, y en la corte de parásitos que siempre había rodeado a los Ferrer, cada uno esperando sacar provecho de la más mínima oportunidad. Incluso no pudo evitar soltar una risita contenida ante la imagen mental de la mamitis incurable de David, siempre pendiente de complacer a su madre y sus caprichos. Todo eso ahora estaba al descubierto, y ella, con su astucia y su segunda oportunidad, lo contemplaba como quien observa un tablero de ajedrez listo para hacer jaque mate. Marcela se sentó en su despacho, rodeada de los gruesos libros de contabilidad de la hacienda. Los abrió uno a uno, con los dedos recorriendo las páginas amarillentas que habían sido testigo de abusos, desfalcos y negligencias en su vida pasada. Por un instante, una punzada de tristeza la atravesó: recordaba cómo, en esa otra vida, nunca había logrado proteger su legado; cómo la mujer buena, ingenua y confiada que había sido, había terminado muerta, traicionada por aquellos en quienes más confiaba. Pero ahora, con cada cifra revisada, con cada registro analizado, sentía un renacer de su verdadero potencial. La ingenuidad había muerto, pero con ella había nacido una versión más fuerte, más calculadora y despierta, una Marcela que no permitiría que nadie mancillara su herencia ni su nombre. Cada libro era una pieza del pasado que ahora podía transformar en su arma de poder y venganza. Marcela revisó cuidadosamente los libros de la hacienda, pasando página tras página con atención quirúrgica. No tardó en descubrir irregularidades flagrantes: pagos mal registrados, inventarios desaparecidos, préstamos inexistentes a nombre de supuestos proveedores, y documentos que demostraban que el capataz había estado desviando fondos y apropiándose de recursos, mientras fingía lealtad. Cada número y cada nota marginal la confirmaban: la hacienda había sido saqueada bajo la fachada de buena administración. Con el ceño fruncido y su autoridad intacta, se levantó de la silla. Caminó hacia la puerta principal de la casa de la hacienda, donde el capataz la esperaba con esa altanería que ella ya conocía demasiado bien. Antes de que pudiera abrir la boca, Marcela habló con voz fría y firme: —Señor, a partir de este momento, queda desalojado de la casa principal y de todas las funciones que tenía a mi cargo. —Su mirada azul lo atravesaba, y no había lugar para la negociación. El hombre titubeó, intentando murmurar algo, pero ella continuó: —Recorreremos juntos todas las empacadoras, tostadoras y destiladoras. Cada máquina, cada lote producido, cada registro de operación será revisado personalmente. —Marcela dejó que el silencio cayera unos segundos, para luego añadir, más afilada—: No se atreva a retrasarlo, porque tengo a personal suficiente para asegurarme de que cumpla lo ordenado. El capataz, humillado y sin poder replicar, asintió con torpeza y salió, mientras Marcela comenzaba a inspeccionar meticulosamente cada sección de la hacienda. Cada paso, cada decisión, era un recordatorio de que la Marcela ingenua de antes ya no existía; ahora, nadie podía subestimarla. Marcela se acercó al capataz con paso firme, sus ojos azules fijos en los suyos. Con voz clara y sin titubeos, anunció: —De ahora en adelante, cualquier pago, cualquier operación o duda que tengan, será directamente conmigo. Yo misma firmaré todos los cheques de pago y supervisaré cada movimiento de la hacienda. El capataz intentó abrir la boca, pero ella no le dio oportunidad. —Está despedido —dijo, su tono helado—. No quiero que ponga un solo pie en mi propiedad nuevamente. El hombre quedó paralizado, consciente de que no había escapatoria. Marcela dio un paso atrás, evaluando la hacienda con la seguridad de quien recupera finalmente lo que siempre fue suyo, y dejó que los empleados presentes entendieran que su autoridad era absoluta. Durante tres semanas, Marcela permaneció en la hacienda, recorriendo cada rincón, revisando corrales, destilerías y campos de cultivo. Cada día, antes de empezar su inspección, hablaba por teléfono con su abuelo, asegurándose de que estuviera bien, escuchando su voz con atención y cariño, pero sin revelarle los conflictos que estaba resolviendo ni los movimientos estratégicos que había hecho contra los Ferrer y los usurpadores. Algunos empleados le tenían un respeto casi temeroso: su determinación y autoridad se sentían en cada palabra y en cada mirada. A otros les llamaba la atención directamente, señalando errores o descuidos mientras recorría la hacienda a caballo, sus cabellos rojos y su presencia imponente recordando que ninguna zona estaba fuera de su control. Nadie podía ignorar que la Vallejo estaba de vuelta y que cada decisión pasaba primero por ella. Marcela se marchó de nuevo a la ciudad, dejando a un administrador de su máxima confianza al frente de la hacienda, un hombre que siempre había denunciado los desfalcos y manejos indebidos del personal anterior. Cada detalle estaba bajo control, y la hacienda funcionaba como debía, sin sorpresas. Ahora, con la tranquilidad de que su legado estaba protegido, Marcela se concentró en su siguiente objetivo: Michael. Era hora de acercarse a él con firmeza, evaluar cómo incorporarlo a su estrategia y “sacarlo de la manga” de manera que su influencia y recursos se alinearan con sus planes sin levantar sospechas. Su mente calculadora ya comenzaba a trazar cada paso con precisión quirúrgica. La gala benéfica de la Fundación Vallejo se iluminaba con candelabros de cristal y un ambiente cargado de elegancia y expectación. Era la ceremonia conmemorativa del Fondo Cultural y Educativo Margarita Roselle Vallejo, en honor a su madre, y todos los invitados importantes del país habían acudido: empresarios, políticos, figuras del arte y la educación, así como miembros de la alta sociedad que se movían como sombras entre las mesas. Marcela hizo su entrada con un porte impecable, vestida con un vestido azul profundo que evocaba los estilos clásicos de su madre, cortesía de un diseño retro con mangas largas y bordados delicados que resaltaban su figura esbelta. En su cabeza descansaba la Tiara de Aguamarinas y Diamantes de Isabel Feodorovna, cuyos reflejos atrapaban la luz de los candelabros, haciendo brillar sus ojos azules con un destello casi hipnótico. Cada movimiento suyo irradiaba autoridad y gracia; no solo era la heredera, sino también la líder indiscutible de Vallejo Holdings, la mujer que había reclamado lo que por derecho era suyo y que ahora se mostraba como la cara visible de la filantropía de la familia. Al subir al estrado para entregar las becas de estudio, Marcela sonrió con esa mezcla de serenidad y determinación que la caracterizaba. Cada nombre que pronunciaba resonaba en la sala, y con cada entrega, su reputación y poder quedaban más claros ante los presentes. Mientras tanto, entre los asistentes, algunos la miraban con admiración, otros con envidia; todos comprendían que estaban frente a una mujer que había sobrevivido a traiciones, pérdidas y fuego, y que ahora brillaba más que nunca. Marcela cerró la ceremonia con un discurso cálido pero firme, recordando la importancia de la educación y el legado de su madre, mientras sus pensamientos vagaban discretamente hacia los movimientos estratégicos que aún debía ejecutar: la consolidación de Michael como aliado y la vigilancia silenciosa de todos los Ferrer. Todo estaba en marcha, y nadie podía prever hasta qué punto su juego de poder, elegancia y venganza se desplegaría. Michael, con su porte impecable y esos ojos gris oscuro que parecían medir cada detalle de la sala, no pudo resistirse a acercarse a Marcela. Con una sonrisa discreta, anunció que él también quería apoyar la educación y duplicó los fondos destinados a las becas, recibiendo una ovación inmediata. Subió al podio a su lado, inclinándose ligeramente hacia ella en un gesto que era a la vez deferente y cargado de complicidad. Su guiño, sutil pero lleno de intención, no pasó desapercibido para Marcela. Fue un recordatorio silencioso de que, aunque recién comenzaban a conocerse, sus intereses y objetivos estaban alineados, y que juntos podrían transformar el poder que manejaban en algo mucho más efectivo. Mientras la prensa capturaba cada momento, Marcela mantuvo su sonrisa perfecta, consciente de que la presencia de Michael reforzaba no solo la gala, sino también su posición: elegante, estratégica y absolutamente indomable. La prensa, ávida de titulares, no tardó en rodear a Michael con micrófonos y flashes. —Señor Tissot, ¿qué le motivó a duplicar los fondos de las becas Vallejo? —preguntó un reportero, la curiosidad brillando en sus ojos. Michael sonrió con calma, elegante, sin dejar de mirar a Marcela mientras respondía: —Siempre he admirado la labor que hacen las Vallejo en educación y cultura. Si David fue tan tonto como para dejar pasar un tesoro así… bueno, ese es su problema. Yo, en cambio, solo quería una oportunidad de aportar y aprender de ellas. El comentario provocó un murmullo entre los asistentes. Marcela, imperceptiblemente, apretó los labios en un gesto casi divertido; él había dejado entrever su interés, pero también su respeto y astucia. La alianza que ambos comenzaban a tejer se hacía evidente incluso para los observadores más atentos. Al final de la gala, Marcela y Michael subieron una vez más al escenario para anunciar los resultados. Con la Tiara de Aguamarinas y Diamantes de Isabel Feodorovna brillando bajo las luces, Marcela sonrió mientras enumeraba las becas otorgadas: más de cien jóvenes recibirían apoyo integral, incluyendo áreas artísticas, deportivas, académicas, musicales y científicas universitarias. Cada beca incluía matrícula completa, alojamiento, materiales y, además, una plaza de trabajo asegurada al finalizar sus estudios. Los aplausos llenaron el salón, mientras la prensa capturaba cada gesto, cada sonrisa, cada mirada cómplice entre Marcela y Michael. El efecto era doble: no solo aseguraban el futuro de los becados, sino que consolidaban la imagen de la Fundación Vallejo como un verdadero motor de oportunidades, y mostraban al mundo que la joven líder había regresado no solo con poder, sino con visión y generosidad estratégica. Después de la gala, mientras los últimos invitados se despedían entre felicitaciones y flashes de cámaras, Marcela se retiró con Michael a un salón privado de la fundación. La Tiara de Aguamarinas y Diamantes de Isabel Feodorovna aún brillaba bajo la luz tenue, reflejando sus ojos azules llenos de determinación. —Ha sido un buen comienzo —susurró Michael, con esa mezcla de admiración y cautela que la intrigaba. —Sí —respondió Marcela, su sonrisa dulce solo un velo—. Y mientras todos piensan que esto es solo generosidad, yo ya estoy haciendo mis cuentas, recordando quiénes han traicionado a mi familia y cómo vamos a poner todo en orden. Ella abrió su tablet, revisando las acciones de Vallejo Holdings, los movimientos financieros recientes y cada intento fallido de Claudia y David por recuperar algo de influencia. Los fondos de la Fundación estaban seguros, duplicados por Michael, y cada beca entregada reforzaba su poder social y mediático. —David y Claudia —murmuró para sí misma—. Creen que pueden jugar conmigo… pero ni siquiera saben que yo ya gané esta partida. Su mente repasaba cada recuerdo de su vida pasada: las traiciones, el abandono, las quemaduras y el veneno que casi la destruye. Todo ese dolor se había convertido en estrategia. Sabía cómo manipular la percepción de todos, cómo alimentar su falsa imagen de mujer ingenua y enamorada, mientras en realidad tejía un plan que los dejaría sin recursos ni orgullo. Michael la observaba, reconociendo en ella a la mujer fuerte, calculadora y carismática que ya había vislumbrado en el aeropuerto. No sabía todos los secretos, pero percibía que estaba ante alguien con un control absoluto, incluso sobre él. —Mañana —continuó Marcela, ya con un tono más firme—, vamos a asegurar que la fachada de los Ferrer se caiga por completo. Todo debe ser perfecto. Y nadie, absolutamente nadie, debe sospechar que yo fui la mente detrás de cada movimiento. Con esa resolución, la reunión terminó. Marcela se retiró a su despacho en la mansión, mirando por la ventana cómo la ciudad brillaba, consciente de que cada decisión que tomara ahora definiría no solo su legado, sino la caída inevitable de quienes alguna vez la subestimaron.
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