Adrien Tissot no podía ocultar su arrogancia ni su deseo. Creyéndose dueño de la situación, se acercó a Marcela con la confianza de quien cree tener todo bajo control. La veía sola, aparentemente vulnerable, y su mente perversa imaginaba que ahora ella podía ser suya, que su obsesión tenía finalmente un cauce legítimo.
Marcela, impecable en su papel, caminaba con calma frente a él. Sus ojos azules brillaban con un fuego contenido, pero su voz, suave y melódica, mostraba una fragilidad que no era real. Cada gesto estaba medido: una ligera inclinación de cabeza, una risa tímida, la manera de apartar el cabello rojizo de su rostro. Adrien no veía la calculadora que operaba tras esos ojos; sólo veía la presa que su ego y deseo le prometían.
—No pensé verte tan… sola —dijo Adrien, con un dejo de triunfo en la voz—. Todo este tiempo creí que Michael y tus obligaciones te alejaban de todo.
Marcela sonrió débilmente, fingiendo sorpresa y un toque de melancolía.
—El mundo es… complicado —respondió—. Y a veces, incluso yo necesito respirar sin ataduras.
Él se acercó, confiado, ignorando la distancia prudente que ella dejaba. Cada paso que daba Adrien hacia ella era un error calculado por Marcela. Sabía que su obsesión con ella la hacía predecible, impulsiva. Y ella estaba lista para usar esa previsibilidad en su favor.
—¿Sabes? —continuó él—. Creo que ahora podría enseñarte a confiar en alguien de verdad. Todo este tiempo… creo que mereces alguien que te comprenda.
Marcela asintió suavemente, con la expresión de la mujer ingenua que él recordaba.
—Tal vez… tienes razón —dijo, dejando que sus palabras fueran un anzuelo irresistible—. Pero primero… necesito sentir que puedo confiar completamente.
Adrien se sonrió, orgulloso de sí mismo, sin notar la trampa que se cerraba lentamente. No sabía que cada gesto de él, cada palabra arrogante, estaba siendo anotada mentalmente por Marcela para su plan final. Incluso su risa despreocupada, su inclinación hacia ella y su confianza ciega eran piezas que ella usaría en su tablero.
Mientras tanto, Marcela ya había coordinado discretamente con Michael. Cada movimiento de Adrien estaba siendo monitoreado, y su supuesta vulnerabilidad frente a él servía para atraerlo a una confrontación que él creía inevitable y ventajosa para él. Michael, confiando en las instrucciones de Marcela, preparaba la logística de la “trampa” psicológica: un escenario donde Adrien sentiría que tenía la ventaja, mientras Marcela mantenía el control absoluto.
Al final de la reunión, Adrien salió eufórico, convencido de que había conquistado un terreno que jamás le perteneció. Lo que no sabía era que la misma confianza que le daba fuerza también lo conducía directamente hacia su propia caída. Marcela, detrás de su sonrisa suave y su porte elegante, observaba cómo caía en la red invisible que ella había tejido con cuidado, disfrutando cada momento de su plan silencioso.
Adrien, intoxicado por la idea de tener a Marcela a su alcance, comenzó a acercarse más a ella en los días siguientes. Cada encuentro estaba cuidadosamente calculado por Marcela: dejaba que él creyera que ella se estaba abriendo, que su frialdad era solo un muro temporal, que estaba fascinada por él.
—Siento que puedo confiar en ti —susurró Marcela en una de esas reuniones privadas, dejando escapar una risa ligera, perfectamente ensayada—. Solo necesito tiempo para acostumbrarme.
Adrien sonrió, completamente cegado, y respondió con gestos que solo reforzaban su obsesión. No percibía el delicado equilibrio de control que Marcela mantenía; su arrogancia le impedía imaginar que estaba siendo manipulada.
Cada movimiento de Adrien era anotado en la mente de Marcela, cada palabra convertida en pieza de un rompecabezas que, al final, lo atraparía sin que él lo supiera. La joven pelirroja de ojos azules, a sus 28 años, jugaba con la experiencia de dos vidas: la astucia adquirida en su infancia y juventud, y la memoria de la traición y los errores de su pasado.
Mientras tanto, Michael, consciente de la estrategia de Marcela, permanecía en la retaguardia, listo para intervenir si la situación lo requería, pero sin romper la ilusión. Sabía que su rol era secundario en este escenario: el verdadero juego lo estaba jugando Marcela, y Adrien era completamente víctima de su propio deseo y confianza mal colocada.
La tensión crecía con cada encuentro. Adrien se acercaba más, pensando que había ganado el control, mientras Marcela dejaba que su fachada de vulnerabilidad y timidez alimentara la ilusión. La trampa estaba lista, y solo era cuestión de tiempo antes de que Adrien se viera completamente expuesto.
Cuando Marcela se retiraba de cada encuentro, lo hacía con la misma calma y elegancia que siempre: un ligero giro de muñeca, la inclinación de su cabeza, la sonrisa que no llegaba a los ojos. Para cualquier observador, parecía una joven tímida, vulnerable y halagada. Pero en realidad, estaba orquestando cada movimiento de su presa, construyendo un escenario en el que Adrien se atraparía a sí mismo.
Y así, mientras Adrien caía más y más en su obsesión, Marcela mantenía el control absoluto, disfrutando del juego silencioso que estaba por culminar en una victoria completa, sin que nadie, ni siquiera él, pudiera sospecharlo.