CAPÍTULO TRES

4025 Words
ANA Dicen que cuando a una reina le rompen el corazón, el mundo tiembla. Lo que nadie te advierte… Es que antes de eso, ella se arrastra. No tiembla el mundo. Tiembla ella. Tiemblo yo. Kabil Watson acabó con mi corazón, Marcela y él, estoy tan jodidamente rota, que ya no quedan fragmentos de la antigua yo, que pueda pegar, no hay piezas que unir. Si me preguntaran cómo se siente una reina destronada, diría que como una mentira que camina, como un fantasma que nadie recuerda haber invocado, como una sonrisa vacía en el retrato de un pueblo que debería arder en el infierno, cada una de estas personas, merecen cosas peores que la muerte, por el simple hecho de haberme lastimado. En menos de un año perdí al único mejor amigo que siempre tendré, al único chico que me amó y que nunca me falló como el resto. No me dejó, me lo arrebataron, y esa es la principal razón por la que volví, porque entre todas las personas que he venido a arrastrar conmigo al infierno, dos encabezan la lista: Kabil y Selene. Ya no soy la misma persona, soy las cenizas de una Ana que mataron. Aniquilaron. Ver de nuevo al chico que me destrozó, me demostró que realmente ya no queda nada, no hubo latidos acelerados, no hubo emoción por volver a verlo, ni ese hormigueo que sentía cada que me tocaba, su voz no provocó que mi piel se erizara y mucho menos sentí la necesidad de mandarlo a la mierda de manera inmediata, no, quiero que sufra en carne propia mi dolor, quiero que cuando me vea en los brazos de otro, sienta esa lanza invisible atravesando su pecho. Aún recuerdo cómo él bombeaba el cuerpo de la arrastrada de Marcela, cómo se aferraba a sus caderas y ella jadeaba como puta, pidiendo más, abriendo más las piernas. No es como en las películas, no hay cámara lenta, no hay música triste, no hay grito desgarrador, hay silencio. Un silencio tan violento que corta la garganta. Hay una punzada. Una punzada tan real que cuando los vi juntos, por un segundo juré que iba a morir, y lo peor es que no morí. Viví. Ese fue su regalo final, su trofeo de guerra. Fue ahí, cuando él le metía la polla, cuando él se unía a ella, que entendí que nunca me amó, solo se aferró a un capricho, solo me saboreó, me abrió en canal y bailó en mis ruinas. Me arrancó el corazón, no me lo rompió, Kabil no es tan amable, lo desolló, lo sacó con los dientes, lo devoró frente a mí. Y lo peor… Es que yo lo habría hecho por él, lo habría amado hasta la deformidad, lo habría abrazado incluso con los huesos rotos. Ahora no siento nada. N A D A. Solo un hueco, un pozo lleno de lodo, un abismo que me traga desde dentro, y en ese abismo vive él. El monstruo del corazón de Nunca Jamás. Ese lugar al que van las niñas buenas cuando se cansan de suplicar. Donde habitan las mujeres rotas que un día creyeron que los monstruos podían amar. Yo fui una de ellas, yo fui idiota, frágil, carne fácil. Fui adicción para un maldito depredador. Con solo haber tronado los dedos, me redujo a una cosa sin sentido ni propósito. La única de la familia que cree todavía en el amor, es Caroll. Yo ya no, me cansé, ¿Amor? Eso ya no me interesa, lo que quiero ahora es venganza. Quiero que él se desangre de a poco, que cada noche recuerde mis gemidos y no pueda dormir, que cuando toque a otra, vea mi rostro, que escuche mi risa en cada esquina. Que sufra. Que sufra como solo sufren los que creen que nunca van a perder. A diferencia de Kabil, yo ya perdí todo, me perdí a mí misma, me deshice como azúcar en ácido. Lo que quedó, lo que veo todas las mañanas en el espejo en cuanto me despierto, no soy yo. Me convertí en una criatura sin alma, una reina sin trono, una muñeca sin ojos, un corazón colgado en la pared del cazador. Soy la del corazón que nadie quiso, que nadie recibió con cariño, que solo lo tomaron entre sus manos para despedazarlo, y cómo dolió, cómo lo lograron. Mi corazón siempre fue el que nadie eligió, al que nadie nunca regresó. Ese corazón que antes se aceleraba, ya no late, me descuidé y me lo lastimaron, solo existe en cuentos oscuros que nadie se atreve a contar. Pero yo sí, yo sí me atrevo a contar, porque yo estuve ahí, yo fui la protagonista, yo fui la princesa que se acostó con el dragón, no para salvar el reino, sino para arder con él. Si yo no puedo amar… tampoco Kabil, si yo no puedo sentir… él tampoco lo hará, si él me convirtió en monstruo… entonces que rece, porque los monstruos no olvidan. Y yo… Jamás, perdono. Jamás. —Cariño. La voz de mi padre me regresa de golpe a la realidad. Lo miro de soslayo, sintiendo a Kabil acercarse. —¿Estás segura de esto? —me pregunta con la cautela de un gato temeroso. —La verdad es que no tengo ánimos de hablar con Watson, pero tengo que hacerlo, aclarar algunas cosas con él, para que no haga de mi convivencia en Bermaunt, más tediosa de lo que ya es su sola presencia —respondo en un tono suficientemente alto como para que todos puedan escuchar, en especial, él. Papá, me sostiene la mirada un par de segundos más, asiente lento y sigo mi camino al interior de la casa que ya no siento como mi lugar seguro. Me dirijo a la estancia principal, deteniendo mi paso en medio. —Toma asiento, por favor —le indico con amabilidad fingida. —Estoy bien así —frunce el ceño. —Ok, ¿tienes algo que decirme? Te daré la oportunidad de ser tú quien comience —me siento en el sofá. Tal y como ya lo había planeado, se sienta a mi lado, no me puede mentir, su cuerpo habla por él. —Lo siento —susurra en tono ronco. —¿Por qué? Voltea a verme. —Por haberte lastimado. —No te disculpes, así eres tú, es tu naturaleza. —No debí… —Se queda callado. Es la primera vez que veo al gran Kabil Watson, tan contrariado, confundido, dolido, algo que sin duda estoy disfrutando. Sus heridas internas serán mi parque de diversiones, y pienso divertirme como una glotona con sus emociones. —¿No debiste qué? —Ana… —Ah, ya, hablas de la follada que le diste a Marcela —interrumpo su patético ataque verbal—. Debo admitir que fue asqueroso ver eso, y me dolió. Sí, me rompiste, pero tranquilo, no hay rencores. ¿Quieres un vaso de agua? Te ves muy pálido, parece que mueres de sed. Me pongo de pie e intento caminar hacia la cocina, sin embargo, apenas entro, me empuja. Otro movimiento que estaba esperando de él, se ha vuelto tan predecible, que espero que tenga movimientos nuevos o este juego será aburrido. Rodea mi cintura por detrás, me tiene acorralada, porque yo lo permito, su aliento roza mi nuca, no obstante, no altera nada, juro que no siento nada. —Por favor, perdóname, joder, Ana, deja de actuar como una estatua sin vida. Sonrío. —Eres patético. Siento cómo su cuerpo se tensa. Al instante, me gira, nuestros rostros quedan a centímetros de distancia, un solo movimiento en falso por mi parte, y nuestros labios rozarían. No le temo, no corto el contacto visual con él, levanto el mentón con desafío muerto. —Repite eso. —Dije que eres patético. —Entiendo que estés enojada, Ana, estás en tu derecho, pero no entiendo por qué tienes que comportarte tan… distante. Me deshago de su agarre. —Lo que yo no entiendo, Watson —me dirijo a la nevera y tomo una de las botellas de agua natural que acabamos de comprar en el supermercado—. Es porque veo en tus ojos la esperanza de que volveré a tu lado. Se la lanzo y él la agarra con destreza. —Cuando las probabilidades de que eso pase, son cero. La presión que ejerce en la botella, es la clara señal de que no ha cambiado, sigue siendo un psicópata impulsivo. —Te amo. —El sentimiento no es mutuo. —Suficiente —deja la botella de agua sobre la encimera, de dos zancadas, merma el espacio entre los dos, me estrecha contra su cuerpo—. Perdóname, la cagué, lo admito, jamás debí… —Follado a Marcela, dilo tal cual. El dolor se cruza en sus facciones y no puedo evitar sonreír. —¿Te duele? —Como no tienes una puta idea —junta su frente con la mía—. Te amo, te extraño, te necesito, maldición. —toma mi rostro entre sus manos—. ¿Qué tengo que hacer para que me perdones? ¿Para que estemos bien? Sus palabras no me mueven nada. Me deshago de su agarre, apartando sus manos de mí, desciendo la mirada. —No me toques —espeto con firmeza—. Aquella noche, dijiste que te daba asco. —Estaba… —Confundido, celoso, ardido, lo sé, me costó ponerme en tu lugar e intenté ver todo desde tu perspectiva —alzo la vista—. El problema es que en ese instante dijiste lo que tenías atorado en el pecho. Lo suelto y me alejo. —Ana —cierra los ojos por unos segundos. —¿Sabes cuál es el problema real, Watson? —Deja de llamarme así. Lo ignoro. —El problema es que si yo me acosté con Alex, fue porque me obligaron a hacerlo, en cambio, tú… te follaste a Marcela por mero gusto. —No fue así, carajo —da dos pasos adelante. —¿Entonces qué fue? ¿Por despecho? ¿Por qué estabas enojado conmigo? ¿Por dominar a tu padre? —¡Cometí un error! Lo siento, maldición, ni siquiera pude follarla bien porque te tenía en la mente! —vuelve a tomarme entre sus brazos, parece un niño desesperado, sin embargo, no es un niño, él es un monstruo—. Quiero que volvamos a ser los de antes. —Bien, entonces me follaré a otro. —¡Y una mierda! —¿Tú sí y yo no? —niego con la cabeza—. No estás siendo equitativo, Watson. Su rostro se crispa. —Deja de llamarme de ese modo. —¿Por qué? —inclino la cabeza hacia un lado—. Es tu apellido. Pero bueno, volviendo a lo de antes. Me deshago de su agarre, no puedo mentir, mi cuerpo aprendió a no esconderse detrás de una máscara. —Yo si quiero pedirte que no me toques, me das asco, verte follar con Marcela fue una de las peores experiencias que he tenido en la vida, tal vez no supere las violaciones, pero diría que estás en segundo lugar. —No estás siendo racional. —Dejemos todo el rollo para nunca —me paro delante de él, sin temor, sin emoción, o el deseo de tocarlo—. Trataré de ser clara con esto, ya no te amo, ya no me gustas, no me interesas, pienso que haberte dejado entrar en mi vida es un jodido error. No somos nada, nunca lo fuimos y, por supuesto, nunca lo seremos. Regresé aquí por una sola razón, y es por mi padre y para encontrar a Selene. Vengar la muerte de Tyson es lo único que me importa, ¿entendiste? Kabil no se mueve ni un solo centímetro. —No te perdono lo que me hiciste, no quiero que te acerques a mí, no quiero que respires en mi maldita dirección, ni que me pienses, mucho menos que creas que volveré a confiar o caer en tus manos, eso se terminó, lo jodiste, ahora soy yo la que te dice que me da asco que me toques con las mismas manos con las que follabas a Marcela. Kabil tensa su mandíbula de un modo que me resulta demasiado doloroso. —No pienso renunciar a ti —sus manos forman perfectos puños—. Voy a luchar por lo nuestro, por ti, porque me perdones. —¿Lo nuestro? —nos señalo—. No hay un nosotros, Watson, nunca lo hubo, sigues sin entender, ¿verdad? Me acerco a él, me inclino hacia delante y le susurro al oído. —No importa lo que hagas, o cuánto tiempo demores, jamás, escucha bien, jamás voy a olvidar que follaste a Marcela, y nunca te voy a perdonar, así que te doy un consejo, olvídate de mí, porque solo perderás el tiempo. Yo ya te olvidé. Intento apartarme, sin embargo, él rodea mi cuello con una mano, su cuerpo ya no se tensa. De un movimiento brusco me sube a la encimera de la cocina, se coloca entre mis piernas y ajusta su agarre lo suficiente como para cortarme todo suministro de aire. No me muevo, no lucho, me quedo quieta, fija en sus ojos ámbar. La seguridad ha regresado a su amarilla mirada. —Ya te escuché, ahora entiende algo tú, no importa que me tomé toda la vida, no te pienso abandonar, no voy a renunciar a ti, y voy a lograr que regreses a mí, Ana, así sea lo último que haga en la vida, fuiste, eres y siempre serás mía. Acto seguido aplasta sus labios contra los míos, intenta abrir mi boca, colando su lengua sobre mi boca, la siento trazar mi labio inferior, sus brazos me rodean, le permito que pruebe eso que nunca tendrá, hasta que lo tomo del cuello, bajo de la encimera, lo muerdo con toda la rabia que tengo acumulada y le suelto una patada en las bolas. Al instante me suelta, gruñendo, maldiciendo, bramando, mientras lamo el sabor de su sangre. —No te recomiendo que lo vuelvas a hacer, ya no soy la misma persona de antes, Watson, y creo que al parecer, debido a tu insistencia, pronto te darás cuenta. —Eres mía, maldición, mía. —Tú y yo ya no somos nada, ahora vete. Kabil me mira con un brillo lleno de malicia, suelta una carcajada y parece que respira con calma. —Prepárate para la guerra, entonces, Ana, porque no te voy a volver a perder de vista, mucho menos pienso perder, voy a lograr que me perdones. —Se supone que los monstruos no tienen sueños. —Este sí. Sello mis labios. —Tienes todo el derecho a decirme esas mierdas y más, lo merezco, y puedes tratar de alejarme de ti todo lo que quieras, pero nada de eso cambiará el hecho de que me perteneces. No renuncio a ti, Ana, no voy a rendirme nunca contigo, y te voy a demostrar que el amor que siento por ti, es real. —Demasiado tarde, ve y dile todo eso a Marcela, estoy segura de que ella estará encantada de escuchar tan tiernas palabras. Me doy la vuelta, Kabil se marcha, escucho cómo azota la puerta principal, y sonrío, lo tengo donde quiero, de rodillas, suplicando. No soy idiota, sé que me ve como un reto, un bonito juego que voy a convertir en el peor que haya jugado antes. Pero no miento, hacerle probar mi infierno, no es una de mis prioridades, primero tengo que asegurarme de que mi papá, mi familia en general, estén bien, luego sigo con la perra de Selene, la voy a encontrar y luego la voy a torturar, vengar la muerte de Tyson es importante para mí, es probablemente lo que me quite las pesadillas que me dejó su ausencia. No voy a descansar hasta dar con ella y que sangre. Después, Kabil, él es mi postre, mi deleite, con él me voy a divertir. —Ana. Caroll entra a la cocina. —¿Qué le dijiste al psicópata? Me giro. —Nada que no fuera verdad. —Salió hecho una furia, tenía sangre en la boca —sonríe—. Me alegro, se lo merece. Frunzo el ceño. —¿Por qué les avisaste? —me cruzo de brazos—. Y no me mientas, ni siquiera te atrevas, sé que fuiste tú, quien les avisó a Elaxi y a Piper. Por ende, ellas les dijeron a sus novios y ahora Watson sabe que estoy aquí. —Tarde o temprano se iba a enterar, ¿no? —pone cara de cachorro a medio morir. —Sí, pero tenía que ser yo quien eligiera. —No seas aguafiestas. Blanqueo los ojos, no tiene caso discutir con ella, siempre ganará. —¿A dónde vas? —A ducharme y a dormir. —¿No piensas cenar? —No tengo apetito. Salgo de la cocina antes de que se le ocurra un nuevo tema para entablar la conversación. Siento que el aire de esta casa me sofoca con cada paso, papá debe estar en el despacho, por otro lado, mi madre se encuentra cerca de las escaleras, con los brazos cruzados, esperándome. —¿Sucede algo? —inquiero con cautela. Ella me observa fijamente. —No, solo quería saber si Kabil Watson cambió algo en ti, luego de haber hablado —frunce los labios, formando una línea recta. —¿Cambiar? —enarco una ceja con incredulidad—. No digas tonterías, no cambia nada el que haya aclarado algunas cosas con él. Paso de largo. —Deja de ocupar tu mente en mis asuntos —la miro de soslayo—. Mejor ocúpate en lo que prometiste hacer. —Me preocupo por ti. —Qué tierno. —Eres mi hija, aunque no lo creas, te amo, a mi manera. —Pues es una manera poco convencional —subo las escaleras—. Buenas noches, Kester. Entro a mi habitación, la misma en la que, hace quince meses, estaba cubierta de fotos mías y sangre de cerdo. Por supuesto, antes de venir, papá se encargó de contratar personal para que hicieran una limpieza profunda, asegurando las ventanas a mi petición. Ahora tienen un seguro por dentro. Entro a la ducha sin pensarlo mucho, Kabil se atrevió a tocarme y no quiero que su olor se quede impregnado en mi ropa, en mi piel. El agua caliente relaja mis músculos. Ese idiota solo ocasionó que me diera jaqueca, saliendo, sigo sin reconocer mi reflejo, toco mi vientre, ese que está vacío. Pienso en la pérdida, en lo que nunca fue, en lo que él no sabe. No lloro, ya no lo hago, hace tanto dejé de hacerlo. Saliendo, me dejo caer en la cama, cerrando los ojos, hay tanto que me toca hacer mañana, y una de esas cosas es meter los documentos para comenzar una maestría en periodismo, terminé todo en línea, sin embargo, quiero una especialidad. Volver a la Universidad Blackmoor, el principal sitio en donde me dieron la espalda, es como ir al matadero, pero ya no soy la misma, voy blindada, voy con la certeza de que no pienso permitir que nadie se interponga en mi camino. Y con esta realidad, me sumo en un profundo sueño. Preparándome así, para la misma pesadilla. […] Me despierto antes de que suene la alarma. Me doy una ducha, me pongo unos jeans azul cielo, una blusa de manga larga blanca, una chaqueta negra, tenis, converse negros y recojo mi cabello en un moño alto, dejando algunos tirabuzones sueltos, me maquillo solo lo necesario, sin exagerar. Reviso mi celular, mando el mensaje habitual, y bajo para desayunar. Mis padres susurran en la cocina, me detengo detrás de la puerta al escuchar el eco de la risa de mi madre, hace tanto tiempo que no la escucho. No la recordaba. Entrando, veo que ellos se pelean entre sonrisas sobre de quién fue la culpa de quemar el pan francés. —Buenos días —saludo sin ánimo, tomando una manzana. —Cariño —papá es el primero en caminar hacia mí y darme un tierno beso en la coronilla—. ¿Dormiste bien? —Sí —no miento. —Caroll no tardará en bajar, no quiero que te despegues de ella —dice mi madre, volviendo a lo suyo. —Aja. —¿No quieres desayunar algo más? —pregunta papá al ver la manzana que sostengo en la mano. —No tengo mucho apetito —arrugo la nariz—. Tranquilo, comeré algo en la cafetería si es necesario. —Quisiera llevarte… —Tengo que hacer esto sola, papá, mejor me cuentan más tarde cómo les fue en la estación de policía, quiero que abran el caso de Tyson —camino hasta la salida—. Nos vemos después. —Cuídate, princesa. —Siempre, papá —le muestro una sonrisa sincera, aunque fría. Caroll va bajando las escaleras, ella corre a la cocina por una tostada, y yo me adelanto, subo a mi auto, enciendo el motor y espero a que se dé prisa. El resto del trayecto no deja de parlotear, asegurándome que piensa patear el trasero de todo aquel que quiera hacerme daño. Apago mi mente, la verdad, es que no me emociona nada este sitio, llegando, como ya había esperado, robamos las miradas de algunos. Los ignoro, no son más que piezas de ajedrez. —¿No quieres que te acompañe? —¿Por qué lo harías? —Pues porque… —¡Ana! ¡Caroll! A nuestra derecha, a unos cuantos metros, están ellos, los amigos de Kabil. La que grita es Elaxi, ella y Piper están en compañía de sus muy celosos y posesivos novios. Bueno, Ela y Ozzian Carter están casados, qué horror. —Te veré después —le digo a Caroll. —¿No piensas saludar? —No. Sigo mi camino cuando diviso que el auto de Kabil va llegando y se está estacionando al lado de ellos. Camino aprisa, me dirijo a las oficinas centrales para comenzar mi papeleo y vuelvo a inscribirme en el sistema de porristas, solo para joder, solo porque tengo en mente muchas cosas divertidas. Las clases pasan volando, sigo sintiendo las miradas de todos sobre mí, aunque ahora son más discretas, evito a toda costa encontrarme con Kabil y sus amigos. En una de mis horas libres, le mando un mensaje de texto a Reagan, quien se tomó unas serias vacaciones lejos de Bermaunt. Entro a uno de los baños y me remojo el rostro con agua fría, cuando Caroll entra furiosa. —Te he estado llamando —me reclama. —Lo sé. —No seas perra, bebé, atiende mis llamadas —se planta a mi lado. Una chica sale de uno de los cubículos, nos mira con temor, se lava las manos y enseguida sale como alma que lleva el diablo. Caroll se cerciora de que no haya nadie más. —Tienes que hablar con él. —Ya lo hice. —Sabes a lo que me refiero. La miro mal. —No es tu decisión. —Escucha, lo detesto tanto como tú, es una mierda, pero tiene derecho a saber… Cubro su boca con la mano. —¿Derecho? Él no tiene derecho a nada, vine aquí con dos objetivos, joderle la vida solo es el plus, solo es diversión. Me la debe y me la pagará. —Pero —aparta mi mano—. El bebé… Tenso el cuerpo, hablar de ese tema me sigue costando. —Kabil jamás se va a enterar de que perdí un segundo hijo de él, la misma noche en la que se folló a Marcela. Un gemido de sorpresa llama mi atención. El destino es un sucio jugador, cuando me pone en el camino a la misma Marcela en persona, quien palidece con lo que ha escuchado. Caroll se apresura, actúa rápido, corre, la empuja y cierra la puerta con pestillo, mientras yo sonrío. —Hola, Marcela, cuánto tiempo sin vernos.
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