¿Quién fuiste?

1586 Words
La noche de la discoteca, Staton sabía que había dos formas en las que acabaría: Alberto tenía que unirse a ellos o lo matarían en el lugar. Sus opciones eran escasas, porque si no lo elegía ni a él ni a su competidor (su primo Asher), entonces tendría un nuevo productor y corredor, y eso no se lo podía permitir. Además, los dos estaban de acuerdo en que no dividirían los territorios entre tres. Alberto creía que la mafia era como en las películas: los tatuajes, la ropa de malandro… pero en su lugar tenía frente a sí a un hombre bien vestido, con traje de diseñador, recién bañado, con el cabello muy cuidado, las uñas arregladas e incluso joyería discreta decorándole la muñeca. —Mira, voy a ser claro: no tienes lo suficiente para abatirme. Pero sí lo suficiente para estar encantado con tu trabajo: cocinas tu propio producto, lo mueves, tienes un equipo sólido. ¿Sabes a cuántos tuvimos que golpear hasta que dijeran tu nombre? —A todos, y los has soltado y me has dejado el mensaje bien claro: es muerto o contigo. —Exacto, brillante, ¿cuál va a ser? —responde el joven y se sienta frente a él. —No le tengo miedo a morirme, la verdad. ¿Qué vas a hacer? ¿Golpearme, dispararme? ¿Qué vas a hacer? —Uh, me encanta. —No sé… ¿meterte a nadar en un río muy caliente? —pregunta—. ¿Me veo así, pero torturo gente por diversión? —Mi papá también, y le gusta el agua… no de marcas visibles. No es como una patada o una cachetada. Agua fría todas las mañanas, y agua caliente solo en los pies. —responde y se encoge de hombros. —Tu papá es abogado. —Sí, y mi mamá también. Y no iba a poner una denuncia de violencia doméstica ni a pelearse la custodia como lobos. Fue un divorcio silencioso, con las pruebas en una caja de seguridad en el banco y un acuerdo de custodia: tres veces por semana con él, cuatro con ella. Al principio me examinaba de pies a cabeza. —¿Cómo dejaste de ir? —pregunta. —Cumplí once años, se me subieron las hormonas y lo provoqué a pegarme. Acabé en el hospital. Mi mamá le restringió la visita y él le dijo que iba a matarla. Entonces intenté suicidarme, con todo: pastillas, me corté las venas… pero mi mamá llegó antes. —No tienes cicatrices. —Las tengo en las ingles. —No querías morirte. —No, quería que él fuera a la cárcel. Dejé una carta en el cajón de la escuela, mi maestra llamó a las autoridades. Vito asintió, porque sabía lo que era tener ese tipo de papá. El tipo que no te protege, sino que te enloquece, te daña y te convierte en un monstruo. El suyo había estado obsesionado con hacerlo un hombre duro, y no le importaba sacarlo en medio del río, medio desnudo, a correr por las mañanas, ni aventarle a la gente con la excusa de que era práctica para el futuro, someterlo a entrenamientos para que siempre tuviera un plan de escape y presentarlo como el próximo dueño de su negocio. —Yo me deshice del hijo de puta que me quitaba el sueño. —Lo apuñalé trece veces y le dije lo que siempre me decía: “Algún día tendrás una estrategia para escapar”. —Lo imitó—. Tenía dieciséis cuando puse mis manos en el negocio. Me hice cargo de mi madre, de mi hermana, vine a reclamar lo que es mío. Mi tío y mi abuelo me han dado apoyo, pero tengo que competir constantemente contra Asher, mi primo pequeño. Y tú serás un buen aliado, tenemos los mismos ideales. Pero no puedes ir con mamá la fiscal ni con el tío casi juez: tienes que elegir un bando. Así que, si en 24 horas no regresa, voy a matarlos a todos y dejarte vivo para que aprendas. Alberto negó con la cabeza. Él no tenía miedo a la muerte, no desde hace mucho tiempo. Pero tampoco iba a ser un peón en el juego de alguien más. Eran socios, o prefería que ejecutara su plan más violento. —Tendré que ponerte a prueba. No se le abre la puerta a cualquiera. Mira, Dios tiene el cielo y puso a Pedro en la puerta: gánate mi confianza y tendrás lo que pides. —Alberto se puso en pie y extendió su mano hacia la de Vito. Esa noche, fue a la casa de playa de su familia. Su prima y su mejor amigo le esperaban asustados y dolidos, un dolor que no disminuyó en los cinco años siguientes, en los que se convirtió en uno de los más grandes mafiosos del país. Y tampoco dejó de dolerles porque se hubiera convertido en un criminal. Su madre siempre tuvo en el corazón la ilusión de que su hijo volvería, que entraría a casa rogando por un acuerdo. Se arrepentía de haberle puesto la orden de captura, porque creía que podía salvarlo, pero en su lugar lo alejó. Alberto mandaba un par de cartas al año: una en el cumpleaños de su madre, otra en el día de su cumpleaños, siempre recordándole lo mucho que la amaba. Pero lo que Lorena quería era a su bebé, al niñito inocente que no supo proteger y cuidar, y que se había convertido en un hombre peligroso y confundido. Un psicópata: esa era la definición. La mujer acarició mi cabello, pasó tres veces su mano por mi pelo y luego tomó la mano helada de su hijo. —Descansa, cariño, en la próxima lo haremos mejor —prometió. —Él no se mataría. —No se mató, se le fue la mano, querida —dijo su padre—. Hay que dejarle descansar. Quieren que organice el funeral, tal vez guárdalas para cuando estés más fuerte. Me gusta la idea de tenerle cerca, pero no que se lo coman los gusanos. —Él jamás se inyectaría —insistí, y los dos me miran preocupados. Le recuerdo a mi tía que no se tomaba nada, ni siquiera cuando ardía en fiebre. Rabiaba del dolor, lo recuerdo después de su cirugía de cordales, temblando del dolor y la molestia, pero sin medicación porque le tenía pánico a las pastillas. A las inyecciones ni se acercaba, y el jarabe lo vomitaba. Alguien así, alguien con fobia a las inyecciones, un hombre duro que había matado y no llevaba ni un solo tatuaje en el cuerpo, no podía haberse matado por sobredosis de heroína. —Mi amor, la realidad es que mi hijo era un delincuente tan grande que sus opciones de vida eran limitadas. Y esta es la mejor para él: está descansando, es libre de lo que sea que le pudo haber pasado en la cárcel o en la banda a la que pertenecía —respondió—. Yo solo espero que Dios pueda perdonarle. —Alguien tiene que pelear por Vito. —Hija, no es el momento de pelear. Tu tía nos necesita. —Vito nos necesitaba, y ella le puso una orden de captura. Yo pude haberle convencido de entregarse, pero ella le presionó, como siempre. Y mira dónde terminó. —Le puse la orden de captura para protegerle —grita la mujer desesperada—. Tenía a Staton molesto, a Asher, a sus hombres. Mi hijo llevaba meses huyendo de todo y de todos, porque pasó de ser la mano derecha del jefe de la mafia mainvillana a un ladrón de mafiosos. Esa es la realidad, y no me importa si no se autoeliminó: está muerto, y eso es lo que tienes que entender. ¡Mi hijo está muerto! —grita dolida. Mi padre va a abrazarla, me hace una seña para que no diga nada, y yo asiento. Me acerco al abrazo. Ella llora desconsolada, siento su pecho vibrando, despedazándose del dolor con cada ruido gutural, un sonido que solo una madre hecha pedazos puede emitir. Después de llevarla a casa, me reúno con Gil en la estación de policía. Está reunido con el capitán Grayson, y este me hace una seña para que me acerque. Tomo asiento junto a Gil, quien toma mi mano y entrelaza sus dedos con los míos. Su jefe nos mira en silencio antes de darnos la última instrucción. —Dime que vas a ponerlo tras las rejas. —No parece que haya sido él. —Te he mostrado la evidencia. —Sí, es obvio que Alberto tenía enemigos, demasiados —recalca el hombre—. Y por más que les cueste entender, no tienen el rango ni los recursos para detenerlo. —Estoy cansada de los peros que han puesto —responde. —Es una realidad triste. La mitad de la gente les tiene miedo, y la otra mitad son sus víctimas. Lo siento mucho, de verdad, pero necesitamos mucho más. Necesitamos información desde adentro y buenos equipos para desmantelar sus operaciones. Así que hablé con un reclutador de la DEA, para que los prepare para una misión: uno de ustedes estará a cargo de Asher y el otro irá con Vito. Es una oportunidad única, una oportunidad que han deseado, y creo que tú, que has estado en la academia de operaciones especiales, lo sabrás gestionar mejor. Recuerden siempre: con cabeza fría se llega lejos. —¿Cuándo empezamos? —Mañana mismo.
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