Mi papá quería una princesa, una niña intocable para siempre.
Yo intenté serlo, primero porque me encantaba el maquillaje, los tacones, los vestidos… pero sentía esa necesidad de no ser la más frágil del grupo. Por eso me pareció sorprendente cuando mi novio me llevó a nuestro lugar favorito y me entregó un collar. Besé a Gil, porque si nuestra vida fuera la que planeamos antes de que Alberto se metiera en esto, él sería un ingeniero civil y yo sería una abogada, como todos en mi familia. En su lugar, estábamos ahí, prometiéndonos amor eterno en un edificio altísimo, a mitad de la noche. Él me besó de vuelta, me abrazó y me prometió que pasara lo que pasara estaríamos el uno para el otro.
Yo asentí, y a pesar de que quería pasar la noche con él, amándole y disfrutando del tiempo que nos quedaba juntos, volví a mi casa, el lugar en el que crecí, donde la persona más importante de mi vida —la persona que menos cree y confía en que estaré bien— me estaba esperando para intentar convencerme de no ir encubierta.
—Ileana, no lo hagas, no es tu deber salvar a Alberto. Él ya no está, hija. Sé que has estado preparándote para este momento por años, pero necesito que entiendas que no puedo darme el lujo de perderte, ni Lorena.
—Papá, llevo años preparándome para esto. Para poder derribar a esta gente.
—Sé que alejarte de Alberto representó mucho dolor para ti, pero necesitas vivir porque él no puede.
Ella entiende lo que su padre quiere decirle, pero le recuerda que mucha gente toma las maletas y se desaparece. Ileana tenía una estrategia para poder volver, comunicarse con él, saber si necesitaba algo, para verlo ocasionalmente sin que fueran ligados el uno con el otro. Se consideraba muy inteligente y quería mucho a su papá como para desaparecer, pero, pese a sus deseos, esa misma noche se había ido.
La misión era clara, era larga, pero salvarían tantas vidas como fuese posible. Richard Westborne estaba decidido a cambiar la cultura policial del país: esa que estaba llena de miedo, esa que miraba para otro lado mientras la droga pasaba de mano en mano. Todo eso y más había venido a combatirlo el hijo del presidente, y había sido muy caro derribar a todos aquellos que participaran en actividades ilícitas relacionadas con drogas, sicariato o lavado de dinero. Esa no era la Mainvillage que nadie quería, y si lo dejaban continuar, toda la población estaría afectada por ellos.
—Ileana Grimaldi, se presenta.
—Gilberto Carazo.
Se presentan ambos, y el joven político les estrecha la mano y los presenta con quien será su jefe directo y contacto entre ellos y la policía. Les explican que no será una operación de semanas o meses: quieren saberlo todo, cómo funcionan, con quién se relacionan, qué tanto lo hacen, cuáles son sus planes para los próximos años.
Edward, su intermediario, les comenta que lo mejor para todos sería que lograran quedarse más de tres años. Gil me mira, preocupado, porque evidentemente no es su plan de vida entrar en el mundo del narcotráfico, ni el mío. Pero yo estoy lista para hacer todo lo que sea necesario para salvarle.
Nos vemos y yo asiento.
—¿Ustedes dos son pareja?
—Lo somos —reconozco.
—Deberían terminar —nos aconseja, y nos extiende nuestras carpetas con la información de lo que está previsto que hagamos—. Este es un convenio DEA, CIA y la unidad de tráfico y drogas del país —reconoce—. Es una operación larga, por lo que hay reglas que se mantienen para dar validez. Por ejemplo, no pueden incitar a nadie a cometer un crimen. Pero tienen todas las libertades que tendría un agente de la CIA.
—¿Eso qué tanta flexibilidad nos da? —pregunta Gil.
—Podemos participar activamente: podemos torturar, matar, vender, follar, si es necesario —Edward asiente.
—¿Sigues estando de acuerdo? —pregunta.
Abro la carpeta con la información de Lily, una traficante menor ansiosa por subir. Nadie la conoce, pero recientemente ha sido encarcelada. Se dice que vendía a prostitutas: les entregaba bragas nuevas con cocaína. Cayó su handler y ella lo vendió para salvarse. Ahora estaba dispuesta a presentarla a los Stanton como su productora y distribuidora. Gil sería la nueva mano derecha de Asher. Acababan de aprender a su mano derecha y, a cambio de la información que ella había dado por una sentencia reducida, él insistiría en que si alguien podía ocupar su lugar con discreción y compromiso, sería él, un hombre con experiencia militar, quien supuestamente había asesinado y torturado policías. Todo en contra de lo que creía Gil, pero de todas formas aceptó.
En medio de nuestros entrenamientos para convertirnos en estas personas, porque parecía fácil pero no lo era, yo nunca habría usado ese vocabulario tan agresivo y grosero. Pero ahí estaba, aprendiendo.
—Mejor mátenme. Si yo le tengo que presentar esto como Bianca a alguien, voy a matarme —dice Bianca, y Edward eleva las cejas.
Me pongo en pie y me acerco a ella, le tomo del pelo y le clavo las uñas en el cráneo.
—Yo quiero matarte. No me des excusas, porque si vamos, si algo sale mínimamente mal y tú me pones en una situación de riesgo, voy a despedazarte con mis propias manos y después me entrego. ¿Queda claro?
La mujer asiente y me toma de la mano. Me da una revolcada contra el piso y me asegura que ella es mi contacto directo y de escape. Trabaja hace ocho meses de encubierta en el bar de striptease, y simplemente tenían que testear si estaba dispuesta a cualquier cosa por mantenerme viva.
Todos me miran convencidos de que podría hacerlo. Yo, la verdad, estaba muerta de miedo, pero tenía una cuenta que saldar con los Staton.