Me elegiste

997 Words
Esa tarde, cuando regreso a casa, le doy un beso a Vito, que está leyendo tranquilo en el salón. Me entrega el reporte de ventas y distribución. Me siento a su lado; él sonríe y saca de debajo del cojín una cajita: está de nuevo la pulsera de diamantes. Yo sonrío, le dejo colocármela; él me besa, me abraza y me acomoda sobre su regazo. —Te amo —le digo, mirándole a los ojos. Sus pupilas se tornan brillantes y dilatadas; luego, frías, como si tuviera pánico. —No quieres hacer eso. —Te amo. No quiero, pero lo hago. —No quieres hacerlo. —Vas a morirte, irte a la cárcel o romperme el corazón. De cualquier forma tendré que recomponerme, porque eres perfecto, eres el hombre de mis sueños, eres el amor de mi vida; eres el principio y el fin. —Escapémonos —propone, mientras acaricia la curva de mi cuerpo. Inicia con un roce suave en mis muslos, luego mis glúteos y, finalmente, mi cintura; me besa en el cuello—. Vámonos lejos —insiste. Mi piel se eriza; mis pezones se endurecen y mi respiración cambia con cada caricia. Me siento nublada de placer y lo único que ha hecho es tocarme despacio, suave. —Dejémoslo todo. —No se puede hacer eso con tu línea de trabajo. —Sí, puedo. Tengo dinero y recursos para irme lejos —me mira a los ojos—. Tengo un plan. Me quedo helada, porque irme con él me convertiría en prófuga de la justicia. Sería romper con todo: con la promesa de vengarme, con años de carrera. Pero creo que lejos, escondidos, siendo dos personas normales que solo trabajan y viven medianamente felices —una vida en la que él no asesina gente— podría ser la mujer más afortunada del mundo. Siempre, en una relación, a alguien le toca ser el adulto. Yo lo tomo de las mejillas y le doy un beso casto en los labios. —Los sueños son bonitos, y a mí me encanta que quieras llevarme contigo. La realidad, cariño, es que somos quienes somos en esta vida. Yo te amo y te acepto así; quizá en la próxima también. —¿Puede? —pregunta divertido. —Sí, puede que seamos menos nosotros mismos y mucho más felices. Él me acuesta en el sofá y me besa mientras nos despojamos de la ropa. Nos amamos; él me ama aunque no lo diga. Sus caricias son distintas, pero cargan el mismo deseo, la misma hambre; se saborea cada momento, es más pausado. Me encanta todo de Vito. Disfruto hacerle el amor: en el sofá, en nuestra cama, de nuevo en la ducha; lento y, a veces, rápido, a lo bruto, y otras entre risas. A la mañana siguiente, despertamos con golpes en la puerta. Él me cubre con la sábana, se pone en pie y se viste rápidamente. Uno de sus hombres le entrega el teléfono con una extensión que le permite moverse. —¿Cuál es el plan? —pregunta. —¿Quién lo tiene? Salgo de la cama y camino hacia donde está. Mi novio me mira y asiente, mientras sigue coordinando datos. —Gracias por la información; veré qué puedo hacer —finaliza la llamada y va por nuestras maletas, unas que me había pedido mantener listas por si algo salía mal. Me pongo ropa cómoda y zapatos; me lavo los dientes y salgo detrás de él. Su equipo ya se encarga de desmantelar el lugar. Hay cinco muchachas de limpieza eliminando cada huella de que estuvimos ahí. Le pregunto qué ha pasado. Él se muestra asustado, da órdenes a los muchachos. No subimos al auto: viajamos en el helicóptero que él mismo pilota hacia el centro de la ciudad. Allí dejamos el helicóptero y pasamos a un auto que conducen hombres que no conocía previamente. —¿Puedes explicarme qué está pasando, por favor? —le digo. Él suspira, agobiado, antes de confirmar la noticia: —La policía ha estado arrestando al equipo de Asher: desde puntos de venta hasta sicarios. Antes de que saliera el sol, la CIA fue por él. Lo tienen en un sitio de detención e interrogación de la CIA. —Un sitio de tortura —asiento. —Sí. Mi tío ha enviado un equipo para intentar interceptarlo y rescatarlo. Me ha pedido que salga del país; él se hará cargo de todo. Los Stanton estaban preparados para todo. Una hora más tarde estábamos despegando junto a las primas pequeñas de Vito hacia un lugar desconocido. Las chicas creían que se trataba de unas vacaciones; su primo parecía preocupado todo el viaje y yo intentaba ocultar mis miedos. Que hubiesen procedido sin decirme nada, que me mantuviesen con Vito a pesar de haber iniciado una guerra... ¿Significaba que me habían dado de baja? ¿Quería yo jurar lealtad a Vito? Él tomó asiento a mi lado, me abrazó y yo le abracé de vuelta; le acaricié la espalda mientras, entre pequeños mimos, se quedó dormido en mis brazos. Lexi tomó asiento frente a mí, se abrochó y me dijo: —Sabes que mi papá dice que esa es la peor debilidad. —¿Qué, dormir? —No, el amor. Por eso él no puede ver que tú eres policía. —Lexi, ¿quieres que te enseñe algo que nadie se atreverá a enseñarte? —le pregunto; ella asiente—. Tu papá no tiene la verdad absoluta. —Sé que tú sabes guardar un secreto —dice Vito, sorprendiéndonos a ambas. Señala a su hermana y hace la seña de que no —. No me importaría. —¿Qué no te importaría? —Si fueras policía, no me importaría, porque has participado en tanta actividad criminal y has roto tantas reglas que no podrías regresar. En el momento en el que entraste en mi vida, elegiste un bando y, te guste o no, me elegiste a mí.
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